Se dieron un abrazo afectuoso como era costumbre cada vez que se veían y en especial cuando el tiempo transcurrido sin estar en contacto directo era bastante prolongado. Se consultaron entre los dos por la salud del otro, por el estado de familiares cercanos y conocidos mutuos, por novedades destacables. Cumplidos los ritos del reencuentro, el viajero miró nerviosamente alrededor de ambos asegurándose de que no había nadie cerca que pudiera escuchar la conversación. Su actitud mutó, se evidenciaba en los ojos alertas, el cuerpo tenso; semejaba a una presa que siente el peligro del ataque inminente de su predador. Apretaba fuerte contra su pecho un morral, casi escondido entre su abrigo, resguardándolo de posibles arrebatos. La ansiedad y la angustia lo empujaron a no esperar a estar en un lugar apartado, discreto, aislado de curiosos, libre de entrometidos. En voz apenas audible dominada por el temor, insegura por la reacción que podría despertar, sabiendo de antemano lo inverosímil de su proposición le murmuró:
-Wolf. Necesito tu ayuda, tu colaboración. Tengo que darle forma y luego vida a un ángel.
Wolfgang se quedó sin poder responder de inmediato. El silencio fue su primera reacción; hacía muchos años que nadie lo llamaba con ese diminutivo y eran muy pocos los que sabían del mismo. Las palabras resonaban en forma circular en sus oídos mientras buscaba interpretar correctamente lo escuchado. Su primo Jan Josef Gra –prior en el Monasterio de Strahov en Praga- le acababa de hacer la propuesta más inverosímil que había escuchado en los cuarenta y dos años de su existencia. Pensó que era una broma, pero recordó que lo que más le faltaba a su pariente era sentido del humor; aventuró que su salud mental flaqueaba, pero lo percibió animado y muy seguro de sí mismo.
Por unos momentos sus pensamientos desordenados navegaron y bucearon en recuerdos infantiles y juveniles; durante las visitas anuales a la casa del hermano de su madre, familiares y algunos amigos se reunían después de la cena a conversar y él era el más pequeño. Esos encuentros se desarrollaban en un ambiente cargado de misterios y temores, largas charlas iluminadas por velas titilantes y nerviosas que proyectaban sombras inquietantes en las frías paredes de piedra. En esas veladas inolvidables se abordaban temas inquietantes, misterios irresueltos, leyendas de monstruos inimaginables; entre estas narraciones nocturnas la que mayor interés suscitaba por sus connotaciones filosóficas era la historia del golem; ese ser creado por Judah Loew ben Bezalel, incorporada a la tradición checa desde hacía mucho tiempo. Esas noches él se dormía con las velas prendidas mientras contornos lugubres y tenebrosos lo acosaban y creía distinguír el eco del sonido de pasos retumbando en el pasillo.
Su parte consciente recuperó los detalles, no tuvo que hacer grandes esfuerzos pues permanecían vivos en su memoria. El relato, tal como lo repetían una y otra vez con leves variaciones, tenía su punto de partida en el siglo XVI con la desaparición misteriosa de un niño cristiano. Los habitantes de la ciudad de Praga influenciados por los prejuicios arrastrados desde la Edad Media, descargaron su temor e indignación acusando a los judíos de haberlo secuestrado para asesinarlo y utilizar su sangre en los sacrificios que realizaban durante la Pascua. En ese clima hostil que amenazaba transformarse en una masacre, un rabino de la comunidad tuvo un sueño premonitorio en el que una voz sin identificarse le ordenaba construir un ser artificial conocido en la cultura judía con el nombre de golem. En el más hermético de los secretos y con la llegada del alba, junto a dos fieles y discretos amigos pertenecientes a su grupo íntimo, pusieron manos a la obra. A orillas del río Moldava, en un paraje alejado de miradas curiosas trazaron en el barro la forma de un hombre acostado y dibujaron su rostro, piernas y brazos. En el momento en que el primer rayo del sol se reflejó en la figura opaca, recitaron con devoción las palabras que invocaban a las fuerzas divinas a insuflar el aliento de la vida por las narices.
Y el golem irrumpió a la vida. Los ojos fijos en ningún lugar. La respiración adormecida por la falta de práctica. El cuerpo en reposo parado sobre una mancha oscura, casi tenebrosa, producto de la acción tan temeraria como inusual. La luz del amanecer proyectaba sobre el cauce del agua una sombra atemorizante. Un olor a azufre se propagaba entre ellos. Los tres hombres titubearon con la duda angustiante sobre las consecuencias de su conducta, pero ya no había retorno. Estaban aislados del resto del mundo, desprotegidos..
