Una tarde casi perfecta

Una tarde casi pefecta.

El antílope saltó sobre los arbustos y arañó con sus pezuñas las ramas más altas que oscilaron como si un viento intempestivo las hubiera zarandeado. Se estabilizó luego de trastabillar por el impulso y levantó la cabeza oteando el borde de la floresta. Olía el peligro; en estado de alerta pero sin temor, giró la cabeza repetidamente sin notar nada extraño. Su pelaje castaño rojizo se destacaba entre el verde pálido resultado de la sequía, sus astas onduladas eran antorchas con las llamas congeladas, estalagmitas óseas coloreadas por el sol y erosionadas por el viento. Los ojos amarronados brillaban al reflejar la luz solar, estaban inquietos.

Todo era casi silencio, solo el trinar de pájaros en busca de comida se transformaba en ecos de presencias sin detectar. La brisa hacía oscilar las hojas, sin tocarse, hamacándose con ritmo monótono producían sombras juguetonas en un suelo de pasturas amarillentas. El sopor se apoderaba del presente. El antílope era una pintura congelada, una instantánea sin pasado ni futuro, una ruptura en la continuidad del tiempo.

Un ave se posó en el extremo de su asta derecha. Por fin una compañía inofensiva. Se quedó estático, no quería ahuyentarla, no quería darle un motivo para que retomara su vuelo. Su compañía —sin comunicación posible entre ellos—  era la prueba que su soledad tenía remedio. No sabía, no tenía idea que era un charlatán carirrojo, uno de los pocos de su especie que todavía adornaban las laderas de Nepal, esos abruptos cortes hechos a hachazos por las fuerzas sísmicas que modelaron la cordillera. Su cara roja llega a una especie de cejas oscuras que protegen sus ojos del resplandor de la nieve, su cuerpo pequeño de marrón clarito cae abruptamente en una cola de azul intenso, sus alas lucen mezclando colorado pálido, otro azul apagado y manchas blancas. Son un atardecer abúlico de montañas agrestes, nubes errantes y cielo inalcanzable.

Ambos se ignoraban, era la estrategia para mantener el equilibrio visual. Solo las orejas del antílope se movían en forma ocasional para espantar una mosca molesta. Rompiendo la monotonía una mariposa irrumpió desde lo profundo de la arboleda esquelética. Siguiendo una trayectoria lineal y prolongada optó por descansar en el asta libre. Se complementaron los colores de los tres, el grupo es un arco iris con el orden permutado, sin formas semiovaladas ni franjas definidas. El atardecer estalló en sonrisas, los misterios repetitivos pero inexplicables, en momentos únicos. Los últimos rayos de sol, casi horizontales se entrecruzaban jugando en una trama plena de luz.

En el monasterio cercano el golpe del gong invitaba a la meditación. Los monjes tibetanos se acercaron sin pisar el suelo, los ojos fijos en los tres que aguardaban con su mensaje a ser descifrado. Se sentaron en posición de loto y se zambulleron en su interior. Llevaban en su viaje la imagen, los colores, la armonía que se les había obsequiado. Era solamente otro día casi perfecto.