28/09/2012 Descanso en su recorrido.
Cotidianamente los habitantes noctámbulos de la ciudad se guarecen del sol antes que mis pasos se dirijan a mi trono cotidiano. Ya no hay en el aire estelas residuales de escobas de brujas, ni trozos de sombreros de picos negros de románticos trasnochados, ni huellas mojadas dejadas al descuido de grifos desorientados, ni perlas rodantes deslizándose por tortuosas vías imperceptibles y que sirenas terrestres olvidaron en su huida.
El sol hace sonar la alarma que anuncia el traspaso de la noche al día. Y en las penumbras que se retiran se cruzan ignorándose los paladines de ambos territorios.
Pero hoy algunas nubes audaces soberbia modificaron levemente la rutina. Con gotas espesas recogidas en mares custodiados por magos, ubicados muy al norte, tejieron una malla compacta que pintarrajearon de grises y blancos sucios. Y amortiguaron el sonido del despertador solar. Lo retrasaron permitiendo que el amanecer se disfrazara de crepúsculo aletargado. Que el ritmo de circulación circular sea ralentizado, que la ascensión del sol reciba ráfagas de viento en su superficie y deba gastar más energías en subir.
Y ahora, después de un gran esfuerzo, el sol se asoma tímidamente sobre las nubes, ratificando su presencia con rayos de luz debilitados. Y los edificios le devuelven colores sin intensidad, colores de ritmos pausados, acompañados de cantos gregorianos que reverberan contra una atmósfera húmeda de llantos.
Y los autos que se preparaban para recorridos amarretes de distancia y pródigos de velocidad, mutaron a recorridos amarretes de distancia y amarretes de velocidad. Reflejaron con obstinación el comportamiento de un sol anciano y resignado ante las nubes díscolas. Harto de su lucha solitaria, se tomó un descanso entre paisajes lunares suspendidos sobre las nubes. El sol cansado de tanto escollo se refugió en una hondonada de tiempo, cerró los ojos y permitió por unos instantes que el tiempo lo ignore.
Pero el bullicio callejero de autos implacables, de roces de neumáticos contra el pavimento cada vez más airados, lo hizo temblar de sorpresa. Y sin permitirse una reflexión, sin detenerse a observar la singularidad de este momento, se arrojó al círculo perfecto de su obligación, acelerando su recorrido. Recuperado de su debilidad. Retomando su papel protagónico.
Y los noctámbulos que disfrutaban de ese tiempo regalado por debilidad, se zambulleron en sus moradas diurnas. Y los moradores de la claridad se abalanzaron a ocupar su lugar en calles, plazas, desiertos y mares.
Hoy el sol se tomó un descanso infinitesimal.