05/07/2013 Ciudad capital de búhos

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La ciudad está exultante. Tuvo una idea que la llenó de satisfacción y la difundió entre sus hermanas. No hizo excepciones, se comunicó con todas: cercanas, lejanas, mayores, menores, amigas, peleadas, a todas. No discriminó a ninguna. Tal vez se olvidó de alguna en la lista, pero fue por distracción. Se autoproclamó capital mundial de los búhos y bautizó la temporada actual como “Maratón inconclusa del siglo”. Un tanto exagerada, casi delirante, un poco demagoga. Pero también algunos desubicados decretaron que el cuarteto es patrimonio cultural de ella, así que se puede permitir cualquier extravagancia.

Su fundamento: tiene las noches más largas del año con temperaturas de primavera alta. Y los noctámbulos habitantes prolongan sus actividades, mientras retrasan sueños. Se pasean sin abrigos por calles de luces intermitentes, de veredas asombradas que acompañan paseos sin colocar obstáculos imprevistos, sorpresivos. Hay bares —todavía activos a pesar de sus quejas— con parroquianos que contemplan al fondo de la penúltima botella de cerveza o del vaso semivacío de fernet con coca y están dubitativos entre repetir o coronar con un café chico bien cargado.

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Otros prefieren estar sentados en los cordones y contar los autos que pasan clasificándolos de acuerdo a colores. Otros se detienen en narraciones insólitas, exageran situaciones, generan fábulas efímeras que se disuelven al acabarse la charla. Otros comparten música que brota de alcantarillas y troncos de árboles marchitos. Algunos inventan universos de leyes extravagantes o recorren pasadizos deambulantes convocando espectros aburridos. Hay también audaces que entran en trance con ejercicios inéditos aprendidos del Libro de los muertos tibetano y consultan a espíritus sin corporizar sobre crímenes inventados o futuros desconocidos.

La ciudad se transforma en una fratria extensa de relaciones no sanguíneas, una comunidad fraternal que se reconoce al toparse las miradas, una cofradía de almas similares. Circulan de noche. Hablan con reflejos de luna en vidrieras somnolientas. Descansan sobre ramas sin hojas o se desploman en sillas despatarradas. Se inventan pasado y aventuras épicas. Aplacan su sed en vasos interminables. Se descuelgan con brindis que son incapaces de repetir y recordar. Expulsan la soledad de su estómago.

Pero también están los búhos solitarios. Los que arrastran desgarros en su alma y huyen de los sonidos de conversaciones fútiles; se refugian detrás de libros abiertos que hablan de causas, no de efectos. Bucean en explicaciones existenciales. Recorren manuales de teorías, algunas aceptadas otras inexplicables. Juegan al ajedrez con las palabras, saborean conjunciones que les activan placer neuronal. Festejan al descubrir un solitario salvaje, capaz de pulverizar cadenas ancestrales.

Y se interrogan para inventar respuestas. Y cuando llegan a un callejón sin salida llaman desde sus entrañas a su tulpa consejero, o a su espectro preferido, a un duende que oportunamente pasaba caminando, o quizá a un elfo amigo casi olvidado. Lo invitan con una taza de té traído desde el jardín de las hespérides antes del equinoccio de primavera, saborizado con escamas de dragón perdidas en vuelo hacia los otros jardines, los de Babilonia. Y luego de reconocerse y entre sorbo y sorbo intercalan explicaciones fantásticas que reacomodan el cosmos, le agregan colores, le pintan ruedas inventadas sin rayos, convierten normas aburridas en disquisiciones circulares que se arman en cocteleras de conceptos y creencias.

Y como no las escriben, solo son laberintos verbales de paredes multicolores construidas a bases de sonidos, se agotan en si mismas. Y en el futuro repetirán el diseño cambiando detalles, haciéndolos con muros más altos o más bajos o con acertijos adaptados y reinterpretados.

Este es el plan de la ciudad para promoverse, para saltar a la primera página de las publicaciones de los búhos. Como argumento final, despliega una suave llovizna sobre la superficie. Provoca risas, despierta sorpresas, le da un toque espectral y misterioso al cierre de la jornada. Se lo agradecen, lo prefieren a estruendos de fuegos artificiales que imitan a borrascas y tempestades y alteran los sentidos ya agotados después de una trajinada y larga noche.

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