22/07/2013 Frío esperado

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Se trata de un amanecer nacido en el desierto de ventisqueros, de glaciares. Reflejos dorados se asoman, rayos que transitaron atmósferas heladas y se pierden más allá del horizonre. Los vientos se quedaron guardados, expectantes, esperando que los liberen. Los briosos caballos que recorren praderas celestes piafan —golpean el suelo con las patas delanteras sin avanzar en señal de nerviosismo—  esperando su tiempo de galope mientras se alimentan con hielo traído desde cavernas profundas, lejos del hálito de dragones, ambientadas con marquesinas de invierno.

Mientras el cielo se tiñe al este, el tránsito se desliza rápido, escapando del aire libre, buscando refugio hasta llegar a espacios protegidos. Único tema de conversación: el frío. Solo ese motivo desencadena conversaciones. Son concursos parlantes para definir quién es el que sufrió más las bajas temperaturas, en qué lugar el termómetro marco la más baja. Son anécdotas infladas, como el pescador describiendo el pez que se le escapó. Caminatas interrumpidas, partidos de tenis, fútbol sufridos en lugar de disfrutados. Un fin de semana de rezongos y quejas.

Y en ese llanto de recuerdos se unen búhos y alondras. Por suerte hay otros, de ambos grupos, que hacen caso omiso de las inclemencias del tiempo. Saben que este cambio de clima es inexorable y pertenece al ciclo natural. Se repiten sin pedir permiso, sin necesitar autorización. Y en estos días se rompe un lapso temporal singular, fuera de lo común. Que tenía en vilo a sabios y estudiosos. Discutían en todas las reuniones, en todos los encuentros casuales o programados, en todo lugar en los cuales se encontraran dos o más. Esta alteración ¿Era un fenómeno circunstancial? ¿U obedecía a cambios más profundos cuyas consecuencias son imposibles de vislumbrar? ¿Se trata de la famosa tropicalización de las tierras ubicadas al sur? ¿O es solo un capricho de la naturaleza?

La exposición pública los mantuvo estudiando y midiendo casi todo el tiempo, se olvidaron de los momentos de ocio. Comparando largas series de datos acumulados en viejos libros de tapa de cuero de ovejas albinas hasta se olvidaron de comer. Se sumergieron en estudios de otras geografías. Revisaron teorías extrañas de augures, hechiceros y falsos profetas. Fue el combustible que motorizó ansias de conocimientos al enfrentarse con realidades novedosas. Fueron felices durante todo este tiempo. Ahora con la vuelta a la normalidad, se sienten vacios y se disponen a realizar conclaves de reflexión y ordenar las conclusiones para años venideros.

Mientras tanto, en la calle, los búhos se refugiaron antes de tiempo, para ellos hoy no hubo amanecer, decidieron ignorarlo. Las alondras se dividieron en dos bandos. Las primeras hicieron el aguante invernal, se quedaron durmiendo o retrasaron el despertar. Se sumieron en sueños de playas y selvas tropicales, donde todo es calor, se veían felices disfrutando las caricias de los rayos solares. Las otras salieron en busca del punto de fuga de la salida del sol. Revolotearon en silencio acumulando calor, rompieron la barrera de la inmovilidad cantando loas a la alegría de la vida. Festejando con vuelos rasantes, jugando con brisas ausentes, buscando barriletes que adornen el cielo, sabiendo su imposibilidad, Saludando a las otras que desafiaban el alba, regalando a transeúntes arriesgados con colores en al aire.

La ciudad soñó que la cubrían de hielo y sobre él patinaban niños traviesos y adultos rejuvenecidos. Sobre ella se deslizaban en zapatos congelados pintores armados con aerosoles negros dispuestos a inmortalizarse en paredes abandonadas. Sobre ella la vida era festejada por osos polares y espectros inmunes a ambientes gélidos. La vida se afianzaba sobre edificios de muros recorridos por cubitos de hielo sin forma.

El invierno avanzaba sin pausa. Los sueños son los heraldos infaltables.


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