Y cuando el alivio amenazaba con quedarse. Cuando una luz de esperanza quedaba reflejada en ojos sufridos y agobiados. Cuando la sensación de imposibilidad de realizar cualquier movimiento disminuía. Cuando la ciudad era recorrida por la percepción de haber hecho cumbre en el pico más elevado de la curva gráfica que representa la evolución de la temperatura diaria. Cuando la isoterma que une las ciudades con igual pico de calor nos permitía relacionarnos con los desiertos más inhóspitos del continente y se aplacaba la voraz avidez del calor de continuar abarcando y devorando más y más. Ocurrió.
En ese momento de relajación se produjo el contraataque letal, fulminante, inesperado. No había pasado demasiado tiempo desde que los señores del caos se retiraron a su prisión de máxima seguridad, que el comando mayor reaccionó con presteza e imaginación. Evaluaron los informes de inteligencia recibidos apenas finalizada la incursión de apaciguamiento climático. Analizaron fotos y filmaciones. Escucharon testimonios. Distinguieron destrozos realizados sin contemplación por elementos desbocados e incontrolados. Techos desgarrados y con heridas abiertas, vidrios descascarados, árboles arrojados con furia contra casas y autos, vehículos con la pintura machacada. Recogieron piedras lanzadas como proyectiles desde nubes frenéticas, acumularon registros de corrientes huracanadas, sopladas en estrechos corredores que aumentaban su velocidad. Por fin olieron restos de la salvaje satisfacción de la furia desatada. Casi sádica.
Recurrieron al manual de procedimientos del cual nadie conoce su origen. Escrito en caracteres que semejan runas y jeroglíficos, dibujos esquematizados que alguna vez fueron dioses o seres mitológicos o simplemente emisarios negociadores de normas consensuadas. Más allá de toda lengua, de cualquier idioma conocido o desconocido. Guardado y cuidado con dedicación ritual. Tocado solo en ocasiones extremas por manos de cirujanos augures, ya que nunca nadie se atrevió a reproducirlo. Y en esas disposiciones frágiles pero robustas en su lógica, encontraron los límites que se establecían. Aquellos que no debían ser ignorados sin recibir castigos punitorios.
Tomaron una rápida decisión. Y mientras la ciudad respiraba un poco de oxígeno renovado y aguardaba más, las canillas entrecerradas se abrieron. Torrentes de lava inundaron las venas ciudadana descuidadas. Olas continuas de calor se pegaron a las paredes de túneles que dibujan laberintos bajo la ciudad. Cortaron toda posibilidad de escape. Toda posibilidad de recambio climático. Todas las hendiduras, todas las grietas fueron cerradas. Y en un exceso por disciplinar, dibujaron en el horizonte tormentas promisorias de lluvia que nunca hicieron llegar. Jugaron elevando la puesta. Simularon relámpagos y truenos. Mostraron como la lluvia aligeraba sensaciones a lo lejos. Amagaron con descargarla sobre la ciudad. Permitieron que se escaparan aromas de tierra mojada y que hasta manzanas enteras se humedecieran con gotas peregrinas. Pero nada más.
Era la advertencia. No era aconsejable desatar fuerzas que luego no podrían controlarse. Fuerzas de reacciones imprevisibles. Barrabravas con permisos para liberarse sin autoridad competente que los vigile momentáneamente. Ausentes de restricciones. Caricaturas grotescas de agentes secretos ideales.
Y la ciudad quedo atontada, vacilante, sin reacción. Al borde del desfallecimiento profundo. Y arrancó un lento proceso de colapso generalizado. Los músculos comenzaron a tensarse y a no responder. Cada intento de movimiento recibía como respuesta un pinchazo de dolor. Las avenidas espantaron a los coches, las calles se estrecharon dificultando pasarse unos a otros en la prisa. Los cordones se transformaron en barreras que los transeúntes debían saltar para evitar quemarse. Las aceras eran pisos de calefacción por loza radiante. Y el sol. Sus rayos se descargaban con inclemencia. Barrida toda protección atmosférica, se concentraban en puntos diminutos para aumentar su daño. La piel recibía millares de pinchazos que competían sobre cual llegaba más profundo. Sobre cual llegaba sobre neuronas recargadas y provocaban reacciones desconcertantes.
Y la urbe fue un horno. Prendido. Sin calificativos. Y el aletargamiento continuó. La presión de las cañerías de agua huyó en busca atmósferas de densidad más tenues. Los cables de luz se estrecharon impidiendo el pase de la corriente o restringiéndola a su mínima expresión. Ventiladores, aires acondicionados, heladeras, refrigeradores entraron en estado similar al de la agonía, Casi catatónico. En la noche que se alumbraba con explosiones de refucilos, destacando gruesas y altas nubes amenazantes e inofensivas, las casas dejaban escapar destellos anaranjados de lamparitas. que no llegaban a prenderse. Velas traídas de tiempos pretéritos que sucumbían con llamas sin aire. Fantasmal. El cerebro extraía imágenes implantadas por genes desconocidos. Con incertidumbre aguardaban la sorpresa. Jinetes sin cabezas, enanos montados en cuervos, dragones minúsculos evadidos de sus encierros. Sábanas voladoras sin conductores atentos, telas de araña flotando al ritmo de sueños renuentes.
Y el colapso se desbarrancó. Se hizo más extensivo. Como una epidemia se extendió por toda la superficie urbana. Y más allá también. Superando límites. Y los sueños se rebelaron. Gritaron y se estremecieron. Llenaron a los cuerpos de crispación y violencia contenida. Rebozaron de ira, trasladaron furias. Y el despertar fue malestar. Sin hechizos protectores, sin plegarias efectivas, Las defensas estaban inertes. Las cuadrillas de salvatajes ausentes sin ningún aviso.
Pero la sorpresa estaba instalada. Gruesas nubes grises acolchaban la ciudad extendiendo una capa protectora. La humedad de los gases que las componen se empecinaba en trasladar todo el fresco que era posible. Era una señal de negociación entre fuerzas irreconocibles para los humanos. Que nunca estaban seguros quienes los protegían y quienes los castigaban. A quien rogarle por amparo y a quien suplicarle por clemencia. El sol se escabulló sin participar, sin generar el espectáculo cotidiano de un amanecer distinto. Gruesas ondas diferenciadas por matices de grises abarcan la bóveda celeste. Compactas. No hay lugar para grietas inoportunas.
La ciudad reacciona. Con la experiencia recorriendo de sensaciones la piel individual, se lanza en locas carreras hacia refugios más amigables. Desconfía de la duración de esta bonanza. No cree. Imagina que son nuevos señuelos para distraerla y tomarla por sorpresa. Pero no la tomarán descuidada. No caerá en la trampa otra vez. Peatones de caras agitadas acelerando recorridos sin detenerse en observar las márgenes. Conductores crispados, enfurecidos contra semáforos mal sincronizados. Motociclistas renunciando a sus cascos verdugos esquivando con destreza objetos más lentos. Bares ausentes de parroquianos, ni diurnos ni nocturnos. Edificios abandonados a las inclemencias, totalmente desprotegidos.
Hoy es una amanecer de resignación rabiosa. De escepticismos que brota desde el padecimiento. De agotamiento que se va acumulando como capas de arena sobre el suelo abrasador. De rutinas que se flexibilizan. De obligaciones que son ignoradas,