El sillón.
Durante mucho tiempo buscó un sillón, no uno cualquiera sino el destinado a él. En sueños lo encontraba como el Rey Arturo a su espada Excalibur, o como Aladino a su lámpara maravillosa, o como tantos amantes descubren a su amor y lo convierten en inmortal. Él estaba convencido que un día se cruzaría con el elegido y lo reconocería. Ya había recorrido sin éxito, la mayoría de las mueblerías de su zona y del centro, cerca de su oficina.
Las visitas a los negocios se habían transformado en un ritual al que respetaba: se dirigía al sector especializado esquivando a los vendedores —antes de entrar ubicaba dónde estaba cada uno y trazaba mentalmente un recorrido que los sorteara para que no pudieran interceptarlo—, miraba los muebles expuestos y esperaba una señal —no tenía la menor idea de cómo sería, pero estaba seguro de que la identificaría— , se sentaba en los que le parecían más cómodos y dejaba que su cuerpo hablara. Si éste respondía afirmativamente entonces era su mente la que tomaba la posta, la que decidía el próximo. Aprobado por ambos recién hablaba con el vendedor. La mayoría de las veces saludaba y se retiraba sin hacer ninguna consulta; no había recibido la señal.
Hasta que un día camino a una reunión familiar la calle se tropezó con un sillón ubicado casi en el medio de la vereda. Se lo llevó por delante no lovio porque estaba distraído enviando mensajes por el celular. Y en ese golpe se produjo el encuentro esquivo hasta ese momento. Marrón oscuro, respaldo alto y reclinable, amplios apoyabrazos. No lo pensó y se sentó. Y la magia se desencadenó alrededor de ellos. La empatía fue total. Se sintió transportado, el vértigo le ganó. Nunca pudo recordar con certeza cuáles fueron los pasos posteriores hasta instalarlo en su casa, frente a la mesa antigua heredada de su padre. Con los estantes de libros a su espalda, la ventana frente a él, abierta a la luz.
La prueba final la demoró hasta que la ansiedad lo precipitó al abismo. Era como arrojarse por primera vez desde un trampolín de cinco metros de altura. Cerró los ojos y se sentó abruptamente, sin preparación, sin avisar. No los abrió. Se dejó estar. Poco a poco comenzó a relajarse, su cuerpo flotó sin abandonar el almohadón, su mente abordó el drakar vikingo que lo aguardaba y partió en persecución del Walhalla; su realidad mutaba. Se desprendía del piso de su habitación, recordó los viajes astrales de los monjes tibetanos, se vio a sí mismo sentado ¿entre ellos?. Prosiguió a la deriva sin tiempo. Las palabras — carteles austeros escritos con letras negras sobre fondo gris— aparecían de improviso detrás de peñascos verticales y se retiraban con una sonrisa socarrona por desfiladeros inundados. Eran recuperados de su memoria, de lo más profundo de su inconsciente. Los leía con deleite: Samarkanda, Scheherezade, Lemuria, Ulises, Atlántida, Quetzalcóatl, Orfeo, Hermes Trismegisto… Cada palabra que lo asociaba con la fantasía, con su universo recóndito desfilaba en medio del caos de su espíritu desbordado. Estaba en un estado de conciencia alterado.
Una bruma tenue lo rodeó, imaginó el crisol dentro del horno de un alquimista en la búsqueda de la piedra filosofal liberando gases. Las fogosas llamas calentaban y contagiaban calor. La materia prima eran letras, prolijas, esmeriladas con minuciosidad, con paciencia que danzaban en un líquido tenue, liviano, vaporoso. No respondían a ninguna ley natural conocida. Al llegar al punto de ebullición, se escapaban reptando por la neblina y se transformaban en palabras que interpretaba a partir de sus emociones, sus miedos, sus esperanzas. Esas constituían los carteles. Lo realmente importante no eran las formas sino el cambio de percepción que experimentaba. El sillón era el vehículo que lo posibilitaba.
Su percepción de distorsionó. Abandonó los pensamientos lineales, expresados en frases y se lanzó montado en olas impetuosas de imágenes y cuadros abstractos. Nubes de colores arrojadas desde el horizonte buscaban libertad en corrientes de aire. Corrientes de aire que eran sus emociones, fuelles alimentados por fantasías reprimidas las impulsaban más allá de las fronteras de la razón.
Esa razón que siempre fue un entramado rígido donde se licuaron aventuras indecisas, experimentos ahogados antes de nacer. Rodó en un remolino sin fin, un agujero de agua que se tragaba sin dudar a su universo. Con las manos atadas por el miedo, su cabeza se revolvió en círculos. El ruido de las cataratas salvajes lo aturdió. Buscó una prominencia para agarrarse, para colgarse y abandonar la caída. Siguió descendiendo sin poder evitarlo. Una luz se desencajó del fondo y fue en su búsqueda. Lo encandiló, lo lastimó. Todo desapareció. La luz, el silencio desalojaron al caos.
Las manos apretaron sus rodillas. Abrió los ojos, se mantuvo sin que un sonido delatara su presencia, pasaba desapercibido arrellanado en el sillón.
Ya era una parte más del sillón.