Palacio de Bellas Artes
Caminas por la acera decorada con música de organillo, uno en cada esquina y tus pies se acomodan sobre las estridentes notas musicales que parecen salidas de otra realidad. Tus zapatos acompañan marcando el ritmo. Ellos, los organilleros, son encantadores de serpientes que te trasladan de una cuadra a otra por senderos cósmicos imposibles de detectar. Te señalan el camino de la magia urbana, te llevan a la deriva por ríos de energía ancestral.
Aparece el edificio, imprevistamente. Mejor dicho explota en tu cerebro una construcción orgullosa, rayando en lo prepotente. Y hace bien. Anclada en el centro histórico, indica el camino al corazón de la ciudad, pero antes te esclaviza con su belleza, te obliga a desviarte de la ruta que habías pensado y visitarlo.
El interior conmueve, una brisa saturada de emoción artística te acompaña y susurra desde el infinito mientras vagabundeas entre obras que exudan vida, que narran «tus» historias sin conocerlas. Una visita para rescatar tus entrañas.
Se acaban las palabras, rinden homenaje guardando silencio. Quedan solo imágenes únicas, singulares, expresiones de artistas que tradujeron el espíritu y la magia de un pueblo, de una civilización.
Los murales agreden con una magnificencia agreste, con una delicadeza ingenua. De tamaño sin límite se extienden más allá de las paredes incapaces de aprisionarlos.


