El carnet oculto

El carnet oculto

El comienzo fue la pérdida de su objeto más preciado desde lo emocional: el carnet de cuero del club de fútbol con su foto de once meses de edad. Una sonrisa de bebé explicándole al futuro que será un fanático más de su equipo, que concurrirá a la cancha cuantas veces pueda y que disfrutará de los triunfos y se amargará con los fracasos. Esa sonrisa ingenua, una instantánea sorpresiva, era la rúbrica al compromiso. Y ahora no lo encontraba. Diseccionó estantes minuciosamente, abrió  cajones herméticos y sospechosos, hurgó en bolsillos de pantalones descartados por viejos, escarbó dentro de libros recluidos en repisas en las cuales no debía haber libros, tiró, ignorando el orden,  suéteres al suelo y camisas a la cama. El resultado: nada. 

La búsqueda derivó en obsesión. Al cuarto día se percató que había descuidado el lavado de la ropa, las compras cotidianas —la heladera estaba casi vacía — y en el trabajo los errores no forzados se incrementaban. Abrumado, dolorido, se sentó al borde de la cama, los hombros caídos, las manos entrelazadas, la mirada ausente. La congoja era la compañera ineludible. Era mucho más que un simple recuerdo, era un símbolo de su pertenencia al universo. Un anclaje a su historia, a su pasado.

Y entonces notó un movimiento furtivo con el rabillo del ojo izquierdo. Una mancha de luz cruzó el vano de la puerta y esquivó con destreza la puerta entornada. Una brisa indetectable cruzó sus mejillas. La primera impresión fue la de un murciélago naufragando en su habitación, que fugado de la noche buscada oscuridad para protegerse. Se sobresaltó, no le gustaban y no tenía idea de cómo combatirlo. Nunca había visto uno. Rápido lo desechó. Detectó solo inmovilidad en la pieza. Tal vez su imaginación le jugaba una mala pasada; sus sentidos lo engañaban, estaba demasiado alterado, muy nervioso. Se recostó mientras decidía que necesitaba un descanso reparador. Cerró los ojos y mientras pensaba en su pérdida se quedó dormido. Soñó que llegaba al estadio para ver un partido y no lo dejaban entrar por no tener el carnet. Se peleaba con los controles y la policía lo llevaba detenido a la comisaría.

Se despertó más excitado. Una risa contenida lo distrajo. La mesita de luz se movió. ¿Un terremoto? Sin embargo, ninguna otra señal sustentaba ese motivo. Miró de soslayo y su asombró lo inmovilizó, abrió y cerró los varias veces con la esperanza que entre parpadeo y parpadeo la imagen desapareciera. Pero no. Unos ojos brillosos, le parecieron amarronados, lo miraban enmarcados en un rostro anguloso, tirando más a cuadrado que a círculo, barba crecida y una gorra tipo vasca de color negra. No medía más de medio metro. Se reía, transmitía alegría, diversión. Ahora su risa tenía un tono socarrón. Observó la mano derecha que se movía hacia los costados, apantallando con gestos tenues. Tomado entre sus dedos estaba el carnet perdido.

Pegó un grito y el hombrecillo se escondió detrás de la lámpara. Asustado lo miraba fijamente. El tiempo se ralentizó, el silencio se espesó. Tímidamente le acercó el objeto tan preciado y se lo depositó en la mano que temblaba. ¿De temor? ¿De asombro? ¿De alegría? No lo sabía. Y habló.

—Perdóname, estaba aburrido y decidí esconderlo. No sabía que causaría tanta incertidumbre y angustia— . Al hablar mantenía los brazos al costado de su cuerpo y las manos se abrían y cerraban—. He vivido contigo los últimos cinco años. Te he observado y acompañado sin que lo supieras. Te tengo mucho aprecio, más de lo que le tuve a los demás humanos en mis 356 años. Así que te lo devuelvo, es una de las pocas vez que me hago visible a una persona y le habló directamente. Siempre lo hice desde el ocultamiento, sin que me vieran —.

Ese fue el comienzo de una extraña y curiosa amistad.