30/07/2013 Elogio de la rutina

30/07/2013 Elogio de la rutina

Es muy complicado armar una rutina en este invierno tan (des)rutinario. El despertar en un día cualquiera —cómo el de hoy— comienza con la incertidumbre de vestirse apropiadamente. El primer paso a dar es conocer la temperatura fuera de la protección del hogar. Esos instantes perezosos dónde  la mente se despabila cuando quisiera seguir en letargo y abrigada y se encuentra sometida a escuchar emisoras de radio y canales de televisión locales para determinar el nivel de frío en el exterior. 

O recurrir a otros métodos más pragmáticos: extender los brazos por ventanas entreabiertas, observar el comportamiento de mascotas o fijarse en el punto de congelamiento del agua en potes abandonados sin protección en balcones o jardines. 

Otras personas, más fantasiosas, descifran sueños herméticos tejidos durante la noche contagiados por la temperatura del aire que deben atravesar para capturar anécdotas olvidadas. Otras son más tecnológicas e instalaron termómetros con el sensor al exterior y el visor al lado de la cama para tener la información exacta sin molestarse. 

También existen los místicos, quienes antes de salir de la cama adoptan la posición zazen, o un asana contemplativo o se abandonan a sonidos om; en cada intervalo de respiración penetran en universos paralelos, en los cuales transitan voces amortiguadas de hechiceros, augures, brujas y sabios de conocimientos ocultos a la mayoría de lo mortales. Y dejan que las sensaciones desperdigadas materialicen rastros sobre el clima actual. 

Los restantes recurren a los chismosos madrugadores, dejan que los memes ciudadanos que flotan en aceras desprotegidas se aposten en sus cerebros somnolientos y les transmitan los datos.

De una manera u otra, por los caminos que se adapten a sus creencias, miedos o conveniencias, se resuelve el primer escollo del día: cómo prepararse para el instante de abrir la puerta y arrojarse al torrente de la mañana. Queda el discernir con los pocos datos disponibles el estado del tiempo al mediodía o la tarde. Se recurren a extrapolaciones, malos recuerdos, opiniones confrontadas. Y de ese cóctel heterogéneo surge la combinación de prendas a elegir. Sufrir frío en el amanecer o sufrir el calor a medida que el día avance.

Y el cerebro se rebela. Demasiada actividad para un momento del día tan especial como es el renacer cotidiano. E intentar adaptarse desde un estado placentero como es navegar sin restricciones por el mundo de los sueños a otro estado externo totalmente  indescifrable. El cerebro se agota de generar especulaciones con muy pocos datos, de realizar cálculos considerando más variables de las que puede administrar a esta hora. Extenuado por el esfuerzo decide optar por la ropa que se encuentra a mano, la que opone menos resistencia a abandonar placares y roperos, aquellas que se ofrecen sin intereses particulares, sin solicitar recompensas. Y esta gimnasia desacostumbrada se sucede diariamente en este invierno. Imposible repetir acciones y conductas que se transformen en rutinas y puedan etiquetarse bautizando al invierno del año 2013.

El cerebro necesita tiempo para absorber energía y abalanzarse sobre la vida. Los primeros minutos deben ser de repetir tareas de manera automática, sin necesidad de recurrir al razonamiento, a la actividad neuronal, a descubrir, a investigar. Estas rutinas son necesarias. Son el mecanismo de protección que minimiza imprevistos y elude tomar decisiones. Permiten ahorrar tiempo pero provocan que el cerebro consuma más energía de la que tiene y que se acumuló durante la actividad nocturna. Además — las rutinas—  tienen la virtud de dar respuestas inmediatas y probadas con éxitos a los contratiempos que se presentan repetidamente. Son soluciones conocidas y aplicadas sin hesitar, sin dudar.

Y este invierno tan proclive a desbarrancarse en la incertidumbre sabotea todos estos conceptos. Y los transeúntes llevan en sus rostros las marcas del imprevisto, de la sorpresa. Denotan cansancio antes de comenzar. Y en contra de las costumbres los primeros minutos en cada trabajo son de adaptación al medio y de descanso madrugador. La reflexión irrumpe junto con la taza de café al inicio de la jornada, no a media mañana. Los ritmos se abandonan ciclos periódicos y frecuencias conocidas. Abandonan sinusoides y se refugian en quebradas.