Donde se juntan las vías

Donde se juntan las vías del ferrocarril

Si, fue muy particular. Salía del colegio con otros compañeros y comentábamos el último disco de María Elena Walsh. Así fue como te encontré. Oscar fue el primero en verte, sólo por segundos, no podías pasar desapercibida.

¿ Te acordás ?. Me paré delante tuyo, sin dejarte pasar, y miré tus ojos, de la derecha, de la izquierda, de arriba, de abajo. Vos, no hacías nada. Me mirabas. 

—Son postizos. ¿ No ?. 

Fue una afirmación, y tu voz asombrada preguntando por las pestañas. 

—No, tus ojos, son increíbles, no pueden ser verdaderos. ¿ Dónde los venden ? Pero. Sacámelos de encima, que no me puedo mover. Sacátelos o no me mires más.

Todavía escucho las risas de mis amigos y veo tu cara sonrojada y sin saber qué hacer. Después un café y una conversación animada, dijimos tantas cosas que ya ni me acuerdo. La invitación a salir. Fuimos a caminar. Barrancas, el Rosedal, éramos jóvenes.

Si, fue a las dos semanas. Un miércoles después de gimnasia, con un olor a humanidad que la ducha sin jabón no había podido borrar. Una mesa de Salamanca fue nuestro testigo -No puedo seguir así, esto no es para mí, me aburro demasiado. No por vos, quiero que lo entiendas, es este estado. Y ahí mis ideas, mis ideologías. Me mirabas y asentías, era un monólogo mío. Te conté de ese mundo soñado, ubicado allá a lo lejos, donde se juntan las vías del tren o las banquinas del camino.

Silencio, nunca un silencio llenó tantos espacios y dijo tanto como aquél. Cada pedazo del aire que nos rodeaba era una idea que nos castigaba o acariciaba. Una señal y una caminata. La visita al banco de la plaza, tras el monumento. La luna se refugió tras los árboles. Estaba triste. No quería ver. No fue un adiós. No fue como siempre. Faltaron las caricias.

Luego, todo se limitó a llamados telefónicos. Cada 10 ò 15 días. Ambos salíamos por separado. Yo, terminadas las clases me lancé a la búsqueda. Primero fue Córdoba, Mendoza, San Luis, Entre Ríos, ni me acuerdo el orden seguido. Aventuras, tristezas, alegrías, todo pasé. Conocí chicas. Salía uno o dos días y las pateaba.

Y comencé la facultad, desorganizado, salidas esporádicas, y siempre nuestro cómplice, el teléfono. El viajar a dedo se convirtió en algo indispensable. Cualquier excusa era buena para lanzarse a la ruta y vivir. Era una versión libre de Alexis Zorba.

Tu fuga. ¡ Cómo nos divertimos ! Dejaste una nota concisa. Me voy. No me busquen. Firmaste y mi peregrinaje no fue más solitario. Ambos estrenábamos títulos. El sur, el Pacífico, Perú, Bolivia. Todo un mundo nuevo que reconocíamos en nosotros. Nos acercábamos más y más al sol, único dios y verdad que aceptábamos.

Nuestro primer instante de amor. Una vieja pared. Oscuridad. Mucha. Parecíamos dos chiquilines con su primer juguete. Mis manos entusiasmadas te bajaron los pantalones, recorrieron tus muslos. Nuestros ojos únicamente se veían. Los cinco, seis , siete sentidos estaban en franca comunión. El suelo nos recibió exhaustos. El sol arrojó los rayos y partimos. En la búsqueda pero sabiendo que teníamos todo lo que necesitabamos.

La captura, nos llevaron como criminales. ¡Qué risa !. 

—¿ Récordás al sargento ? 

Nos miraba asombrado y sin saber qué hacer. También. Estábamos con Lee, remeras y llevábamos la muda a cuesta. Vos tu guitarra y yo la flauta. ¡ Qué satisfacciones nos dieron ! ¡ Cuántas comidas pagaron !. 

La entrada de tus padres, genial. Ella llorando, sin mirar a nadie, sin fijarse en nada, te abrazó. Tu padre despeinado, cansado. Callado, me miraba, todavía no sé si con odio o indiferente.

Nuestra salida y la separación momentánea. Días, horas, no sé. No me había acostumbrado a Buenos Aires cuando llamaste. Mi corrida al Mónaco. El encuentro. Sin palabras ni nada. Un hola fue todo. Respeté tu silencio y tu llanto, y luego el monólogo fue tuyo. El silencio siguió a tus palabras y hablamos. Buscamos y encontramos solución como lo habíamos hecho en la ruta y la vía.

El encuentro con tus padres, en un clima tenso. Y expusimos. Le contamos de nuestra vida, de nuestro pensar y el horror se reflejó en sus caras. Y nos fuimos. A caminar. A elegir un departamento. Fue en Libertad. Allí vivimos, amamos, nos divertimos. Y viajamos, mucho.

—¿Te acordás ese día?—, fue un martes, llegaba silbando luego del trabajo, abrir la puerta y llevarme por delante esas palabras. —Voy a tener un hijo—. De todo me acuerdo, las horas, los días, los meses que siguieron. El casamiento íntimo y salir a luchar por él.

El perdón de tus padres que aceptamos como no su oferta de vivienda mejor. Nuestra vida era esa. Éramos la reencarnación de los juglares y trovadores.

Luego el nacimiento de Gabriel y después…

—Señor, vamos a cerrar.

—Está bien, gracias

… tu muerte a causa del parto.

Se agachó y luego de besar la lápida y poner unas flores se retiró.