23/08/2012 Gris de melancolía.

Y  un día pasó. El techo sin sostenes físicos que es el cielo —muy a pesar de los griegos y sus famosas columnas de Hércules—, se acercó temerariamente a la superficie en la que nosotros mortales contingentes vivimos, padecemos, disfrutamos.

Grises casi negros se abalanzan sobre los ventanales. A diferencia de ayer hoy la quietud pasea oronda  entre escritorios mudos de cualquier sonido. Solamente el murmullo constante y uniforme del silencio.

Sigue la danza apaciguada de autos, manchas negras con ojos blancos adormilados los que vienen. Manchas negras con ojillos rojos adormilados los que van. Uno tras otro, ritual de senderos asfálticos que se juntan en encrucijadas semaforizadas aguardando la señal para abandonar el descanso ocasional.

Gris que lo acompaña desde el fondo de los vientos que hoy recubren de sensaciones cuasi polares los intersticios entre edificios, que aguardan el movimiento de sus moradores para sorprenderlos. Hoy no hay colores, hoy no hay matices. Solamente hay murmullos extraños y lejanos que entonan letanías olvidadas de sirenas terrestres innombrables.

Hoy es el reino del café caliente, de estar sentado en un bar amigable, viendo a la gente pasar y pasar.

Los grises ya son más claros, pero no hay ningún color que anuncie al sol.

Hoy estaremos melancólicos de ausencias infinitas. Hoy estaremos impacientes a la espera de lloviznas.

Hoy extrañaremos las compañías cálidas.