Carnaval – Introducción
26/02/1979
Es difícil hoy sentado en una mesa de Maimará relatar el viaje, ordenar los hechos en el tiempo cuando por importancia tienen otro orden tan distinto, así que el relato cambiara por una especie de viñetas vangorianas.
“A los veintiséis días del mes de febrero en el año del Señor de 1979” —cómo rezaran en el futuro algunas crónicas semi fabuladas y semi mistificadas—, comienza el viaje exploratorio personal íntimo a la Quebrada de Humahuaca. La fecha elegida es la celebración del Carnaval; tan especial en esos parajes.
Se trata de una búsqueda personal, de encontrar la brújula y la cartografía definitivas que me fueron asignadas al decidir mi nacimiento. Hoy siguen permaneciendo ocultas, escondidas en angostos desfiladeros de elusivo acceso.
Instinto.
Sumé a mi tripulación de exploración a mi amigo Oscar Simonazzi, más conocido por Cacho. Compañero infaltable de confesiones, guitarreadas, charlas sin sentido, charlas para resolver las deficiencias del mundo. Fue el mayor regalo que me hizo la Municipalidad de Buenos Aires. Él no dudó en confirmar su participación apenas le comenté mi idea.
Y comenzaron los preparativos. Una tediosa lista de tareas que incluyó conseguir prestada una carpa, los elementos básicos e indispensables para acampar y sacar los pasajes en avión hasta Jujuy. Nada intenso ni estructurado Todo lo demás era responsabilidad del destino. Nos abandonamos a un mar desconocido con dos remos cada uno y sin timón ni mapas.
Optamos por esa fecha por la magia y el misterio que encierra el vocablo y las imágenes y fábulas que evoca el solo hecho de pronunciarla. No es el de Río, ni tampoco el de Venecia, se trata de una celebración de integración con la Naturaleza, de renovar, mediante ritos de orígenes perdidos en el fondo insondable de la historia, el compromiso ancestral entre los habitantes y el Universo del que participan. Un ambiente de acuerdo a la búsqueda.
Comienza el viaje.
Llegó el día. En una jornada hábil, con el aeropuerto huérfano de gente, los dos despachando el equipaje ante la mirada sorprendida de los escasos integrantes de la cola: las dos mochilas, la carpa y un bolso. Un vikingo robusto y un sir inglés delgado. Dos horas de viaje hasta el lugar de partida en colectivos —Tuvimos que viajar en dos líneas —, despertando la curiosidad de los pasajeros y los gestos de molestia por el espacio que usurpabamos. El simbolismo se hacía presente con sol rojo emergiendo silencioso del río y las despedidas el día anterior de la vieja enferma y de Sara europeizada potencial (ella se radicaba en España y viajaba en 20 días).
El Carnaval. Primer contacto
Las imágenes guardadas en la memoria danzan como la gente en las calles angostas, casi desprolijas. Danzan en las casas abiertas a conocidos y desconocidos, danzan en los clubs de entrada libre, la ciudad entera es una fiesta. Irrumpen en las calles desde algún sonido enclaustrado entre paredes y serpentean entre las aceras, visitando un cordón y luego el otro. Las comparsas al son de la música silbada por quenas, sikus y alguna zampoña con el ritmo del río, con los sueños y la vida en un par de alpargatas, con el alma en los ojos, la tristeza y la alegría en cada voz que grita. Alguien, mujer u hombre, al frente señalando el camino, conduciendo empuñando una bandera colorida, serpenteando entre el polvo. Detrás tomados del brazo, de a dos mujer y hombre pisando los pies del primero. Después los músicos, tocando sin partitura, la sonrisa abarcando el horizonte, los ojos comiéndose la fiesta.

El descanso es únicamente para convidar chicha y vino, para arrojarse harina a la cara, dulcemente, la mano en el pelo abanicando el cabello, bajando a la cara dejando su marca, y por supuesto dejándose blanquear la piel sin perder la sonrisa ni la mirada.
Y a la noche, y a la mañana y cuando los sueños son realidad, la caja sigue resonando, las quenas lastimeras danzando alegremente y uno no sabe ya si es el mismo de ayer , de hoy y de mañana el sonido que lo despierta y el que lo acuna.
Fiesta grande, fiesta íntima, fiesta en la uno participa porque se lo permiten pero sin entender la intensidad, la devoción. No creo que ni viviendo en Humahuaca muchos años uno logre captar ese espíritu. Porque es fiesta de una raza que se niega a morir. Que tiene su tradición, sus creencias ancestrales y tan ciertas como sus fiestas, su noche y sus miedos.

Acaba de pasar una comparsa, las mismas caras, el mismo ritmo, las mismas palabras. Gritando el nombre de su lugar y poniéndole música a su alegría.
“Soy de Maimará y es lo mejor que puede haber”. Ayer escuchamos “Soy de la juventud alegre que viva nuestra comparsa”.
