31/10/2012 Dioses cotidianos.
Nubes remolonas. Jirones nubosos. Olvidos de brisas nocturnas tardías. Son como manos irreductibles que buscan tapar el sol protegiéndose de sus rayos encandilantes. Son cómo sombras alargadas, muy finas, muy achatadas contra el suelo que dibujan simetrías desiguales en el suelo todavía no pisado.
Son los últimos vestigios del renacimiento diario, de la renovación repetida a través de milenios. Es la luminosidad que avanza sobre las sombras, cómo al concluir el día las sombras avanzarán sobre la luminosidad. El ciclo es previsible, pronosticable al segundo.
Y observando desde el mangrullo solitario situado a la orilla de praderas infinitas de verdes sinuosos, es inevitable reflexionar sobre ciclos, deidades, naturaleza. La interpretación universalizada de los mitos primigenios y los que no lo son. Dioses del día y dioses de la noche, dioses que son del día y de la noche y dioses que no son ni del día ni de la noche. Están comprometidos y son prisioneros de una continua y eterna lucha sin vencedores ni vencidos. Perduran ajenos tanto al paso del tiempo como a la competencia por tronos inventados por humanos. Y no son omnipotentes, tienen sobre ellos normas, algunas convertidas en leyes absolutas, que le demarcan su territorio y las acciones que pueden ejecutar y cuáles con los límites establecidos. De su cumplimiento depende el equilibrio del Universo de la Naturaleza, de las civilizaciones y las culturas.
Hoy son casi burócratas que no encuentran su lugar. Hoy ya no caminan entre los hombres ni se inmiscuyen en sus historias,perdieron esa capacidad, aunque a veces la extrañan y añoran esas intervenciones oportunas y ejemplificadoras. Sentados en cómodos sillones excavados en montañas inaccesibles, con almohadones de nubes transparentes se abandonan al placer del descanso permanente —ya completaron su función en un tiempo indeterminado y no tienen asignadas más tareas obligatorias—. Ahora disfrutan de la brisa que los mima y de la ambrosía que nunca se acaba, se divierten observando las historias que inventan sobre ellos y apuestan a cuál es la más acertada y cuál es la más absurda. Se divierten cuando descubren alguna circunstancia nueva, imprevista. Porque, a pesar de todo, los mitos se renuevan, se pierden los nombres, las identificaciones, las moradas. Pero la necesidad humana de fundirse, de integrarse con los ciclos diarios, mensuales, estacionales es permanente. Aún sin saberlo.
Entonces los ritos toman nuevos ritmos, nuevos colores, nuevos altares. Transeúntes con el rostro iluminado buscan con la mirada atenta las señales de la renovación cotidiana. Circulan a paso apresurado por avenidas pobladas por coches que llevan una velocidad más rápida que la normal y sus pasos se dejan influenciar por ellos. Caminan por el centro de las veredas que en pocos minutos serán torrentes bulliciosos de calzados indisciplinados.
Otros peatones, residuos de la oscuridad caminan por calles lentas, de sombras retardadas y silenciosas que son acompañados por coches asmáticos de contaminación diurna. Esos pasajeros ciudadanos se reconocen por su andar pausado, por su mirada de ojos enrojecidos y transmiten la soledad del que perdió su camino. Miran con ojos melancólicos los rastros de la oscuridad en sombras fieles. Observan los detalles buscando señales desapercibidas para todos excepto para los elegidos. Analizan los detalles tratando de descubrir el signo que los acompañará durante la duración del día y que se transformará en una epifanía circunstancial de vigencia hasta la noche.
Es el mismo ritual que acompaña a la humanidad desde que se despertaba en la copa de los árboles de las sabanas africanas o se asomaba temeroso a la entrada de la caverna protectora. Es el mismo ritual adoptado durante milenios y que el poder de la abstracción transformó en explicaciones adecuadas sobre el funcionamiento del universo conocido originando mitos y leyendas.
Son las mismas conductas de civilizaciones rurales y urbanas. Es el mito de Sísifo, es remontar la pendiente todos los días arrastrando la piedra dócil. Es inventar la rueda a diario. Es hacer caso omiso a la flecha del tiempo. Es sepultar el progreso lineal moderno.
Mientras tanto los caminantes ambulantes siguen alternando pasos con silencios o pasos con sinfonías singulares. Continúan dejando su senda marcada en aceras y pavimentos, en recorridos erráticos para arribar al punto determinado. Prosiguen dibujando adornos invisibles en las paredes verticales que solo serán apreciados en su totalidad por el autor; son cuadros jaspeados en la arena con palos invisibles y que la marea desdibujará indeferente a la belleza.
Los habitantes, los diurnos y los nocturnos, las alondras y las lechuzas, —desde el fondo de la historia— se cruzan en senderos que se bifurcan, en encrucijadas que tienden a infinito. Y se ignoran con curiosidad ingenua.