Con voces enérgicas, decididas le dieron la bienvenida mientras se daban a conocer. Le enumeraron sin titubear las fórmulas preestablecidas de obediencia y deberes -tenía que quedar claro sin lugar a dudas quien era el amo-. Por último le dieron las instrucciones precisas para buscar al niño ausente. Obediente y decidido, sin cuestionar ni hacer ninguna pregunta, partió a cumplir su destino. Pasado el mediodía la criatura se presentó con el niño en brazos durante el juicio que se celebraba para condenar a los sospechosos. Ante el estupor de los presentes y entre el murmullo confuso que se adueñaba de la sala, el pequeño declaró que su padre le había obligado a esconderse en el sótano de su propia casa para provocar la destrucción de los judíos. De este modo se evitó la matanza en ciernes, pero la criatura artificial siguió creciendo fuera de control y se tornó violento, provocando varias muertes que sembraron el pánico entre los vecinos. La única solución posible fue privarlo de la vida. Tan rápido, tan sorpresiva como se la habían otorgado.
El golpe impaciente del zapato de su primo en el piso hizo que abandonara sus reflexiones.
La pregunta era inevitable:
-¿Por qué yo?
Y la respuesta de Jan Josef no se hizo esperar:
–Eres el húngaro más conocido, Wolfgang von Kempelen, y has construido al “Turco”, un autómata que desafía las leyes naturales, que juega al ajedrez con grandes maestros y les gana.
-Sí. Pero no es suficiente. Es necesario poseer nociones profundas sobre ciencias ocultas, sobre los misterios de la vida y la muerte. No solo saber de ciencia mecánica.
Agregó tras una breve pausa. -Y tener experiencia.
A medida que la conversación avanzaba una extraña sensación mezcla de excitación y zozobra se iba adueñando de él.
Jan lo miró a los ojos y con voz firme, como si estuviera en el púlpito en el medio de una ceremonia explicando un milagro a su grey, le dijo:
-Eres respetado por tus conocimientos aunque también en muchos casos temido por tus posibles vínculos con la magia y la hechicería, que muchos lo dan como un hecho. Eres la persona indicada para diseñar el modelo a darle vida. Además, lo más importante, eres de mi más absoluta confianza.
Al escuchar el elogio una oleada de orgullo brotó de su interior, rayando en la soberbia. Mientras tanto sus ojos brillaban y adelantaban la decisión ya decidida:
-Acepto.
Con esa sola afirmación pulverizó sus argumentos juveniles defendidos con vehemencia en las discusiones interminables que se armaban y que se resumían así: “la narración refleja la arrogancia del ser humano que pretende hacer lo que le está vedado por su naturaleza. El resultado de esta creación resulta defectuoso y, en consecuencia, ingobernable, convirtiéndose al final en un castigo contra sus responsables por haber intentado emular a Dios”.
Para sorpresa de Wolf, el prior desenrolló apresuradamente ajados pergaminos que guardaba en su morral de cuero, envueltos cuidadosamente en tela para su protección, y los extendió sobre la mesa. Con euforia, casi tropezando con las palabras, le explicó que contenían viejas oraciones, invocaciones en lenguajes extraños, desconocidos. Los había encontrado -muchos años atrás- disimulados en un hueco en la esquina de una pared de las celdas de penitencia en el sótano de la iglesia. En los meses posteriores y a escondidas, había profundizado y practicado conjuros ignotos, había logrado recuperar ritos olvidados; pero a su vez había descuidado sus obligaciones. Se había obsesionado, una fuerza extraña lo había guiado por senderos irreconocibles. Los cambios en su comportamiento se hicieron visibles y las autoridades comenzaron a recelar de él y lo observaban con discreción. Sus compañeros se fueron apartando y todo tipo de murmullos lo perseguía por los pasillos. Y un día, luego de varios meses de conductas erráticas, durante el Ángelus vespertino y al mismo tiempo que las campanas señalaban la obligación de la oración, se le había aparecido un ángel, una esfera de luz brillante que lo encandilaba. Era un enviado especial, un mensajero celestial, que le transmitió con voz serena y profunda la misión que debía cumplir: “constuir un ángel e insuflarle vida”. Y ahí estaba, anhelante, frente a su primo inventor ejecutando obedientemente el mandato, buscando su indispensable colaboración.
