“Liliana Bodoc: cuando no todo da lo mismo” por Adrián Ferrero

(reproduzco este texto que escribí el 18 de enero de 2021 y que gustó a muchos lectores y lectoras de Liliana)

Ahora que se acerca otro aniversario del fallecimiento de la escritora argentina Liliana Bodoc, el 6 de febrero de 2021, debo confesar que me siento en paz porque ya terminé el artículo con el que pienso evocarla. Es la autora argentina por la que siento mayor admiración y mayor respeto, pero sobre todo mayor devoción. Presenta una variedad tan plástica de obras, productora de un caudal y un corpus tan amplio y frondoso, que incluye la literatura infantil, juvenil y la literatura para adultos. El trabajo con la épica fantástica, el realismo, el fantástico puro, los mitos bíblicos, la crítica hacia la experiencia social plagada de injusticias (rasgo que está presente en casi toda su poética, transversalmente), el cruce entre códigos semióticos, la novela histórico, el humor, la crueldad (en contraste con la perspectiva de su contrafigura: le ternura o el amor), entre otras creaciones no menos innovadoras en el panorama de la literatura argentina y latinoamericana, que alcanzan también la dramaturgia, que ha salido a la luz de modo póstumo. La considero la autora más completa que conozco. Junto con Adela Basch me parecen escritoras comprometidas con su país, sentido de pertenencia latinoamericano, atentas y alertas a la Historia argentina y americana ambas, reflexivas en torno del sustrato  de los pueblos originarios, atentas a lo que no queremos repetir ni que se repita en este país de terrible (ustedes saben a qué me estoy refiriendo). Atentas ambas también a lo que destruye a la condición humana y a distinguir lo abyecto de lo glorioso. A separar la magia de lo denigrante. Están pendientes del semejante desde el plano de la dignidad. Eso está plasmado en la poética de las dos.

Hay una congruencia tan total entre lo que Liliana Bodoc escribió,  fue, el modo como vivió, su temperamento, su fortaleza para afrontar ideologías adversas al progresismo traducida en una poética concreta y potente, su sentido de la ética, su honestidad, su mirada limpia, transparente, su conducta cívica, su encendida defensa de la educación pública (que comparte de forma elocuente también con Adela Basch), la entrega incondicional a su oficio, el estudio al que se consagraba para afrontar sus trabajos (en ocasiones investigaciones de mucha envergadura), su sentido de responsabilidad, su ausencia de ambición, la libertad de la que nos empapa cada uno de sus libros. Todo esto no deja de llamar poderosamente la atención porque no resulta frecuente entre los escritores y escritoras. La figura de Liliana Bodoc se recorta en esa constelación que configura la república de las letras por dentro de la cual ella ocupa un lugar sobresaliente y destaca. Siempre fue franca y se sinceró. Quiero decir: jamás uno detecta impostura alguna en esta autora. Liliana Bodoc se tomaba las cosas en serio no porque no tuviera sentido del humor (que lo tuvo en varias de sus ficciones, por cierto) sino porque sabía que no todo da lo mismo. Y la cosa va en serio en ocasiones en la vida. No todo da lo mismo: un trabajo con buena terminación que un libro hecho a las apuradas aunque pueda vender. Incluso mucho. O que pueda resultar efectista con el objeto de que sea exitoso. Producto de la conveniencia o el oportunismo. Tampoco le interesaba vender sino escribir bien y bajo ciertas condiciones que era ella quien las definía. No da lo mismo el profesionalismo que la improvisación. No da lo mismo «hacer carrera» que defender ideales en particular colectivos, ciertas causas también consideradas por ella nobles. No da lo mismo escribir para los lectores y lectoras que escribir para la crítica especializada, la crítica académica o un cierto círculo de colegas cuya aprobación se busca. Liliana Bodoc produjo siempre literatura genuina. Una vez, en un intercambio con su esposo en razón de que yo había publicado un artículo en su Página me escribió: “Está muy claro que el modo en que Liliana llevó adelante su carrera fue muy distinto de en el que lo hacen la mayoría de los escritores”. Acuerdo. No había triunfalismo ni mercadería en Liliana Bodoc. Había defensa de principios, de derechos y de ideales. Se manifestó siempre pluralista y respetuosa de la diversidad y de la diferencia. Demuestra no ser dogmática. Pero también es firme en sus convicciones y tiene un gran poder de determinación.

