Capacidad de asombro

La capacidad de asombrarse se tiene desde muy niño. Todos los que hemos estado con algún bebé o niño pequeño vemos el estado natural de este sentido. El asombro provoca lanzarse a descubrir un mundo porque fascina y al tiempo se percibe como algo que no es ajeno. Una vez despertado el asombro, éste se convierte en una necesidad para disfrutar la naturaleza y la propia vida. Carson intuyó que este sentido natural, que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza. Ella sospechó que aquella época que le tocó vivir, cuando se crecía al aire libre, iba a tener los días contados. El tiempo en el que la naturaleza era parte del hogar, los niños jugaban a bañarse en el río, construían cabañas en el árbol o se tumbaban en campos de trigo estaba próximo a acabarse. Es por esto que Carson vio imprescindible cultivar el sentido del asombro.

El mundo de los niños es fresco y nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos. Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza. Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, sin contar con ningún don concedido por las hadas, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos. Para la mayoría de nosotros, el conocimiento de nuestro mundo viene en gran medida a través de la vista, miramos alrededor con tales ojos que no ven que somos parcialmente ciegos. Una manera de abrir tus ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: «¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto?» «¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca otra vez?» Se me ocurrió que si esto pudiera verse sólo una vez en un siglo o incluso una vez en una generación, este cabo estaría atestado de espectadores. Pero como lo podemos ver muchas decenas de noches en cualquier año, las luces arden en las cabañas, y los habitantes probablemente no otorgan ningún pensamiento a la belleza sobre sus cabezas; y porque pueden verlo casi cualquier noche, quizás no lo verán nunca. Una experiencia como ésta, cuando dejas vagar tus pensamientos a través de los espacios solitarios del universo, puede compartirse con un niño incluso si no se conoce el nombre de ninguna estrella. Aun así puedes absorber la belleza, y pensar y asombrarte del significado de lo que ves.

La capacidad de asombrarse se tiene desde muy niño. Todos los que hemos estado con algún bebé o niño pequeño vemos el estado natural de este sentido. El asombro provoca lanzarse a descubrir un mundo porque fascina y al tiempo se percibe como algo que no es ajeno. Una vez despertado el asombro, éste se convierte en una necesidad para disfrutar la naturaleza y la propia vida. Carson intuyó que este sentido natural, que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza. Ella sospechó que aquella época que le tocó vivir, cuando se crecía al aire libre, iba a tener los días contados. El tiempo en el que la naturaleza era parte del hogar, los niños jugaban a bañarse en el río, construían cabañas en el árbol o se tumbaban en campos de trigo estaba próximo a acabarse. Es por esto que Carson vio imprescindible cultivar el sentido del asombro.

El mundo de los niños es fresco y nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos. Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza. Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, sin contar con ningún don concedido por las hadas, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos. Para la mayoría de nosotros, el conocimiento de nuestro mundo viene en gran medida a través de la vista, miramos alrededor con tales ojos que no ven que somos parcialmente ciegos. Una manera de abrir tus ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: «¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto?» «¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca otra vez?» Se me ocurrió que si esto pudiera verse sólo una vez en un siglo o incluso una vez en una generación, este cabo estaría atestado de espectadores. Pero como lo podemos ver muchas decenas de noches en cualquier año, las luces arden en las cabañas, y los habitantes probablemente no otorgan ningún pensamiento a la belleza sobre sus cabezas; y porque pueden verlo casi cualquier noche, quizás no lo verán nunca. Una experiencia como ésta, cuando dejas vagar tus pensamientos a través de los espacios solitarios del universo, puede compartirse con un niño incluso si no se conoce el nombre de ninguna estrella. Aun así puedes absorber la belleza, y pensar y asombrarte del significado de lo que ves.

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