31/07/2013 Promesa de lluvia

31/07/2013 Promesa de lluvia

Julio llega a su fin, los escasos sobrevivientes almanaques de papel que cuelgan indolentes y ninguneados en paredes de carnicerías, almacenes, gomerías o museos extravagantes dejarán que les arranquen la hoja correspondiente al mes. En esa página desconocida de este cuasi fósil refugiado en el olvido se señala con exactitud que es miércoles, que el sol saldrá a las 8:05, se ocultará a las 18:41, que habrá 10 horas y 36 minutos de luz diurna y que en el santoral se recuerda a San Ignacio de Loyola —sacerdote español fundador de la Compañía de Jesús—. En esta época bañada por la tecnología digital, estos instrumentos dedicados a recordatorios y depositarios  de datos sin relevancia cotidiana —por lo general curiosidades simpáticas— dejaron de ser consultados, abandonaron sus aires proféticos anuales fuente de alertas para olvidadizos. Se perdieron las notas escritas a mano que sobre el cuadriculado señalaban cumpleaños, aniversarios que debían ser respetados y celebrados, obligaciones que debían ser honradas.

Hay otros datos contingentes que no figuran en ellos pero se deducen de esa información, por ejemplo que el agua caída en la ciudad fue nula en todo el mes. Que durante ese periodo no hubo lluvias para expulsar el polvo de la atmósfera, para amortiguar la contaminación ambiental, para formar charcos traviesos donde los niños juegan a salpicarse o provocar correntadas en las cuales barquitos de papel luchan a brazo partido para no naufragar y llegar a puertos indescifrables. 

Durante varios días el agua amagó con darse una vuelta por la ciudad, pero los dioses de la lluvia —y eso que son multitud ya que cada cultura tiene el propio— se contagiaron e indolentes y vencidos por la rutina de épocas de sequía se dedicaron a regalonearse con historias de tinte heroico de las que fueron protagonistas. Algunos dioses participaron de reality shows en los que desgranaban anécdotas ocurridas durante borrascas o lloviznas sorpresivas concursando para determinar cuál era más graciosa. Otros dioses, más discretos, le dictaron a secretarias indecisas y aburridas hechos que alimentan su biografía, capítulos extensos que testimonian la importancia de su inevitable existencia para mantener el equilibrio ecológico.

En tanto los fieles seguidores de esos dioses menores, custodios de la fe y observadores disciplinados de los ritos heredados por generaciones sumisas, recurrieron a todo su arsenal para congraciarse con ellos y derrotar la apatía generalizada. Los chéroquis ataviados con largas cabelleras de plumas danzaron frenéticamente a las orillas de arroyos suplicantes de agua: ellos esperaban las precipitaciones después de largos periodos de ausencia para limpiar la tierra de espíritus malignos, en la creencia siempre renovada de que la lluvia provocada por el ritual contiene los espíritus de antiguos jefes tribales y  al caer se enfrentan a los espíritus malignos en el plano intermedio entre la realidad y el mundo espiritual. Este principio cósmico se extiende por una infinidad de culturas. Los egipcios no necesitaron rituales de lluvia, ya que para ellos ésta representaba imperfectamente al Nilo y había sido creada por los dioses para proporcionar agua a los países extranjeros, que no disponían del Nilo terrestre.

Larga enumeración que proyecta como un prisma mágico múltiples exteriorizaciones para un mismo deseo: la llegada de la lluvia que pase al recuerdo sequías, que prepare la tierra para futuras siembras y cosechas y permita su almacenamiento para usos posteriores, que barra con impurezas que flotan imprudentemente en la atmósfera, que expulsen a espíritus malignos, fantasmas y espectros indeseables, que restablezcan la armonía cósmica.

Hoy es 31 de julio, el calendario vigente nos recuerda que ya se consumió más de la mitad del año 2013 y que el invierno malgastó casi la mitad de su periodo reinante. Densas nubes opacan el amanecer, ocultan la salida del sol. Nubes solidarias que como hechiceros avezados protegen la salud mental de los habitantes promoviendo la esperanza de lluvia. Los rostros de los escasos transeúntes se suavizan con la posibilidad del cambio atmosférico. Los pasos se alargan. Las miradas se extravían respirando humedad. Pero, conociendo las triquiñuelas del invierno no portan paraguas ni se colocan prendas para protegerse de las gotas deseadas.