29/10/2012 Lunes gris.

29/10/2012 Lunes gris.

Claridad pareja, uniforme sin matices. Es la que generan los tubos fluorescentes ubicados en cocinas, baños y pasadizos sin principio ni fin. Esa claridad que parece brotar de paredes de color ceniza sin adornos ni tatuajes visibles. Sin relámpagos de tinta amarillenta tirando a blanco que las cruce de sur a norte. Sin carteles indicadores que señalen el sentido del recorrido y la ubicación de la puerta de emergencia. Sin marcas de pisadas que compartan con los desconocidos que estás superpuesto con el sendero ancestral recorrido por dragones moribundos rumbo a su destino final. 

Es una claridad inconfundible que irrumpe desde nubes a las cuales es imposible adivinarles la altura ni el recorrido. Nubes que se encastran armando un techo abovedado de ladrillos grises que desparraman luz difusa a través de un plano inclinado orientado hacia el horizonte adivinado tras edificios indolentes, estáticos , inmóviles. Un paisaje expectante frente a la probabilidad inmediata de un aguacero.

Y desde el cordón de la vereda —compite por ser aún más gris que la atmósfera — es imposible no reflexionar baratamente en el nacimiento de una mañana de un día lunes que anuncia una semana laboral intrascendente.

Los autos se dejan llevar por las arterias asfálticas de un cuerpo urbano que se despereza, tienen mayoritariamente color amarillo y negro o verde. Los otros colores descansan de un fin de semana agobiante en cocheras protectoras. Los coches que desafían a la velocidad hoy se muestran lentos —ellos eligen cuando tienen la oportunidad las trayectorias rectilíneas y curvas acompasadas de radio amplio más convenientes—. Sin prisa, buscando pasar desapercibidos, los automóviles tratan de no despertar al monstruo con cara de ventanas iluminadas por focos tenues, ventanas abiertas buscando aire fresco en el agobiante clima que lo circunda, esos monstruos mecánicos de patas afiladas listas a comenzar a rasgar tiras de pavimentos, tienen la garganta adaptada para emitir ruidos ensordecedores que aturden a los oídos indefensos e ingenuos.

Los vehículos danzando carnavalitos tratan de aminorar el tránsito vertiginoso de una ciudad excesivamente temerosa de lluvias y tormentas. Precavida, desconfiada de ser superada por calles transformadas en  torrentes de agua desbocada. De una ciudad que murmulla a escondidas su espanto acorralado de ver a tormentas descontroladas dueñas de su reino.

Hay pocos transeúntes a esta hora. Pocos de ellos se animan a perseguir senderos labrados en las piedras del suelo tapado y ahogado por la ciudad cuatro veces centenaria. O internarse en la incertidumbre de los vericuetos trazados por pies milenarios de dioses olvidados en épocas donde todo era caos y estaba todo por nacer.

Y hay sonidos de olas vehiculares que anuncian que un semáforo se puso verde de alegría. Y hay sonidos que delatan el cese de la carrera sin competencia, de una caravana de transporte hacia una meta ignota que indican que el semáforo se puso rojo de ira ante tanta pasividad. Son olas negligentes de espuma de techos vehiculares de colores unos igual a otros, hoy bañados por una tenue capa de gris anodino.

El frente de las nubes se resquebraja. Cómo un ejército sin líderes. Cómo una manada sin guía. Audaces nubarrones inauguran una pista de carrera ubicada abajo del techo abovedado. Raudamente se dirigen de norte a sur, o de este a oeste. La rosa de los vientos se imagina flotando a la deriva. Con timoneles expertos en conducir nubes entre vientos inquietos están atentos a las variaciones de presión esquivando obstáculos olvidados por el calor de los días anteriores. Buscando atentamente  —cómo los bombarderos de la segunda guerra europea —el espacio ideal para descargar sus gotas saturadas.

La mañana se insertó en el amanecer provocando un quiebre en las conductas de un lunes tan igual a los anteriores y tan diferentes de los venideros.