La ciudad se acostumbra a pasar días tras día sin sobresaltos repitiendo rutinas consolidadas, transitando los mismos senderos urbanos. Achatando ruidos, opacando colores. El resultado: una espiral previsible que converge en el aburrimiento. La falta de estímulos provoca caminatas sustituibles, lentas, previsibles. Los habitantes que marcan veredas por el solo hecho de pisarlas, se cruzan y no se saludan. Solamente cruzan miradas indiferentes, ausentes de curiosidad. Los ojos se posan en las figuras que se recortan contra sombras inmóviles para poder esquivarlas, para evitar todo contacto físico. Son pasajeros de la madrugada ensimismados, enfrascados en recorrer recuerdos sin recuperarlos. En leer las etiquetas de cada cajón del gabinete de la memoria, pero sin adentrarse en su contenido. No sea que alguno se rebele y provoque estampidas no deseadas.
Pasos silenciosos que se hacen ecos en vehículos que también están sumergidos en su tedio. Todos saben de sus obligaciones tempraneras, y no se apartan de lo que se espera de cada uno. Noctámbulos, trasnochadores han recuperado espacios cedidos al frío, a ausencias. Por un tiempo abandonan refugios escondidos en barrios extraños, sin marcas que los identifiquen, pues no quieren ser molestados por personas ajenas, por visitantes imprevistos. Desean que las palabras encuentren tesoros de piratas enterrados bajo palmeras de formas singulares, Semejantes a anclas remontando cardúmenes. Mástiles de galeones, palos trinquetes inclinados obedeciendo a la brújula de vientos alisios. Sillas de maderas apuntando al oriente, de patas curvas y respaldares oblicuos. Gorras de grumetes tejidas por sirenas que extraviaron las letras de canciones.
Sentados frente a ventanales abiertos, sus ojos demorados en el apagado de las estrellas, dibujan constelaciones no catalogadas, y las bautizan con nombres de amores escamoteados, de parajes inventados con hadas y elfos, de utopías imposibles. Y el amanecer retumba con ecos de epopeya. Recupera bermellones vivos para pintar nubes oscuras, Desgarran telas de escenarios con jirones desprolijos que avanzan sobre el horizonte. Se adivinan reflejo de batallas terminadas antes de empezar, sangre sin derramar que se embarra en gotas de agua suspendidas en el aire. Luz de fiesta de aquelarre barrida por escobas de brujas desprejuiciadas.
Regalo. El bermellón es casi rojo y como una marea en luna llena se abalanza sobre nubes que no atinan a moverse. No respiran, no se estiran, no se encogen. Están maravilladas de los colores que se conjugan al rebotar la luz solar en sus gotas desordenadas. Golpeando desde la parte inferior recorren caminos sin explorar, Rebotan y rebotan. Chocan y se vuelven más . Contagian a nubes similares y engalanan una manta gris que sucumbe a la sinfonía. Y las luces blancas, como un puntero laser traza una recta de puntos señalando el cenit. Y la urbe enciende y apaga luces como una fuente musical persiguiendo quimeras. Y todo se arremolina, los matices se confunden, los colores se entremezclan. Se vuelven amarillos con pinceladas de naranjas, los grises viran a celestes embarrados. Los amarillos pechan desde el horizonte trasladando la claridad hacia arriba. Hay tirabuzones horizontales que riegan de estelas el cielo. Surcos desprolijos que hienden el cielo y lo preparan para la siembra de fantasías.
Las luces se van apagando. El soplo de acuarelas permite vislumbrar árboles y edificios sorprendidos. Luego de la explosión la rutina se reinstala. Los trasnochadores cierran ventanas y buscan descansar. Los mañaneros recuperan el aliento y prosiguen hacia sus destinos. Pero ambos mantienen la sorpresa en sus ojos, el reflejo de la explosión en sus retinas.