27/09/2012 La flecha del tiempo

Cada dia que pasa las noches más cortas. El tiempo es menor para el descanso, para la recuperación de energía, para asimilar fuerzas, para prepararse para el renacimiento diario. Pero también es más corto el tiempo de los sueños, las pesadillas, de reconstrucción de esperanzas que luego son demolidas durante el día. 

Otro ciclo y van… ¿La tarea de reflexión es deconstruir cada uno de esos ciclos que ya los tomamos como naturales?.  El karma diario al contrario del karma universal es más palpable, es de comprensión más humana. Es como las esferas aristotélicas que engranan entre el motor universal y los seres humanos permitiendo que la mente no accediera al infinito.

La flecha del tiempo no cambia, permanece. Es una máscara de mil formas y un solo color que nos saluda cada día sin que lo notemos y nos señala el sendero y el sentido que debemos recorrer inexorablemente durante nuestra vida. Que nos muestra el río en el cual debemos zambullirnos sin hesitar y nos facilita la elección del trampolín ficticio para saltar.

Es recurrente la observación. Tanto que pasa a formar parte de otro ciclo a deconstruir. La mente necesita de los ciclos para alejar la posibilidad de la muerte. Y sentados en el mangrullo urbano madrugador. Sumido en el silencio del canto de las aves ausentes, rodeados por la bruma que despide el dragón dormido en las entrañas de una tierra absorta en su girar interminable, observamos como las noticias gozan de una vida efímera como las mariposas condenadas a inmolarse en vuelos suicidas. Ante el impacto de un hecho que amenaza detener el perpetuo giro sufrimos un espasmo emocional. Pero a los pocos días u horas ya fue absorbido por la rueda de rayos infinitos y todo se diluye en la ruta circular.

Reflexionar, es entonces recuperar esos momentos singulares. O convertirlos en singulares, transformarlos en faros que nos recuerden que la flecha del tiempo es recta, que su vuelo no tiene retorno. Es rodear a cada acontecimiento de instantáneas que reflejan en espejos temporales las circunstancias de ese momento en particular. 

Tomar responsabilidad, es entonces hacerse cargo de montar el escenario perpetuo para inmortalizar el momento de la iluminación. Es un espectáculo que solo podrá ser revivido por el autor y que desaparecerá con él.

A no ser que ese autor logre transformar en universal y pueda parir una obra de arte, que será reinterpretada una y otra vez por innumerables lectores u oyentes que se sientan emocionados y los hagan vibrar al (re)leerla, (re)escucharla, (re)verla.

¿Y entonces?. Cada madrugada, cada vez anticipándose más a la rutina diaria, el recorrido del colectivo sirve para observar y destacar las diferencias como en el juego de los siete errores. Solamente que no son errores dibujados por manos inquietas, son las distintas miradas sobre el mismo paisaje de alguien que sabe que cada despertar es único.

Y cada uno y en todos los viajes colectivadianos los mismos edificios se visten de distinto color, de diferentes intensidades. La claridad creciente va descubriendo anomalías, grietas, relieves, sonoridades diferentes a la de los días anteriores. Detalles que se descuelgan de hilos invisibles que conforman la trama. 

Hasta hace unos días era el momento de viajar con los ojos cerrados, trasladando la oscuridad exterior al interior. De sumarse al silencio cósmico, de almacenar y ordenar las ideas entremezcladas por sueños anárquicos. De quietud. De ser uno y nada más.

Hoy es diferente. Es trasladar la claridad exterior al interior. De abrir los ojos y permitir que el paisaje inunde el cerebro sin filtrar. De asimilar sin seleccionar, sin discriminar. De entender que todo forma parte de la vida de cada uno. De volver a sentirse el ombligo del mundo y que nada tiene sentido si no lo valoramos y le damos su lugar. De reencontrarnos con nosotros. En algunas horas la flecha del tiempo nos hará percatar que debemos compartir con los demás nuestro universo y que debemos reencontrarnos con los demás.

El sol, sin nubes ni bruma que opaque su amarillento disco brillante es la flecha que nos guiará durante lo que resta del día, encandilándonos para que la meta diaria no se nos revele hasta que lleguemos a ella.