La lluvia de ayer y el sol de hoy. A partir de este equipo trabajando en coordinación la ciudad decidió de qué manera amanecerá hoy. Los chamanes ciudadanos se tomaron descanso. Reponen energía, piensan y anticipan el clima de los próximos días que prometen ser abundantes en calor y humedad. Se dedican a su hobby preferido, a la actividad que más los complace: la de armonizar fuerzas a las naturales, la de encontrar nuevos caminos en la selva amontonada de edificios, aceras y calles, la de inventariar heridas urbanas desconocidas y encontrarles remedios, ungüentos mágicos, terapias innovadoras. Prefieren recluirse en sus gabinetes de reflexión y abocarse al estudio de viejos conocimientos olvidados en el tiempo. Son felices al recuperar sortilegios enhebrados en otras épocas para problemas similares, al combinar palabras misteriosas que invocan a fuerzas adormiladas por su decadencia y su falta de uso.
El objetivo de los chamanes es prepararse, es estar alerta, es velar por la salud urbana. Es saber que el espíritu del amanecer bañará las orillas del día durante su duración. Es preparar las condiciones para el humor diario. Es interpretar las sensaciones de la parte de la ciudad que entra en reposo para poder traducir su continuidad a la parte que entra en actividad.
Y hoy los colores dominan. La lluvia se precipitó en forma de chaparrones aislados. En ráfagas de olas intensas, sembrando de arroyos a barrios privilegiados y de torrentes impetuosos a los más distraídos. Arrojó agua desde nubes traviesas que se reían haciendo tronar en choques infantiles y mostrando muecas de alegría con relámpagos brillantes quebrados en mil formas lineales. Y esas gotas que se desplomaron con furia sobre paredes y azoteas, arrastraron en su caída hollín, suciedad colgada de partículas de polvo, tizne que enmascaraba a ladrillos inertes. Formaron saltos de agua sobre aceras y cordones que desembocaban en calles, y estos a su vez en avenidas hasta llegar a la Cañada o al Suquía. Agua espesa de colores grises. Agua pesada de partículas de tierra arrancadas a martillazos acuáticos.
Y las paredes orgullosas y vanidosas se mostraron al amanecer. Mientras sentían los rayos del sol que las acariciaban demostraban su desnudez cantando orgullosas viejas canciones festivas de cortejos y enamoramientos presurosos. Lucían ventanales pintarrajeados coquetamente. Mostraban su cabellera colorida en terrazas hambrientas de sol. Exhibían vanidosas sin pudor ladrillos brillantes, revoques plenos de colores, superficies sin manchas rebosantes de luminosidad.
Algunas tiritaban de frío al mostrarse despojadas de todo aditamento, sin esa capa protectora, esa película delgada tejida con hollín, polvo remanente traído por vientos juguetones y partículas de tierra pegadas por brisas recurrentes. Provocativas ostentaban altivas su falta de decoro, arrojaban a los transeúntes lo más parecido a su estado originario que podían lograr.
Y los habitantes de la noche que recorrían sus caminos habituales para ir por su regeneración de energía cotidiana quedaban embelesados por la sinfonía de colores que les obsequiaba el fin de su rutina. Y los que comenzaban a tejer su historia cotidiana quedaban enceguecidos por la luminosidad que los rayos del sol ponían a descubierto. Un concierto exuberante de colores, sonidos y formas descendía de orquestas colgadas de nubes sin gotas de agua, estacionadas en el aire haciendo equilibrio entre el cielo y la ciudad.
Las caras, las expresiones de uno y otro —los que se retiraban de la escena y los que los reemplazaban— se entremezclaban traduciendo emociones de asombro y sosiego. Era imposible diferenciar quienes iban y quienes volvían. Quienes finalizaban su trajinar arrastrando cansancio y quienes comenzaban su actividad con sus fuerzas intactas.
Hoy la luminosidad e intensidad de los colores difumó las fronteras trazadas. Hoy el aire se esparció suavemente como la superficie de un lago sin viento. Hoy brisas húmedas trasladaban fresco reparador por calles embutidas entre edificios excitados. Hoy los pasos que recorrían senderos conocidos, se distraían mirando absortos formas irreconocibles de colores revividos. Hoy una tenue composición musical orillando el barroco, matizado con arias vigorosas, desplazaban con respeto al silencio del amanecer.
Hoy es todo color, todo tonalidades resaltadas, todo tintes brillosos bendecidos por el sol, todo pigmentos primordiales.