26/12/2012 Descanso

Hoy el amanecer es un largo y prolongado tobogán, de pendiente suave casi imperceptible, de superficie acolchada y delicada, sin bordes de seguridad para pasajeros ansiosos y audaces. Todo se desliza empujado por una brisa mañanera plena de fresco, sin humedad. Tranquilidad, es la palabra que define este momento descolgado en la mañana que avanza cansinamente hacia el mediodía. Sonidos ausentes de ruidos disonantes acompañan la caída serena de objetos perdidos, de objetos que buscan su meta, de objetos que no recuerdan hacia donde van, de objetos olvidados porque no sirven más, de objetos olvidados porque sus dueños son descuidados, objetos olvidados porque sí.

Los transeúntes caminan por una Cañada de aguas somnolientas, de aguas que siguen la inclinación de pendiente imperceptible con obediencia rígida, con gotas que se acumulan en el centro y a pesar de sus esfuerzos no llega a palpar los costados amurallados. Recorren sus aceras entre los torrentes vehiculares y el borde superior almenado, que se precipita hacia el cauce parejo y uniforme, los pies de los caminantes se imitan secuencialmente en una coreografía repetitiva lineal, similar al Bolero de Ravel.

Reflexión colectiva dinámica tempranera que se arroja desde los sentidos embotados buscando palabras que no encuentra. Caminantes ausentes. Calzados con armaduras invisibles que apartan toda relación entre emociones y razón. Embudos gigantes etéreos que reciben imágenes, sonidos, aromas y se alojan desordenadamente en neuronas desocupadas y disponibles para su uso en el futuro inmediato. Hay empleados que tratan de encontrar la huella que los conduzca a sus obligaciones indeseadas, hay trotamundos que cargan con música en sus orejas y trotan persiguiendo un sueño esquivo, hay adormilados trasnochadores que lucharon todo la noche contra el olvido de una quimera descubierta tras el resplandor de un relámpago retraído e intempestivo, hay olvidadizos desubicados que ignoran la razón que los arrojó a senderos desconocidos y continúan caminando al ritmo pausado de los demás.

Y todos tienen en común además de la velocidad la actitud. No es la de cansancio físico arrastrado por actividades desacostumbradas, no es la de agotamiento instalado por noches calurosas e insoportables de insomnio, no es la de saturación de emociones resignadas ante el embate contra una idea tozuda instalada en el cerebro, no es la sospecha aviesa de estar desorientado en un laberinto sin paredes. Es solamente la actitud de vagabundear con la brújula desalineada, que conduce a sendas ocultas, a encrucijadas sin demarcaciones. A permitir que sean solos los pies los encargados responsables de los rumbos elegidos. Es lo que los franceses conceptualizaron cómo «flaneur».   

La vista de los paseantes oscila entre los costados y el frente. Sin registrar nada, pero abiertos a la percepción curiosa. Sabiendo sin ver que  la sorpresa se encuentra tras cada árbol, dentro de cada semáforo, rodeando los palieres de edificios, en el fondo de bolsas de residuos descartados. Ni el fragor de las motos aullantes que golpetean desde calles desiertas interrumpe la magia matinal. Porque las calles abundan en escasez, en la desaparición ordenada de masivos torrentes de vehículos. La Cañada es un largo tubo verde de paredes acolchadas. Con copas de árboles que a los costados se elevan buscando rasgar nubes y al centro se inclinan desde los bordes, intentando sumergir  sus ramas en el hilo de agua que se desparrama horizontalmente. Y en la parte superior amagan acariciarse impidiendo la visión de cielos azules.

Y las nubes, rugosas luego de días de inclemencia, son mansas manadas agotadas después de estampidas frenéticas. Ayer nomás fueron arrastradas por vientos de pesadillas que ahuyentaron hacia límites ignorados, hacia comarcas escondidas en el desconocimiento. En su carrera involuntaria arrasaron con masas de aire desprevenidas. Las arrojaron contra el suelo indefenso a velocidades imprudentes. Se llevaron consigo arboledas, montes, techos de casa, molinos solitarios y los arrojaron sin miramientos, sin detenerse a observar sobre qué objetos se desplomaban. Sorprendidas percibieron el pánico que sembraban, el terror ancestral que liberaban.

Poco a poco las nubes fueron apaciguándose, se acercaron progresivamente a velocidades mínimas, casi a detenerse en paradas no programadas, arribaron a estaciones de tren abandonadas sin ser utilizadas nunca. Y ahora descansan, reposan asentadas en corrientes de aire inmóviles. Sirven de cubierta protectora de calores insolentes. Son bandadas gaseosas teñidas de gris que pastan llenas de cansancio. Buscan recuperarse de desbandadas irreflexivas, de encontrar el aliento olvidado en distancias lejanas.

Y se transforman en espejo asimétrico del ánimo general. Responden ordenadamente a los movimientos de la superficie. Reproducen itinerarios sin planificar, repiten velocidades de desplazamientos aletargados. 

Descanso, reposo, respiro, tregua, pausa,  sosiego,  quietud. Un momento para pensamientos lúcidos y trascendentes que rápidamente se depositarán en el olvido interminable de instantes fundacionales. De bellas construcciones fantasiosas de curvas inimaginables que nunca serán trazadas para recordarlas. De palacios de paredes de sueños que se elevan sobre colinas aplastadas por pesadillas. De esos segundos que quedan en la nebulosa de los recuerdos truncos con la sospecha que se perdió la utopía deseada.