26/10/2012 Clima prejornada laboral

26/10/2012 Clima prejornada laboral

La rutina ha cambiado. Hoy es llegar a sentarme frente a mi escritorio y mirar  a mi inestimable compañera laboral y sentir —imprevistamente—  la intensidad del sol que busca mis ojos para despabilarme. Se escucha cómo sonido de fondo el rotor del aire acondicionado salpicado por saludos amigables de aquellos que arriban con pasos lentos y pensados meticulosamente. Y mi compañera fiel que me devuelve en un guiño cómplice la imagen reflejada de quien se acerca por mi espalda. Se tiñe la pantalla de colores cambiantes: cuando el que se acerca es amigable y gris perlado cuando es antipático. Invertí muchas horas para enseñarle a reconocer los integrantes los dos grupos. Pero lo más arduo es cuando pasan de una lista a la otra. En ese momento se pone marrón pidiendo ayuda porque no distingue a cuál de las pertenece.

Ahora estamos experimentando una nueva metodología. En lugar de la dicotomía simpático/antipático controlamos la velocidad de los pasos, la altura a la cual levanta los pies del suelo y la entonación de la voz al decir “buenos días”. Hemos decidido, entre ambos, aceptar a los que arrastran los sueños nocturnos, a los que llevan el ritmo cadencioso de un canto gregoriano en sus zapatos, los que no lograron despegar la almohada del rostro, los que todavía conservan el dormir en los ojos achinados por el resplandor del sol, los que aún son testigos de un estado de vigilia somnolienta del que no se reponen, los que amagan con despabilarse pero continúan con su espíritu adormilado.

Es decir con aquéllos que no contaminan la oficina despoblada con grititos histericones de energía acumulada en la noche y que tienen la obligación de descargar con palabras estentóreas de salutaciones efusivas. De aquéllos que no contaminan discutiendo circularmente si el jugador debiera haber hecho una cabriola indecente en lugar de desperdiciar su momento de gloria arrojando la pelota a la tribuna. De aquéllos que no contaminan contando para todo el edificio que el auto que venía delante se elevó por culpa de una ardilla traviesa que cruzó la avenida y terminó contando ramas desde lo alto de la copa. De aquéllos que no contaminan preguntando desde la puerta con cara de angustia reprimida y ojos de no haber dormido pensando en sus tareas, si el proceso finalizó bien. De aquellos que no contaminan tempranamente importando de algún lugar innombrable la prisa característica del mediodía.

Mientras compartimos: yo un café caliente pero no sabroso y ella su reflejo humeante de vergüenza ajena, como en un juego de Martín Pescador, a unos le damos una sonrisa de bienvenida, a los otros un gruñido de bienvenida.

Pero la batalla está perdida desde su definición. Alargamos el desenlace refugiándonos en inexistentes conos de silencio. Tratamos de aislarnos de todo ruido molesto. Nos enclaustramos en castillos de paredes humeantes que reflejan arco iris lejanos, buscamos en los escarpados pisos de escritorios colocados simétricamente, la protección en ampollas virtuales trenzadas con fibras de sosiego que nos aíslen del universo.

Se acaba el café. El bullicio inhóspito ha triunfado sobre la calma chicha del amanecer, El desembarco de los oficinistas de las lanchas anfibias transformados en colectivos, autos o motos, se expande vertiginosamente arrollando con todo.

Los pocos refugios temporales se deshilachan. Deberemos construir otros para protegernos durante el día y esperar que los entes nocturnos naturales reconstruyan para al alba los necesarios para disfrutar el próximo amanecer,