Despertar

La incertidumbre contraatacó y triunfó en la pulseada. Rara batalla sin vencedores ni vencidos, ni heridos, ni moribundos, ni ganadores exultantes. Parado en la puerta del edificio y erguido sobre un suelo que ya no recuerda cómo es ser silvestre.  Escuchó el sonido de la sangre lanzada desbocada por sus arterias y decidió seguir su consejo: navegar en las canales trazados en las aceras desparejas de baldosas decoloradas, llegar a cada encrucijada y allí con los ojos cerrados dejarse empujar por la brisa, como un velero abúlico sin timón. No fue fácil la contienda.

La rutina lo madrugó como en cada despertar; lo higienizó, lo bañó y lo vistió con el uniforme opaco diario  —casi un mameluco sofisticado—. La rutina le encendió el televisor para ser embestido por la realidad mediada por los locutores. Hasta ese instante todo era normalidad, una simple repetición de acciones interminable y cotidiana.

La siguiente escaramuza tuvo lugar en un espacio impensado: el desayuno, que siempre había sido un santuario de paz. En el momento de calentar el agua para hacer un té rojo, su paladar se humedeció al detener sus ojos en la cafetera casi escondida detrás del acuario. Sus manos se adelantaron para las tostadas de gluten y la mermelada de arándanos pero se desviaron hacia el pan de molde y el queso cremoso. Una sonrisa trastocó su rostro, él no lo pudo percibir pero el ambiente se llenó de una luz titilante. Decidido preparó café y tostadas al horno con queso derretido.

 Mientras esperaba que se hicieran se acercó al televisor que repetía las mismas noticias de ayer y lo apagó. Cambió voces monocordes abundantes de lugares comunes por música, despabilando los sentidos todavía embotados por sueños de aventuras extravagantes. Se sentó en el sillón, no en la mesa de la cocina y el desayuno se consumió, entre sabores y aromas paradisiacos, al ritmo de los instrumentos que ensalzaban el momento.

No limpió ni acomodó, solo salió a la calle y saludó al sol, a los dos jacarandas florecidos de brisas serpenteantes. Y caminó. Después llamaría al trabajo. El campo de batalla tenía dueño: Él.