Viernes. No solo eso sino también 28 de diciembre, el día tradicional para realizar bromas. Es una de las celebraciones en las cuales su significado se pierde en la memoria y la consciencia colectiva, y no es exclusivo de una región, entorno social o grupos étnicos. Se recuerda la matanza de los niños menores de dos años de edad con el propósito manifiesto del rey Herodes de deshacerse de Jesús recién nacido. Para dotar de misterio al hecho, no hay evidencias históricas de que haya ocurrido realmente y hasta se pone en duda la fecha en que sucedió, como todas aquellas que tienen su origen en la fe y en la celebración de ritos.
Sin embargo, la Edad Media se encargó de integrar este rito con otro más pagano conocido como la «Fiesta de los locos», celebrado en los días comprendidos entre Navidad y Año Nuevo. Las mismas se caracterizaban por ser bastantes escandalosas. Continuando con su práctica de adaptarse a las costumbres arraigadas en las diferentes culturas, la iglesia le cambió el significado imponiéndole «día de los Santos Inocentes».
Llega a nuestros días como una jornada en las cuales se realizan bromas a desprevenidos tratando de sorprenderlos en su distracción o buena fe. En especial los medios de comunicación que directamente inventan noticias falsas. Se trata de anunciar buenas nuevas que están en el colectivo ciudadano pero que son imposibles que se conviertan en realidad.
Recorriendo ejemplos encontré: cambiar azúcar por sal, mover las agujas del reloj para que indique horas falsas, colgar muñecos o tiras de papel con leyendas en las espaldas, colocar un palillo trabando el timbre y dejar que suene ininterrumpidamente. Se nota que son bromas ingenuas y sin intención de provocar daños a los destinatarios.
Pero la que recibió la broma bien temprano fue nuestra ciudad. Ocurrió mientras cavilaba en un amanecer sereno, coronada por una luna llena brillante que la puso nostálgica durante la noche. Por una luna que realizó su recorrido tradicional abarcando completamente los costados de su senda. Que pintó de palidez a muros, cañadas y árboles azorados. Con una claridad que confundió a fantasmas ligeros que se aprestaban a realizar sus bromas cotidianas. Que confundió a los habitantes de la noche sorprendiéndolos y logrando que se lanzaran fuera de toda protección para observarla. Logró un dejo de melancolía, un estar pasivo, casi reflexivo. Hasta el sol demoró su aparición diaria ampliando el reinado tan fulgurante.
Y en ese estado catatónico pero disfrutado con silencios, se movió el lecho rocoso de la ciudad, fue sacudida desde el borde de las sábanas extendidas bajo su superficie de forma suave pero firme. Y sobresaltada estuvo a punto de saltar y agregar más confusión. Desacostumbrada en los últimos tiempos a estas sorpresas, reaccionó con estupor y con una sonrisa pícara recordó la fecha.
Pensó en un dragón inquieto tironeando de las sábanas, luego en la serpiente dormida que se encuentra bajo el cauce del suquía, y sucesivamente y siempre asociando a bromas inocentes, a enanos que hastiados de su trabajo en las minas oscuras de carbón, se rebelaban con el humor hosco que los caracteriza, a grifos aburridos de recorrer murallas inexistentes que deben custodiar obligatoriamente y que rescatando tradiciones de sus ancestros patearon con furia la tierra descuidada, a faunos y ninfas que saturados de bacanales ininterrumpidas empujaban mientras estallaban en carcajadas desde cada costado del lecho.
Y sin embargo la realidad fue otra. Era la tierra la que reclamaba su lugar. Cómo un chiquillo desplazado de la atención por el nacimiento de su hermano menor, tuvo su berrinche. Celosa de festejos de resurrección, de (re)comienzos de ciclos anuales, de fiestas frívolas con estruendos y colores nocturnos, se propuso recordarles a todos que ella también existe. Y que excepto pequeñas tribus diseminadas sobre su piel, nadie festejaba con ella. Es más en su interior se sintió olvidada, discriminada.
Así que histericó. Pateó suave pero decidida a fallas imperceptibles, reacomodó piedras sueltas y desordenadas que la molestaban. Traviesa, le prodigó cosquillas a las ciudades que encontró dormidas o en vigilia. Y segura de no haber causado daños, se quedó inmóvil disfrutando de su diablura amanecida.
Y la ciudad reaccionó. Se abrieron ventanas, se cerraron closets, oscilaron lámparas de techo, rechinaron escaleras, golpearon marcos de madera contra vidrios transparentes, bailaron copas de árboles y se entremezclaron ramas. Los habitantes, dormidos confundieron sus sueños y se despabilaron trocándolos por estupor y desconcierto, despiertos se sorprendieron por ser víctimas de mareos producto de festejos anteriores. Los transeúntes detuvieron su marcha y observaron cordones ilesos, vehículos saltaron obstáculos que querían atraparlos moviendo sus neumáticos.
De la seguridad de los rituales de principios de día a la incertidumbre del movimiento espasmódico. Pocos segundos, pero lo suficiente para un cóctel no esperado ni previsto. La pregunta de la mayoría era si no era demasiado para una broma del día de los inocentes,
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…la realidad sobre el origen del Día de los Inocentes…
Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que el Día de los Inocentes no es el único día del año en el que está bien visto hacer el tonto. A lo largo del año, hay varios días que podríamos meter en las denominadas Fiestas de los locos. Las más conocidas por todos, serían los carnavales. El Día de los Inocentes es heredero de una de estas Fiestas de los locos, que se celebraban en la Edad Media en buena parte de Europa y que, en algunos lugares, eran llamadas Fiestas del Obispillo, Día del Obispo Niño o Día de Todos los Locos.
Saturnales y Fiestas de los locos, dos caras de una moneda
Estas Fiestas de los locos, enmarcadas en la línea de los carnavales y otras fiestas relacionadas con las cosechas y realizadas principalmente en invierno (hemisferio norte), son fiestas con un origen muy antiguo, herederas de las antiguas saturnales romanas. Fiestas de origen pagano que se extendieron por buena parte de Europa occidental, con pequeñas diferencias sobre las actividades o las fechas y que han acabado dando lugar al Día de los Inocentes.
Las saturnales se celebraban en enero, con fiestas, banquetes e intercambio de regalos. Lo que hoy se hace durante las fiestas navideñas, ni más ni menos. Pero además, en las saturnales se producían cierta relajación social, con inversiones de roles y actividades fuera de lo común. Se trataba de «locuras» varias, que, en este caso, sí que tienen algo más que ver con nuestras Fiestas de los locos y su evolución, el Día de los Inocentes. Aquellas antiguas fiestas paganas sobrevivieron a lo largo de toda la Edad Media y además, se mezclaron con los ritos cristianos.
La Fiesta de los locos
En general, todas las fiestas de este tipo que podemos relacionar con el Día de los Inocentes son similares, aunque hay diferencias, por ejemplo con las fechas en las que se realizaban.
Principalmente, se realizaban en las catedrales, aunque también se extendieron a las iglesias de los pueblos. Solían consistir en la elección de uno de los aprendices de la catedral, del coro o estudiantes de clérigos, y su nombramiento como obispo. Se le vestía con las ropas de éste y daba un sermón disparatado, burlándose de los fieles. Incluso gastando bromas, como la quema de plantas malolientes en el incensario. Cantaban y bebían en la iglesia, con las ropas puestas del revés y los misales bocabajo. El resto del clero le hacía las reverencias oportunas, como si del obispo se tratara, bajo pena de ser castigados con la exclusión temporal del grupo. Después, el obispo falso encabezaba una procesión y se recogían limosnas que servían para un banquete final.