23/10/2012 Ciclo recuperado
Y el orden natural impuso su rigurosidad. Su cíclico devenir se prolonga en el tiempo lineal. No hay para él interpretaciones cuánticas o de la teoría de cuerdas, o universos paralelos, o gusanos extravagantes.
El sol recuperó su liderazgo. Pacientemente dejó que los acontecimientos se sucedieran cómo fue planificado, tal como estaba previsto desde el diseño. Y hoy un collar dorado abrocha el círculo del cielo. Quedó lacrado con un beso de rayos continuos el orificio por donde escaparon las últimas nubes fugitivas. Quedaron solamente restos de ramas en la Cañada, olvidadas por torrentes que ayer bajaron gritando con voz ronca desde las orillas arrastrando todo lo que trató de ofrecer resistencia.
Las aves —participantes ineludibles de cada ritual del amanecer —cambiaron su canto saludatorio. Oscilaron del cremita sonido para festejar el respiro que otorga la interrupción momentánea de la lluvia al colorido multicolor de las voces celebrando la victoria final sobre la tormenta impiadosa. Alternaron los vuelos trémulos azotados por brisas húmedas que giran en remolinos a recorridos vertiginosos de coreografías alucinantes. Cambiaron su costumbre mañanera de atravesar espacios a la deriva a caídas abruptas y subidas en tirabuzón. Se convirtieron en danzantes aventurados lanzados a la improvisación de la felicidad. Barrieron desprejuiciadamente los remanentes olvidados de gotas inconclusas. Limpiaron con el batir de sus alas los sobrantes de nubes remolonas.
Y el sol que asciende. Fiel, devoto seguidor de su rutina. Hoy envalentonado por su éxito consumado empuja vigorosamente al aire fresco de las profundidades oscuras al espacio matinal. Provoca que las ramas de los árboles se entretengan en danzas monótonas de vaivén pendular. Permite que el sonido del entrechocar de sus hojas remita la mente a paisajes de praderas cubiertas por ovejas mañosas. Provoca que los rostros de los transeúntes que atraviesan la ciudad ya despierta, sean acariciados con suavidad con aires renovados de esperanzas.
Y sentado en el alfeizar del castillo construido en el borde de la Cañada, el observador atento a los cambios se sorprende como lo hace cotidianamente. Raza en extinción de adorador de tiempos muertos, de agujeros temporales, de fallas en la continuidad de segundo tras segundo. Él recupera las imágenes de los días anteriores que todavía flotan despreocupadamente y los convierte en recuerdos para el futuro.
Dónde subsistía un reguero de agua descendente, se transforma en río embravecido para barquitos de hojas caídas por el peso de gotas de agua en su superficie. Ahora una simple mancha de aceite que se deslizó de algún auto descuidado se convierte en un lunar prófugo de las profundidades. Dónde se adivinaban rastros de pisadas apuradas por el aguacero impiadoso ahora se distinguen baldosas roídas por el tiempo y lavadas sin con una dedicación desacostumbrada. Dónde se destacaban senderos de gotas deslizándose por ventanales temblorosos de frío húmedo ahora se refleja la luz solar provocando miríadas de pequeños arcos en su interrupción por partículas de tierra que se resisten a ser evacuadas.
Dónde todo era tormenta, dónde todo era improvisación, incertidumbre ahora es calma contagiada de quietud. Ahora el presente es previsible. Dónde antes no se podía distinguir la posición del sol en su recorrido y conocer en que porción del día se estaba ahora se puede inferir siguiendo con detenimiento su avance sin pausa,
Hoy, la naturaleza es previsible.