Roxana Kreimer (2012)

Platón escribió que filosofar es aprender a morir. Sin duda exageró. Filosofar es mucho más que eso. También implica aceptar de qué va el juego de la vida. Pero filosofar también es aprender a morir. Cristina Bustamante, el primer amor del flaco, el que le inspiró “Muchacha ojos de papel”, nos cuenta hoy que en octubre pasado habló por teléfono con él y le dijo que estaba muy enfermo, para agregar enseguida: “’Me encuentra preparado, vengo preparándome toda la vida para este momento, y yo ya dije todo lo que tenía que decir».
Cristina agrega que Luis no era una persona religiosa, que “ninguna de sus letras habla de Dios, pero desde chico estudió filosofía y estoy segura de que fue eso lo que lo preparó para la muerte».
No todos se vuelven religiosos ante el infortunio y la inminencia de la muerte. Algunos, como el flaco, toman a la filosofía como compañera de vida y son consecuentes con esa elección. Saber morir –contracara de saber vivir- es el punto culminante de la sabiduría. Tal vez porque es una de las cosas más difíciles de aceptar, sino la más difícil, junto a la muerte de los seres queridos. Antes de beber la cicuta Sócrates hizo entrar a su mujer y a sus hijos, que lloraban desconsoladamente, se despidió de ellos, los hizo salir y pidió que entraran sus discípulos, que también comenzaron a llorar desconsoladamente. Entonces los increpó: “¿Cómo se están portando, locos? Se debe morir en silencio, tranquilo”.
Sócrates aceptó con dignidad, serena y animosamente, aquello que no podía modificar. Sin alterarse, sin miedo, recordó incluso que debía cumplir con una promesa y devolverle un gallo a Esculapio.
Todos moriremos: unos lo harán quejándose de más y otros con serenidad y aceptación. A la pregunta: “¿Por qué a mí?” deberíamos oponerle esta otra: “¿Por qué no a mí?”. No es la muerte lo temible sino la idea que nos formamos sobre la muerte. Está en nuestras manos la posibilidad de cuestionar esta idea. Lucrecio decía que si uno ha tenido una buena vida, debe despedirse como cuando se retira de un banquete, con gratitud y saludando.
Vamos hacia la muerte poco a poco, todos los días. No es triste morir sino pensar que el hecho de que una persona muera no es prueba suficiente de que haya vivido. “Yo ya dije todo lo que tenía que decir”, fue una frase con la que el flaco aceptó su muerte.
Montaigne recomendaba interesarse por saber cómo mueren las personas a nuestro alrededor, ya que, en el fondo, quien nos enseña a morir también nos enseña a vivir. “Averigua qué rostro, qué palabras, qué actitud han tenido”, escribió.
La conciencia de finitud es la que redobla el deseo de vivir intensamente, la que nos permite intensificar el goce de hoy, no como un medio para llegar al futuro sino como un fin en sí mismo. De ahí que los latinos dijeran Carpe diem (Aprovecha el día), Marco Aurelio, “Vive cada día como si fuera el último”, y la copla popular:
Arroyo, no corras tanto
mira que no eres eterno,
que te quitará el verano
lo que te ha dado el invierno.
El flaco nos ayudó a vivir y tal vez nos ayude a morir filosóficamente.
Uno de los epitafios escritos en honor de Eurípides dice así:
Toda Grecia, oh Eurípides, es tu tumba,
así que no estás mudo, sino que hablas.
El del flaco anunciar lo mismo:
Toda Latinoamérica, flaco, es tu tumba.
Así que no estás mudo, sino que hablas.