25/07/2013 Amanecer somnoliento

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El amanecer va deshojando capas. Esas capas de bruma sin ser bruma que convierte a todo en trazos desdibujados. A medida que se diluyen  la luz se hace presente, los colores se van intensificando. Quedan restos irregulares suavemente rasgados y olvidados sobre la superficie. Se va tiñendo el cielo con precaución. Somnolientos emergen de la paleta de algún pintor asustado por el frío. No los mezcla, no crea tonalidades fantasiosas, solo permite que se deslicen buscando puntos de fuga. Y se extienden en forma lenta, sin sorpresas. Es un plato donde se vierte un líquido denso y a medida que dibuja olas redondeadas tirando a elipses, se van trazando gamas a veces con límites definidos. Crecientes en luminosidad. No hay bermellones, no hay ocres y el amarillo se guarda para la salida del sol. Ya solo queda un celeste renacido. Escondido bajo cenizas que lo opacan.

Y las plumas que se preparan para su trabajo sin fisuras de edificios en construcción, Esas grúas inmóviles que acusan la altitud con un movienro pendular. Que se yerguen raquíticas frente a edificios que brotan desde pozos profundos. Desplazan materiales, elevan cargas desde el suelo hasta el último piso agregado a la torre en ebullición. Y traza extrañas figuras circulares con su gancho en forma de garfio arrastrando elementos que no se distinguen. Solo sombras contra un cielo sin nubes.

Uno se imagina un capitán pirata aprovisionando al buque corsario antes de la partida hacia horizontes de pillaje y acciones heroicas o miserables. Y levantamos la vista para encontrar el parche sobre el ojo izquierdo mientras tratamos de descifrar las palabras que grita su loro compañero de tropellías. En tanto las sombras van dando paso a esqueletos de cemento. Todavía grises pero buscando sus colores matinales.

Hoy es todo somnolencia. En calles, en veredas, en cauces de ríos, en ausencia de brisas. No hay corrientes de aire que trasladen sueños helados por senderos escarchados. No hay caricias contra edificios que van amaneciendo. El manto precavido de escudos templados se va alimentando de calorcito para luego desparramarlo por la ciudad ansiosa. Ojos que se extravían en el naranja que se atreve a visualizarse desde el este. Música de trompetas sostenida por violines de cuerdas renovadas. Los pájaros, hartos del ostracismo de los últimos días, recorren pasadizos aéreos guiados por brújulas renovadas. Aportadas por los sabios en la última entrega, emiten sonidos diferenciados según el punto cardinal al cual se dirigen.

Melodías suntuosas que varían su intensidad a medida que abandonan para cercarse a otro. Así se guían cuando tienen un recorrido prefijado. Pero a esta hora son olvidadas. Es el momento libertario. De sacudirse dependencias, de esconder necesidades. De dedicarse a naufragar sin remordimientos. Abandonarse a los caprichos de las temperaturas y dejar que se improvisen trayectorias. Las alas siguen el ritmo de canciones que aprendieron de sus abuelos y estos de sus bisabuelos y así hasta los orígenes del vuelo. O planean con los ojos cerrados, arrojados a toboganes libres de escaleras y bordes protectores. Sus alas quietas, levemente inclinadas para asegurarse sendas de giros amplios.

Una mañana con resabios somnolientos se asoma en la realidad de cada habitante de una ciudad todavía adormecida bajo la calidez de capas que logran mitigar la sensación gélida instalada desde hace algunos amaneceres.


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