Ventanas que se abren al amanecer. Aire pesado, aire encerrado durante todo el fin de semana, un aire expuesto a temperaturas que trinaban y que se transmitían a través de vidrios muy transparentes, muy indefensos. Abrir la puerta y traspasar el marco es como introducirse en un baño turco que funciona a desgano. El golpe súbito de una atmósfera enmohecida, cultivada todo fin de semana sin posibilidad de recambio, olvidada de ráfagas, carentes de movimiento. Y no se nota la diferencia entre exterior e interior. Apenas más ruido que llega desde la avenida. El aire continúa estático, sin decidirse a ingresar o salir, a mezclarse o permanecer. Húmedo, aplastante provoca que gotas de sudor pinten rayas verticales en camisas claras.
Porque no hay diferencias con el clima imperante en la calle. Durante los días anteriores solo pequeñas brisas se animaron a empujar a la masa de aire estacionada sobre la ciudad. Y no pudieron desplazarla ni un centímetro. Solamente la ilusión alimentada por la esperanza dibujó sonrisas fugaces en rostros arrastrados por el ahogo que se reitera una y otra vez. Y que se incrementa suavemente.
El sol salió con fuerza, con el ánimo templado. Con la decisión de imponerse como si estuviese en julio y el clima fuera otro. Resuelto a luchar a brazo partido contra el frío, dispuesto a triunfar sin misericordia. Y al elevarse y pintar las pocas nubes de oropel girando al ocre, se percató de su distracción que lo condujo al error. Y vergonzoso se escondió tras grises nubosos. Se fue convirtiendo en una bola brillante que abarcaba buena parte del cielo en una esfera disminuida que se instalaba en el cielo.
Y la ciudad se despereza a su temperatura. Hay un nuevo grupo de habitantes. A los diurnos y nocturnos se le agregaron aquellos que no se acuestan hasta el alba y esperan refugiados en la escasa frescura de la noche. Que se entretienen en grupos casi bullicios con conversaciones animadas donde se mezclan fútbol, curiosidades, anécdotas fabuladas, fantasías dibujadas con toques narcisistas del narrador. Están sentados en esquinas de poco tránsito, bajo el paraguas protector de luces amarillas que comienzan a apagarse. Tapándose los ojos del ataque solar. Desgajaron palabras de ecos curiosos que rebotaron contra las paredes de piedra de La Cañada. Lanzaron risas que se esfumaron entre copas vagabundas que reflejaban sombras sobre aceras desiertas.
Botellas vacías dan testimonio de la sed que debieron aplacar tras largas horas de acompañamiento. En cada una guardaron mensajes de desesperanzada soledad y repitieron ruegos llegados desde la fundación de la primera ciudad. Se entremezclaron anuncios en que declaraban su soledad asumida, proclamas victoriosas sobre enemigos comunes, bandos en los que exaltaban cualidades improbables. Algunos eran ruegos desesperados buscando una balsa en un naufragio emocional.
Y en la dispersión improlija, se iban encontrando. Muchas veces no era la combinación perfecta, pero se complementaban, se ayudaban. Palabras de consuelo para quien las necesitaba, palabras de aliento para otros que las precisaban. Discursos fatuos que ansiaban ser recibidos y otros que competían en fanfarronerías incomprobables. Pero todos reían, todos aceptaban ese juego de ser y de pertenecer a un tiempo que debe ser eludido, atravesado lo más rápido posible, olvidado cuando todavía era presente. Y ahora con el sol amenazando con volver al suplicio, se empecinan en disfrazar a las habitaciones de grutas hospitalarias y echarse de golpe sobre sueños a ser soñados.
Los habitantes nocturnos los miraban con curiosidad. Eran un motivo extra que diferenciaba sus noches rutinarias. Por unos instantes abandonaron su inventario de fantasmas encontrados durante su periplo. Abandonaron sus bitácoras en las cuales especifican con signos ocultos puertas y grietas olvidadas que comunican con otros mundos de fantasía y cuyas llaves esconden en raíces trenzadas y ladrillos descolocados.
Ellos también se sentaron discretamente en los bordes de la muralla trazada sobre aguas mansas. Simulando cansancio, observaron detalladamente rostros y gestos. Trataron de identificar sonidos que les aclarara sobre que hablaban, se deslizaron en las cercanías tratando de interpretar historias inéditas. Demoraron su retiro. Caras que reflejaban cansancio se encendieron y se volvieron a despertar. Pero las diferencias son insalvables. No hay posibilidad de intercambio, solo de estudios curiosos. Será otro tema que debatirán en mesas alargadas de tallos inmemoriales, entre pócimas refrescantes servidas en vasos mitológicos.
Y la prisa, como en los últimos días, dominando el tránsito. Todos deseando arribar a los refugios lo más rápido posible. A pesar de gruesa nubes negras que cubren al sol impidiendo descargar su castigo cotidiano. A pesar de la brisa que silba una canción liberadora en el medio del amanecer.