Si… hoy es diferente. El cielo nuevamente partido en dos, con nubes que avanzan a velocidad reducida por neblinas. Manchas oscuras en el centro hasta llegar a la mitad del ventanal. Naranja fuerte, manchado en el límite con los grises oscuros que se resbalan desde el centro, siguiendo la pendiente suave hacia el horizonte y oscureciéndose cuando se posa sobre él. Reflejos anunciatorios del carro de apolo que ha salido de su cochera del Olimpo a cazar doncellas incautas que todavía caminan por senderos de hojarasca gris, humedecidas por el rocío. Sale a perseguir brujitas de ojitos traviesos que vagan sin brújula montadas en escobas maltrechas de tanto recorrer caminos etéreos.
Debieras ver, y compartir: el naranja de las nubes se transforma en rosa en el borde de una ciudad ausente de emociones relacionadas con el amanecer. Y avanza con un pálido color cada vez más contaminado de hollín que se desprende de los techos de los edificios remontando hasta nubes de color amanecido. Todas se han vestido del mismo color y danzan como el vinagre sobre el aceite calmo.
Ya las nubes son cremitas. La sinfonía llega a su fin. El director se apresta a mostrar los últimos movimientos pastorales que culminarán con los bronces brillantes de rayos inclementes arrojados por el sol. Pero hay un scherzo. Un último espacio de minutos de calma antes de precipitarse al final. Surge el celeste entre nubes dispersas. Ya son grises sin hacerse eco del espectro solar. Ya son amarillos fuertes en el punto de fuga del horizonte maltrecho de sombras que se elevan del suelo.
La ciudad responde con movimiento, con ruidos escasos y estridentes, haciendo valer su prepotencia. Logra que el silencio se refugie dentro de cada uno de nosotros, —espectadores maravillados de la renovación del ciclo diario—.
En pocos minutos mi oficina me castigará con saña de revancha por dar a conocer los secretos tan herméticamente escondidos. Las palabras —Brotan desde un punto sin ubicación y en unos segundos rebotarán contra mi escritorio y se estrellarán en mi estomago. Risas hirientes proclamaran alegrías ficticias de compartir historias mínimas que se repiten día a día, semana a semana, mes a mes.Anécdotas, observaciones, creaciones que son iguales a las de ayer y a las de antes de ayer. Descripciones de comarcas y personajes despechados por ser desalojados sin miramientos. Tratan de diferenciarse del barro cotidiano.
Después del amanecer, con el sol obligando a bajar las persianas blancas —no de inocencia —, nos transformamos en símil de autómatas que reiteran su rutina costumbrista de gestos desgastados por el uso, hábitos enmohecidos por nubes náufragas, palabras deshilachadas por los mismas charlas mientras el desayuno se agota..
Por eso este ritual cotidiano.
Con nubes muy amarillas, cada vez más amarillas.