26/09/2012 Soledad Solar.
Arribo caminando por el atajo sólo conocido por los iniciados al edificio bautizado como torre —hoy se parece más a una meseta erosionada por gases de autos implacables que a un edificio que pretende desafiar a la altura—. El sol viene empujando hacia arriba desde su periplo solar perpetuo. Arroja hacia los pocos transeúntes que recorren calles desiertas de vida, un aire frío, gélido y sorpresivo. Hace huir desde las profundidades a masas casi líquidas de bruma y las arroja a quebradas y valles urbanos, transformándolos en paisajes con reminiscencias de grutas húmedas e inclementes. En ese momento se mezclan temperaturas distintas y comienza la tarea de ebullición espontánea que le llevará todo el día. Al final cuando la noche reclame el lugar que le corresponde habrá logrado que el clima sea más llevadero para los desprevenidos.
Y en ese empujar impetuoso del aire, éste gana en velocidad y ya se encuentra instalado en la mitad de la mitad del círculo sesgado y limitado por el horizonte. Solamente los brotes de ladrillos superan la superficie e interrumpen la continuidad de la línea circular. Que no gira, que no rota, que no se desplaza.
No hay luces en los edificios, no hay ojos que espíen, no hay movimiento. No hay luces que serpentean por calles, son solamente bolitas bien redondas de colores repartidos en todo el arco iris, que ruedan por senderos abiertos entre orillas de aceras y cordones rectos. No hay sonidos. Es un silencio que aguarda impaciente que habiliten las puertas de salida y lo agredan previsiblemente con bocinas, gritos, petardos.
El sol está aburrido. No tiene nubes para pintar. No encuentra escollos para simular una ruptura, una interferencia a sus rayos. Es solo su camino. Solo de soledad en el cielo. Solo de reflexión existencial. Solo de saberse diferente. Solo.