A Galopar

A Galopar, a galopar

Pasó por la puerta de la calesita y el mundo se transformó. Estaba en “su lugar”. Saludó en silencio a sus amigos de madera y se dirigió al avión que siempre volaba pero nunca despegaba. Pasó la mano por su hélice inmóvil mientras decía “hola” en voz muy baja. Pero hoy era el día del caballito que siempre trotaba en círculos sin cansarse. Se subió de un salto y esperó con impaciencia que arrancara. Cerró los ojos. Y ahí iba: a toda velocidad por la arena, subiendo montañas, atravesando llanuras. Solo los dos, desafiando universos ajenos.