Su muerte repentina me produjo una instantánea angustia, que afloró al solo momento de enterarme. Una angustia que se alojó en ese centro estremecedor del cuerpo cuando lo sacuden las emociones fuertes que es la garganta, luego se desplazó al plexo, después llegó el sollozo como si se hubiera tratado de la pérdida de una amistad tan íntima como entrañable, de muchos años, o la de un pariente querido. Y luego llegó el desgarrón. Fue allí cuando cobré consciencia de una relevancia en mi vida de la que yo no era consciente. Una gravitación en mi vertiente de escritor como la de lector. Y de lo devastadora que era su pérdida. Se trataba de una relación personal. Directa. Era tutorial. Es que había incorporado de tal manera su figura íntegra a mi trabajo de escritor como un modelo, un referente esclarecido no digo al que emular, lo que sería ambicioso o, peor aún, incluso presuntuoso. Pero sí a quien tener en cuenta a la hora de pensarme en mi identidad de sujeto ético que escribe. Sus libros eran como arquetipos de lo que hubiera querido fueran los míos, aunque sus temas, sus contenidos y sus formas no se parecieran en lo absoluto. La admiración por la sabiduría de su arte estaba intacta. El trabajo fino con la prosa, poética pero sin perder su economía vertiginosa ni su encanto. La fábula de imaginación desaforada. Una ética que se proyectaba de la dimensión abstracta a la dimensión del orden de lo literario.

Y bueno, ahora he encontrado esta otra forma reparatoria para mí y tal vez para algunos lectores y lectoras. Incluso para algunos de sus familiares. De hecho hemos mantenido algunos intercambios también con su hermana, que la admira profundamente, la respeta intensamente y atesora su cariño. Como decía, he encontrado esta forma de escribir artículos sobre su poética o sobre alguna de sus obras en particular. En especial las que más me sacuden. Ya lo hice muchas veces. Cuando ella vivía, para revistas académicas de EE.UU., reseñas de sus libros, donde verdaderamente se la valoró, se la respetó y se estimó su producción. Y llegué a entrevistarla vía correo electrónico. Esa entrevista se publicó primero en una revista académica de EE.UU. y luego la recopilé en uno de mis libros. Pero más allá de esto, que no son cosas irrelevantes, más tarde, cuando ella ya hubo fallecido y yo pude lentamente iniciar un proceso de escribir, con distancia emocional, comencé a  producir toda una serie de artículos de diverso nivel de complejidad y tenor para distintos medios de prensa o espacios de literatura infantil y juvenil, todos los que escribí bajo el imperio de diversos sentimientos, ninguno de los que me resultaron indiferentes al momento de ser escritos. Al momento de ser corregidos. Al momento de ser terminados. Al momento de ser entregados para publicar. Al momento de ser publicados. Al momento de desprenderme de ellos en un adiós. La experiencia literaria del artículo o el ensayo me sustraía también su figura. Pero debía ser al mismo tiempo riguroso. Y diría que esos trabajos son lo más importante que escribí en mi vida desde la dimensión más afectiva, el más importante de los flancos que valoro en una producción escrita. Comulgo en lo esencial con Liliana Bodoc en que no ando tras el reconocimiento o los premios sino la circulación profunda de ideas y la posibilidad de intervenir con puntos de vista que cuestionen el sentido común, los puntos de vista unívocos y las ideologías autoritarias. En este sentido ella nuevamente es un referente que no ha desaparecido sino debo confesar se ha acentuado. Valoro estos artículos sobre Liliana Bodoc no precisamente porque sean lo mejor que he escrito. Pero hay una zona de lo emotivo en el seno de la cual quedan inscriptos de modo elocuente. Liliana Bodoc está alojada en ese entresijo de la memoria pero también de la movilización, paraliza de belleza, es apenas ese destello incomparable, ese brillo que no me deja indemne jamás. Un hálito que me hace permanecer en vilo pero a la vez siento que nos salva. Nos salva a todos. Directa o indirectamente. Nadie puede permanecer ni indiferente ni ajeno a sus libros. A menos que sus principios sean otros. Respetables pero otros. O de que no la lea y manifieste desinterés por desinformación o prejuicio. Motivos por los cuales mis consensos toman distancia. Los libros de Liliana Bodoc dejan la huella potente de lo inolvidable. Como lo fue la marca que dejó su partida. Su mirada transparente como manantial, es lo que a mí me importa. Liliana fue una virtuosa. En el orden de la vida y en el del arte literario. Practicó el arte de vivir de manera congruente con sus ideales que devinieron escritura deslumbrante. El arte del buen vivir. «El buen modo», diría María Elena Walsh. No supo del egoísmo. Y, para ser sinceros, a mí tampoco me da todo lo mismo. Por eso la elijo a ella como la escritora paradigmática que quisiera que este país admirara en todo su magnífico esplendor y ubicara en el lugar que merece. Junto con Adela Basch y el fallecido Héctor Tizón. Liliana Bodoc sigue estando en actividad y vibrando. Sus libros circulan, como cartas que vienen y van. Dejan la huella de lo prodigioso. Tal vez por eso Liliana Bodoc escribía sobre dragones, hechiceros y profecías. También supo escribir sobre temas con los pies bien sobre la tierra. Ah: y mi artículo, que saldrá el mismo 6 de febrero de 2021, probablemente bien temprano por la mañana, día del aniversario de su fallecimiento, como dije, se titula “Liliana Bodoc: escribir con vocación de libertad”. Les dejo este adelanto. 

Adrián Ferrero, La Plata, 18 de enero de 2021