A partir de ese encuentro y luego de ponerse de acuerdo, los acontecimientos se precipitaron, se encadenaron a un patrón desconocido para ellos, obedeciendo un plan que se revelaba paso a paso a medida que se cumplía, sin pausa, sin anticiparse. Wolfgang pasó noches enteras estudiando el material que le había entregado su primo. Investigaba y comenzaba a trabajar todos los días al llegar al crepúsculo para que nadie sospechara a qué se dedicaba. Diseñó engranajes que semejaban articulaciones, minúsculas poleas que movían secciones fijas, cremalleras que transmitían y convertían movimientos; su creatividad estaba exacerbada. Obviaba, por el momento, la parte más inquietante del proyecto que era exclusiva responsabilidad de Jan: darle vida a la representación del ángel.
Necesitaba un carpintero, le recomendaron varios y seleccionó a Gepetto, un viejo artesano de la madera, de costumbres solitarias, sin familiares y con muy pocos amigos. Con él formaron un excelente equipo. El dominio del oficio del anciano era maravilloso, un verdadero artista, un perfeccionista casi obsesivo; al instante interpretaba fielmente las ideas de Wolf y las convertía en realidad; captaba las propuestas de diseño traducidas en dibujos, en especificaciones meticulosas, llenas de números y anotaciones aclaratorias que eran la consecuencia de cálculos, reflexiones, mediciones de relaciones áureas, proporciones mágicas, símbolos ignotos. Tarea delicada. Sin embargo al carpintero no le contaba el objetivo en su totalidad, solo partes. Nadie debía siquiera sospechar.
El prototipo iba tomando forma de acuerdo a lo planificado y estuvo terminado diez días antes de lo previsto, lo que les dio tiempo a los primos para dedicarse a estudiar y profundizar en conocimientos ancestrales que fueron eliminados siglos atrás de la memoria de los mortales. Recurrieron a frágiles libros perdidos en vericuetos de bibliotecas de iglesias y monasterios. Eran conscientes del peligro que los acechaba, estaban por convocar energías y fuerzas que ignoraban. Pasaban largas horas nocturnas de vigilia discutiendo sobre teología, filosofía y angeología tratando de entender el sentido de lo que estaban haciendo y sus consecuencias. Esfuerzos estériles pues no llegaron a ninguna conclusión definitiva.
Y llegó el momento de la verdad. Wolf y Jan habían elaborado cuidadosamente el plan; repasaron una y otra vez los detalles especificados en los pergaminos, tomaron todas las precauciones que creyeron necesarias; tal como se indicaba calcularon con precisión el momento exacto del solsticio de invierno, fecha y hora, recurriendo para ello a la astrología y astronomía. Una semana antes comenzaron a llevar al sótano seleccionado el prototipo en partes, envueltas y ocultas en frazadas viejas y trapos en desuso. Ambientaron el lugar con velas ceremoniales, colgaron de las paredes símbolos cabalísticos y alquimistas, trazaron en el techo imágenes que reproducían constelaciones veneradas desde la antigüedad, consagraron el suelo. Siempre respetando minuciosamente las indicaciones que tenían. La última tarea fue ensamblar minuciosamente el producto de tanto esfuerzo. Sus dos metros diez quedaron en el medio de un hexagrama místico delimitado en sus seis puntas externas por velas de color, de tonalidades diferentes en la gama del rojo, y las intersecciones interiores por velas blancas. Las alas desplegadas en semicírculos orientadas al poniente y dispuestas a surcar los cielos. Los ojos mirando al oriente, preparados para recibir los primeros rayos del amanecer.
El día indicado dieron comienzo puntualmente al ritual. Con la antorcha purificada, prendida siete días antes, encendieron primero las velas de la pared y luego las del suelo, entonando la letanía escrita en el pergamino más deteriorado, posiblemente el más antiguo, mientras giraban en contra de la rotación del sol. Recitaron las fórmulas en un extraño idioma desconocido por ellos repitiendo las palabras escritas sin conocer ni sospechar su significado. Y a partir de ese instante todo fue confusión y necesitaron varios meses para reconstruir lo sucedido y lograr un relato satisfactorio para ambos.
