El cine y yo

Tengo una larga y profunda relación con el séptimo arte. Recuerdo la primera vez que me senté en una butaca. En un segundo y sin aviso la magia irrumpió. Quedé envuelto en la oscuridad y luego un haz de luz brotó desde mi espalda, el telón cobró vida.Llegó en mi auxilio y nunca más me abandonó. Fue en una sala en Vicente López, en el Gran Buenos Aires, sobre la avenida Maipú —se llamaba Roxy — y que hace años no existe. Fueron dos películas: Peter Pan (Dibujos animados) y Lili (Leslie Caron y su mirada perdida sosteniendo una vieja valija de mano). No recuerdo en qué lapso de tiempo concurrí seis veces más con la misma programación. Desde ese momento fundacional nada será igual en mi vida, ni parecido. 

Me interesa el cine cómo disparador de reflexiones, cómo la luz de una linterna que penetra las tinieblas del ser e ilumina un sendero que puede ser la salida al laberinto. Soy un espectador activo interpretando la película según mi metáfora vigente. Amo los films que me provocan, que me generan emociones, que me exigen una reacción, que me obligan a escarbar en la trama rescatando imágenes que pasan inadvertidas y descubriendo significados que permanecen ocultos. Completando los huecos del relato teniendo en cuenta mi experiencia, mis creencias. 

La relación entre una película y el espectador es dinámica. Cada espectador interpreta la película de manera diferente según los gustos personales, sus expectativas anteriores a verla, la cultura cinematográfica y el nivel de conocimientos. Y además sus circunstancias, en especial el estado de ánimo en el momento de verla. La película actúa sobre las emociones del espectador, sobre sus pensamientos a través de su imaginación, de su capacidad para identificarse con los personajes y la historia, de sus recuerdos, de sus experiencias y de sus valores.

Recuerdo todas las veces que espoleado por una escena, un guión, una actuación, las lágrimas me traicionaron y saltaron a la libertad escapando de mi interior. Y lo viví intensamente. Recuerdo salir del cine y notar mis mejillas húmedas. Recuerdo ahogarme en un café mientras la película servía de madero salvador del náufrago. 

Porque al igual que los libros —sin importar si es novela, poesía, divulgación, diccionario—  las películas están esperando a su augur que desentrañe su significado oculto, su hermenéutica y cómo el Rey Arturo con su Excalibur ponga orden en el caos.