21/12/2012 Celebración

Momento singular el de hoy. Día especial por donde se lo mire. Es una fecha con connotaciones mágicas, asociada a rituales perdidos en la profundidad de la historia. Costumbres transmitidas por generaciones. Leyendas orales de sociedades ágrafas que se impusieron al olvido, que mutaron siguiendo los cambios culturales, que se adaptaron a realidades diferentes. Leyendas orales que fueron reinterpretadas y reformuladas. Son los mitos fundacionales transformados en símbolos que sellaron la unión en familias, fratrias, tribus y más adelante ciudades. Les suministraron identidades comunes y marcaron diferencias entre los grupos humanos. Son rituales actuales, paganos. Son celebraciones de orígenes fantásticos, de leyendas que daban orden al universo caótico, que lo transformaban en cosmos. Páramos salvajes desconocidos, que eran conquistados y civilizados reemplazando el desorden de la incomprensión por el orden, son teorías  elaboradas en reuniones sociales alrededor del fuego elegido bajo la sombra titilante del tótem.

Y la tierra, maltratada desde su nacimiento, de karma eterno, esclavizada por leyes naturales definidas en el primer milisegundo de la creación del universo. Condenada a vagar por el espacio infinito. Esquivando, cuando puede, obstáculos corporizados en cometas o meteoritos. Acompañada en su camino entre la nada por otros planetas y una estrella normal, hasta diríamos aburrida, insulsa. Esa tierra hoy festeja. Celebra con alegría. Festeja en la intimidad y desparrama felicidad.

Ese planeta tan importante para nosotros recibe del sol —su mentor, su bienhechor, su compañero inseparable con el cual está ligado desde su origen— el alimento básico para mantener la vida, sabiendo que su destrucción será la misma para ambos, comparten un destino inevitable. Hoy el sol se estira. Llega lo más cerca de su recorrido anual al polo sur, ocupa el punto más lejano del polo norte. Acaricia al trópico de Capricornio. Rebota contra él como una bola de billar y se lanza en su recorrido en busca del Trópico de Cáncer, contra el cual se golpeara un 21 de junio reencauzando su periplo determinado. Y el sol que tiene una relación amor/odio con su especial protegido, hoy la baña con soplos solares benefactores, pactado con nubes tenues filtra sus rayos. Transforma su luminosidad en un guante blanquecino que pinta paisajes. Regala sosiego.

Y la ciudad se asocia fervientemente. Adhiere festejando. Los edificios lucen brillantes. Casi descomedidamente, casi obscenamente. Exponen su desnudez perlada de colores fuertes, que se distinguen estridentes en esquinas beneficiadas con abundante luz. Sus calles rebozan de festividad. Largos pasillos de árboles altivos. Hojas lustrosas que refractan rayos sobre gotas traviesas. Cordones lustrados que atan esquinas dobladas. Arroyos que atraviesan el cemento salpicando con emociones contenidas.

Y contagia a sus moradores. Sin distinguir entre permanentes y pasajeros. Hoy todos caminan con una sonrisa. Reparten saludos donde siempre hay indiferencia. Se desploman en bares invadidos por la semipenumbra. Se sumergen en recuerdos lejanos sin saber porque . Reflotan historias, anécdotas que imaginaban perdidas, recuperan partes de su historia grande, escriben anotaciones marginales en su bitácora existencial. Hay desayunos extraños. Es un día único, repetible anualmente. Que en realidad dura más de 24 horas, se convierte en una jornada extensible de 48, 72, 96, 110 horas. Que no tiene principio establecido ni final planificado. Porque es libre hasta donde lo permite el ritual.

Y estas costumbres, estas acciones repetidas por generaciones sin percatarse que son reiteraciones de un acto creado en la noche de los tiempos. Y no por una cultura o civilización. Se rastrea entre babilonios, chinos, mayas, nórdicos, incas, filipinos. Son hierofanías ocultas por la alegría.

Porque su significado es el de renacimiento. Porque nace en el hemisferio norte. Cuando la duración del día es la menor y la oscuridad entona su canto de victoria. Es el momento  aguardado y previsto con exactitud. El sol se ha alejado del hemisferio y la tierra se prepara para trabajar interiormente, alejada de curiosos y fisgones. Se retrae y se recupera, es su momento de reflexión. Los frutos de la cosecha anterior ya han sido recogidos. Es cuando se deben seleccionar los mejores frutos, obtener sus semillas y volver a sembrar.  Comienza la época de siembra, de renacer.

Los humanos en esos momentos épicos, fundacionales, originarios del futuro que hoy es presente, eran parte de ese proceso. Participaban diariamente del milagro de la vida siendo uno con su entorno. Y elaboraron ritos que los ayudará a comprender las leyes ocultas, las normas veladas por el desconocimiento. Lograron un paradigma que hiciera comprensible los mecanismos de vida, muerte y resurrección. Comprendieron que ellos mismos estaban sujetos a los mismos ciclos. Ciclos circulares que se repetían, que giraban como una serpiente que se muerde su cola. Cada cultura recreo imágenes comprensibles y nacieron los rituales. Literatos sin escritura, adornaron hechos con ornamentaciones de belleza fonética. Adaptadas a un ritmo vocalizado facilitaron su aprendizaje y transmisión. La épica se inauguraba.

Las fratrias griegas convenían en apagar los fuegos protectores de todas las moradas. Sin excepción. Y recorrían senderos oscuros hacia el fuego de la comunidad, donde residía la divinidad que cuidaba y atesoraba los hechizos imprescindibles para estar en armonía con el universo. Y con manos temblorosas el elegido, aprendiz de chamán, sabiendo de la importancia de esas manifestaciones compartidas de lo sagrado, prendía la tea asignada y presuroso se dirigía al hogar común transportando el fuego consagrado para reproducirlo en antorchas cotidianas. En cada casa debía permanecer prendido, se debía cuidar que no se apagara hasta reiniciar el ciclo.

Y todo era alegría. Habían participado del renacimiento universal del que eran parte. El ritual concluyó como estaba previsto. La rueda seguía abriendo huellas, recorriendo las sendas previstas, no había interrupciones.

No existía la posibilidad de cataclismos, de finales apocalípticos, de sumergirse en la nada. Luego, el descubrimiento de la flecha del tiempo, fundamentadas en las leyes de la termodinámica, reintrodujo nociones fundacionales. Mutó paradigmas, recreo hierofanias. Y la idea de una finalización abrupta se instaló en gruesos sectores de la población. El alejamiento de la madre gea. El aislarse del todo como una especie privilegiada. El inconformismo con el papel autoasignado como variedad única dentro de la escala zoológica. Todas estas causas llevaron a la idea peregrina de una destrucción total para desencadenar un renacimiento masivo por única vez, alejado de toda repetición. Este debiera ser un escalón superior en la evolución.

Un pensamiento herméticamente cerrado. Los que se salvan son elegidos por alguien indefinido. Y no importa la suerte de las demás especies, de los habitantes no humanos que durante millones evolucionaron y se adaptaron. Que convivieron y se agredieron. Que se destruyeron y se desviaron, que dieron orígenes a descendientes impensados.

Entre ellos nosotros.

Y la ciudad adhiere. Poco conoce de estas especulaciones, de estas reflexiones escatológicas. Conoce su ciclo, reconoce señales. Y se prepara desde hace tiempo. No le alegra que la sorprendan. Su obligación es anticiparse y prepararse. Emitir señales precautorias y adaptar alarmas a las circunstancias.

Y se refleja en su vida exterior. Todos sus habitantes, todas sus obras, todos sus hijos adoptivos participan de su celebración. Nadie está excento.