Entre un estrépito de tormentas y visiones de infiernos y caos casi fueron arrebatados por la locura. El prototipo fue rodeado por llamas sin quemarlo, sin siquiera chamuscarlo, un fuego sin humo lo devoró en sus entrañas; una risa descomunal los ensordeció. Aturdidos y aterrados vieron como “El ángel” se remontaba en el aire y sus ojos cobraban vida, dos brasas ardientes perforando la penumbra,la vista dominada por la ira, por el odio. Intempestivamente un rayo de luz atravesó la celda subterránea y golpeó a la risa haciendo que cesara. El silencio se adueñó del lugar, un grito lastimero brotó de la madera con forma, en ese momento, de muñeco de tamaño reducido –en eso se había transformado-. Y desapareció. En el espacio que ocupara segundos antes quedó una bruma opaca. Todo fue sombrío, todo quietud, todo olvido. Un olor a sacrilegio se adueñó del universo. Los dos quedaron atrapados en un sueño profundo, protector, misericordioso.
En medio de la vorágine desatada por sus acciones impías les fue manifestada la amarga verdad como una epifanía profana. Sin emitir sonidos, sin explicaciones, solamente la revelación haciéndose realidad en el interior de sus cerebros. Desde el principio fueron soldados involuntarios que participaron de una prolongada y antigua batalla que se libra en múltiples escenarios; los utilizaron como simple peones en una partida de ajedrez. El principio de esta guerra inconclusa, aún sin vencedores ni vencidos, se remonta a los albores de la historia, con la rebelión de un grupo de Djinn contra las órdenes de Allah de postrarse ante Adán. Ellos fueron creados a partir del fuego sin humo dos mil años antes de la aparición de los humanos sobre la faz de la tierra y esa era la razón por la que consideraban al hombre un ser inferior. Se sintieron humillados por la decisión divina que los relegaba. Desde entonces sienten un especial resentimiento hacia los mortales, a quienes desean destruir a toda costa.
En ese contexto los primos fueron simples títeres en el plan maquiavélico de un “ifrit” de nombre impronunciable, individuos fáciles de reclutar y convencer por la ingenuidad religiosa en uno y la soberbia intelectual en el otro. El genio llegó a las comarcas aledañas a Praga en 1521 prisionero en una lámpara sellada que era transportada por un miembro del Sipahi, la tropa de caballería de élite del Imperio Otomano. Durante centurias había permanecido a oscuras castigado por su desobediencia; en esas épocas tediosas, interminables, masticó bronca y soñó con venganzas terribles. En el fragor del combate por la toma de la ciudad de Belgrado, su amo fue herido de muerte y tuvo la oportunidad de escapar y esconderse en la profundidad de los bosques húngaros. Recluido, alejado de todo contacto, continuó perfeccionando su revancha. Lo que ignoraba era que su liberación fortuita no había pasado desapercibida y era vigilado y controlado continuamente por un ángel designado expresamente. Conociendo su historia y su rencor, este centinela atento no le perdió pisada y cuando el evadido puso en funcionamiento su ardid y estaba a punto de lograr su objetivo intervino frustrando sus planes.
Wolfgang y Jan se despertaron ya entrada la noche desorientados, con el entendimiento embotado. Acosados por aromas indescriptibles, con restos de sus pertenencias azotadas por un huracán, desparramadas por toda la cámara. La cabeza inundada de imágenes que no comprendían. Solo atinaron a ponerse de pie y abandonar el lugar en una huida frenética para no retornar nunca más. Recogieron y metieron desordenadamente los pergaminos y los dos cuadernos con notas de sus estudios y observaciones en el morral del prior. No podían dejar rastros que los delataran.
A la semana siguiente, ya repuestos de su extraordinaria y terrible experiencia, buscaron y encontraron al carpintero en su casa. Estaba en la puerta, sentado en una silla a la sombra de un tilo sereno y protector. Asombrados vieron que en sus rodillas tenía al muñeco sin las características de ángel, solo vestido como un niño cualquiera, sombrero y camisa amarilla, pantalón corto rojo, zapatos negros; pero lo más extraño era la expresión de su rostro, ojos vivaces, brillosos, desbordados de vida y una sonrisa contagiosa, plena de afectividad.
Atónitos, sin cruzar la calle, conferenciaron en voz apenas audible buscando una explicación razonable a la aparición del modelo en ese lugar. Habían dado por hecho la destrucción del ser de madera, pues lo vieron desintegrarse y escucharon sus gritos de ira y agonía. Se acercaron nerviosos, dubitativos y lo saludaron. El artesano no los reconoció, tampoco recordaba nada de lo sucedido en los últimos meses. No les prestó atención, ni siquiera se preocupó en responderles. Estaba muy concentrado conversando animadamente con el niño y su cara reflejaba la felicidad de sentirse acompañado.
Al alejarse escucharon las palabras que sembraron más incertidumbre en los dos:
-Pinocho, hijo mío, ¡qué feliz me hace que estés conmigo!