Las escaleras integradas

Las escaleras integradas que no vemos

Las escaleras no tienen un lugar determinado para establecerse, tampoco predilecciones por accidentes geográficos o preferencias por características del terreno. Solo buscan estar en contacto con la tierra y alcanzar la mayor altura posible, la mayor recompensa a la que aspiran es horadar las nubes y colocar una bandera identificatoria como cuando un alpinista hace cumbre. 

Se aposentan en vastas llanuras de pastoreo, en quebradas barridas por vientos descontrolados, en istmos navegando entre dos aguas domadas por mareas, en picos de montañas con humos blancos inmaculados engarzados como anillos, en bosques de verde profundo y árboles enjutos, en suaves colinas reptando como serpientes voladoras, en pavimentos calcinados por el sol impiadoso del verano o tapados por la nieve esponjosa que se resiste a derretirse, en terrazas de rascacielos adornadas con antenas de esqueletos demacrados, en desiertos sedientos alejados de plantas y oasis con mástiles altivos de palmeras. 

Sin embargo hay lugares que tratan de eludir; solo eludir porque no pueden rebelarse ante una decisión o capricho de la persona que la necesita. Son esos pantanos de fondo insondables hambrientos de restos de objetos sin importar el material que lo componen, de subterráneos —siniestros, misteriosos, oscuros —  de vías simétricas recorridos por trenes obcecados y rutinarios, de cementerios poblados de fantasmas extraviados y quejumbrosos, de gargantas montañosas de bordes filosos. No les gusta la sensación de mareo al perder el equilibrio ni el vértigo al bambolearse sin control.

Las escaleras integradas tampoco se parecen a las escaleras estereotipadas. Tienen en común peldaños que se suceden hacia arriba sin interrupción; uno tras otro, sin divisar  nunca el final; son escalones de madera, piedra, cartón, bronce, todos tallados con el mismo material. Algunos de ellos están trabajados a la perfección, otros están descuidados, son irregulares. Las escalinatas carecen de barandas protectoras, les falta un apoyo seguro para evitar el vértigo que se agiganta y ataca sin previo aviso al alejarse del suelo. A pesar de esa ausencia las escaleras son confiables. Los escasos accidentes que se producen son causados por la decisión irreflexiva e incomprensible de arrojarse, de abandonar el sendero que se seguía y naufragar en el vacío implacable. Nadie —hasta ahora—, ha dilucidado las razones que llevan a tomar esa fatal decisión. Tampoco importa, no se pregunta, no se investiga.

Lo que distingue a las escaleras entre ellas  es la forma que adquieren al desarrollarse —para algunas de ellas no hay palabras ni figuras para comparar—. Unas son lineales, casi rectas, una lanza perforando el espacio, desafiando alturas; ellas son las más vigorosas, de escalones sólidos, pulidos. Algunas brillan en la oscuridad, pero son las más escasas. Las otras —Las más volubles, las más atípicas — son dignas de contemplarse, de admirar su aspecto, de deleitarse con sus recovecos, sus idas y venidas. Helicoidales, curvas abiertas que se alejan del centro y se abren hasta que no encuentran retorno. Serpenteantes, se apoyan en las corrientes de aire, modeladas con las brisas que la empujan en un juego de giros sin cesar. Caracolean, van y vienen en un camino inseguro, vacilante que se enrolla y desenrolla en anillos sin cerrar. Arqueadas, son un arcoiris sin colores, con los extremos enterrados en vasijas de cerámica sin monedas de oro modeladas por chamanes. Semejan montañas rusas intensas, los peldaños encarrilados suben y bajan sin respiro, se abalanzan y retoman el viaje en ciclos incompletos, irreproducibles. Y de esta manera siguen evolucionando hasta lo inconmensurable, porque cada persona tiene una escalera determinada asociada a ella, integrada a su suerte que la acompaña fielmente.

Se construyen sin planos previos, sin estudios, sin un manual de instrucciones, sin diseños estereotipados ni rígidos. Comienzan en un punto —Que todos lo identifican sin dudar—. Los transeúntes parados en la base de apoyo espían con curiosidad el recorrido ascendente.  Los primeros escalones son fácilmente visibles y tienen carteles de advertencia. Algunos de los que emprenden el viaje se detienen al leerlos. Otros más audaces o irresponsables continúan sin dudar. A partir del séptimo los peldaños se desdibujan y luego quedan tragados por una bruma espesa —Es el aliento del dragón primigenio que duerme por la eternidad—. Con cada paso  que dan la neblina se disipa y se descubre el próximo peldaño interpretando su significado: sueños, quimeras, fantasías, pesadillas, alegrías, tristezas. Cada escalera es el ADN espiritual, emocional de una  persona. Las escaleras se cruzan, colisionan, se unen, se atraen, se repelen. Algunos de los viajeros se quedan casi al arrancar, otros abandonan abruptamente sin avisar, la mayoría se aventuran hasta el límite de sus miedos o conformismos, unos pocos las desafían buscando el punto más alto.

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