La Iliada

La Ilíada
Canto I

Traducción de Laura Mestre Hevia1

La epidemia. El resentimiento


Canto ¡oh Musa! de Aquiles, hijo de Peleo, la cólera funesta que causó infinitos males a los griegos; que precipitó a los infiernos las almas valerosas de muchos héroes, y los hizo servir de pasto a los perros y a todas las aves de rapiña –así se cumplió la voluntad de Júpiter– desde que, por primera vez, separó una disputa al hijo de Atreo, jefe de los griegos y al divino Aquiles.
Ahora ¿cuál de los dioses los incitó a esa contienda? El hijo de Júpiter y de Latona: irritado contra el rey, suscitó en el ejército una terrible enfermedad; y los pueblos morían porque Atrida había despreciado al sacerdote Crises. Dirigiéndose este a las rápidas naves de los griegos, con el fin de libertar a su hija, con un rico rescate, llevando la banda del certero Apolo en el cetro de oro, suplicaba así a todos los griegos y sobre todo a los dos hijos de Atreo, caudillos de pueblos: “¡Atridas y griegos de brillante armadura! los dioses, moradores del Olimpo, os concedan tomar la ciudad de Príamo, y retornar felizmente a vuestros hogares; pero libertadme a mi hija querida y aceptad el rescate, venerando al hijo de Júpiter, el certero Apolo”.

Entonces todos los demás griegos proclamaron que se respetara al sacerdote, y se recibiera el magnífico rescate, pero Agamenón no quería acceder, y lo despidió con desprecio, añadiendo estas duras palabras:
“Viejo, que no te encuentre yo junto a nuestras espaciosas naves, por haberte detenido o por haber vuelto otra vez, no sea que no te valga el cetro ni la banda del dios. En cuanto a ella, no la libertaré hasta que no llegue a la vejez, en mi casa, en la Argólida, lejos de su patria, bordando la tela y compartiendomi lecho. Anda, vete, no me irrites, porque no estarías seguro”.

Así dijo: atemorizóse el anciano y obedeció la orden. Partió callado, siguiendo la orilla de la mar rugiente; pero cuando estuvo lejos le rogó mucho al soberano Apolo, hijo de Latona, la de hermosa cabellera.
“¡Escúchame, dios del arco de plata, que proteges a Crisa y a la divina Cila, y que reinas en Ténedos, Apolo Esminteo! Si alguna vez adorné tu templo para hacértelo grato, si alguna vez quemé en tu obsequio los perniles cubiertos de grasa de toros y de cabras, cúmpleme este voto: expíen los griegos mis lágrimas con tus dardos!”.
Tal fue su súplica, y Febo Apolo la escuchó. Bajó de la cima del Olimpo con el ánimo irritado, llevando en los hombros el arco y la repleta aljaba: al agitado andar resonaban las flechas del enojado dios: parecía la noche que se acercaba.
Sentándose luego a cierta distancia de las naves, lanzó un dardo: ¡terrible fue el ruido del arco de plata! Sus primeras víctimas fueron los mulos y los ágiles perros; pero luego sus dardos mortales hirieron a los hombres; y muchas piras de cadáveres ardían siempre en el campamento.
Los dardos del dios atravesaron el ejército nueve días seguidos. El décimo, Aquiles convocó al pueblo a una asamblea: Juno, la diosa de blancos brazos, conmovida por la mortandad de los griegos, le sugirió esa idea. Una vez convocados y reunidos, levantóse en medio de ellos Aquiles, de pies ligeros, y habló así:
“Atrida, llegó según creo, para nosotros el día de abandonar la empresa, escapando al menos de la muerte; pues la guerra y la peste juntamente rinden a los griegos”.

“Pero consultemos a un adivino o a un sacerdote, o siquiera a un interpretador de sueños –que también el sueño viene de Júpiter– para que nos diga por qué Febo Apolo está tan irritado, si es por algún voto o hecatombe: tal vez
recibiendo en ofrenda el humo de los corderos y de las cabras más escogidas, consienta en alejar de nosotros la plaga”.