Noche mágica de coplas


28/02/1979

“Laurita” es un nombre que ninguna otra mujer podrá hacer olvidar. Es un nombre que en mi memoria a tiene a partir de ahora la dulzura del llanto del niño, la hermosura de una mirada perdida entre los mil ojos de la realidad, la tragedia de una existencia cuyo rumbo es la monotonía y la reiteración, la alegría del reencuentro con las cosas olvidadas.

Un golpetear monótono, ininterrumpido, concentrado en sí mismo. La mano derecha que mantiene la caja es la misma que le da vida, los pies independientemente siguen ciegamente el ritmo que les marcan. Los ojos brillantes en la escasa claridad del salón buscan la excusa para seleccionar coplas. La voz, la voz que resume quien sabe cuantas generaciones, la voz que repite palabras que le enseñaron, que escribió alguna vez, la voz que crea en el momento al pedirle un tema y no le gusta ninguno de los versos que tiene memorizados, la voz que baja retumbando desde la cima de esas montañas que llegamos a adivinar sin conocer, la voz que es hermana del instrumento que la acompaña y que penetra suavemente en nuestra memoria. Esa voz resonará por años en los oídos y en los pies de quienes la escuchamos y quienes bailamos con ella.

No creo que nunca la olvide, parada delante con su gente detrás —Un coro desprolijo, compuesto por aficionados que desentonan — repitiendo su sonido, mirándome a los ojos y diciéndome a mí —no a los demás que ya no existían—, “ojos celestes de lejos venís, ya tienen dueña eso lo sé, y yo quiero que tengan dueña”. Es aproximadamente lo que mis ojos leían de los suyos más de lo que mis oídos escuchaban.

Todo un rito seguirla en la danza buscando en la tierra que se levantaba la huella de sus pies para pisarlas, imitando su correteo tan etéreo como frágil y plástico. Todo un rito repetir su voz diciendo sus palabras, éramos el eco que devolvían las paredes añejas y decoradas por la humedad. El espacio se transformaba, era vida, era sentimientos, era todo. El tiempo se detenía y todos los presentes formaban parte de un ritual. Repetiamos escenas ocurridas en tiempos inmemoriales e ingresamos en un tiempo sacro.

Todo un acontecimiento verla escuchar a Cacho dedicándole un tango, los ojos perdidos en quien sabe que historias, las manos buscando una excusa para no desbordarse hasta el final, las manos buscando la cabeza pelirroja, y dándole un beso para decirle gracias. El cuadro quedó grabado en la mente reemplazando la foto que no existe.

Y fue lo que hice, darle uno, con lágrimas en las manos, para que supiera (Aunque creo lo sabía) cuánto la quería.