
Llueve en la ciudad de México. Tan igual y tan diferente a otras lluvias en ciudades lejanas. Lluvia fragmentada. Cómo un mosaico de colores separados por líneas serpenteantes grises, tirando a negras. Llovizna suave, gotas distanciadas que juguetean en el aire. Molestan, no llegan a mojar. Pero avisan, son el anuncio de lo que seguirá. Gotas asustadizas, curioseando mientras se precipitan.
Para la llovizna.
Silencio. Misterio. Una voz ronca irrumpe desde ningún lugar y abarca todo. Gutural, profunda. Semejante a un rodar de rocas, en una avalancha imprevista, devastando nubes distraídas. No hay fuegos artificiales. No hay rayos, no hay relámpagos. Solo la claridad de un sol ausente alerta a los desprevenidos o audaces que siguen caminando a la intemperie.
Todo cambiará abruptamente.
Se rompe el dique aéreo. Una cascada se precipita. Ahora es otro ritmo, otra melodía. La Carga de la Brigada Ligera o la Obertura Guillermo Tell. Impetuosa sonoridad en su golpeteo desconsiderado, inmisericordioso. Tamizado por granizo blanquecino que se divierte rebotando en cuanta superficie encuentra. Nubes blancas, alejadas del negro, altas, cruzadas por una franja horizontal de un celeste apagado.
Toda el agua se desboca hacia la tierra.
Son oleadas ininterrumpidas. Listones de distinta intensidad, La violencia con que se desploma oscila, varía. Es fácil darse cuenta prestando atención a la melodía tamboril. Y se desprenden hojas de los árboles indefensos, que pronto serán reemplazadas. Y el aire enfriado es desplazado provocando brisas que humedecen pieles expuestas.
Ahora un respiro, cómo si la lluvia necesitara reaprovisionarse de líquido para el próximo embate.
Son los truenos el recurso para atemorizar. Explotan imprevistamente. Retumban entre las sienes y se deslizan al estómago. Se van opacando hasta ser casi un murmullo; y realimentados en su eco, en su orgullo pegan un grito de estertor existencia antes de esfumarse en el silencio.
Un canto de sonidos cavernosos.
Y se aleja la lluvia, huyendo del sol que ya empuja las nubes en retirada. Quedan charcos reflejando el presente. Quedan arroyos que recorren las ruinas empedradas de monumentos altivos. Queda una melodía descansada. Quedan bailarines de colores danzando en la ciudad.
Queda…