27/08/2012 Lunes (re) colorido.

Está amaneciendo. En un día ninguneado por la necesidad de actividad, las tareas pendientes comienzan a luchar por prevalecer sobre las demás. El despertar fue una larga y oscilante lucha entre abandonar la protección de las sábanas y seguir dormitando, como un oso que hiberna en las frías noches invernales e inhóspitas. Mi intención hoy era no escribir. Mi fiaca triunfaba en forma absoluta. Pero una vez sentado frente a la pantalla que me devuelve un rostro inexpresivo, sin matices; con las interrupciones de una radio imprudente que insiste en saturarme con noticias que no me interesan y el rumor lejano de conversaciones mientras matean en ronda sin final y tratan de explicar resultados de fútbol que no fueron —Deporte reiterado todos los lunes— el cambio se presenta ante mí. Imprevisto, inesperado; un muñeco de resorte disfrazado saltando de una caja con exterior ingenuo. Magnífico, debo subirme a la ola urgente y surfearla con alegría. Una ola solitaria, un obsequio de un lunes que había amanecido sin muchas expectativas. Se me cruzan los dedos y las teclas traducen cualquier letra en la pantalla..

Todo en una paz bucólica, como una sonata de Schuman. Nubes grises en el horizonte amenazan con avanzar y cubrir todo el cielo. Una de ellas —la más grande— colgada de mi ventana; las  más pequeñas danzaban sin coordinación a su alrededor,  capturadas por la ley de gravedad. La superficie inferior de las nubes —La única que podíamos observar desde la superficie— son de colores revividos: bermellones que han ido cambiando hasta un cremita casi invisible. La parte superior de las nubes se adivina gris. Las tonalidades se mezclan en figuras irregulares como palabras de un scrabel de jugadores olvidadizos y descuidados. Los colores se van diluyendo en una danza de coreografía repetida, pero con música de fondo diferente todos los días. La nube principal, como un galeón español al que aguardan emboscados piratas desalmados, se acerca majestuosamente al centro de la escena. Dejando en viaje continúo una estela alargada de retazos gaseosos, como la cola de un vestido glamoroso del siglo XIX.

Y desde el borde abrupto  desnuda hasta la tierra gris de la isla socavada por vientos inmemorables se arrojan hacia la superficie delgadas lanzas de luz. En una pequeña franja arriba del horizonte y tapada por las figuras bizarras de los edificios grises, irrumpe una llamarada incontrolable de bermellones inconclusos. Y la sombra del galeón que va arribando a su destino se transforma en un amarillo casi brillante. La estela que lo persigue dibujando extrañas figuras en grises abandonados se extiende atravesando el firmamento y se sumerge en las profundidades inaccesibles a miradas curiosas..

Hoy no se detectan movimientos en la superficie, pasan desapercibidos. No importan las luces uniformes y artificiales de vehículos domesticados que obligadas a viajes repetitivos denotan algo de actividad en la ciudad. Hoy es toda sinfonía pastoril en el techo de la catedral consagrada a las auroras. Ya todo termina. El telón se descuelga invisible esperando aplausos y ovaciones que nunca llagaran. Las nubes son las de siempre, los colores se suavizan. Aguardan los aplausos masivos que nunca llegan. Reciben con una sonrisa de satisfacción las exclamaciones de los solitarios urbanos y madrugadores que les hacemos llegar entre aullidos de asombro renovadas.