Calor. Vuelve a ser la palabra más apropiada para identificar el amanecer recién comenzado. Nunca más apropiado que buscar el símbolo de Helios para lograr un simbolismo sin dudas: el dios del sol en su plenitud recorriendo el cielo con su carruaje tirado por cuatro caballos y arrastrando el sol tras él. Distribuye el orden y la armonía del día luego del desorden nocturno protagonizado por Dionisio y sus seguidores. Las gruesas ruedas de madera quedan lastimadas por las piedras arrolladas en el camino y que fueron olvidadas desordenadamente al finalizar las fiestas. Altivo en su carro insomne atraviesa, sin importarle, el espacio destinado a dioses, titanes, hombres, hadas, animales, vegetales y muchos otros sin clasificar todavía. Sin escrúpulos ni arrepentimientos va desparramando al azar rayos solares con sus flechas ígneas. Deja tras de sí estelas invisibles de calor ardiente que ignora desde lo indecible. Reviste de luz cada elemento que se le aparece ceica. Deja huellas en el cielo que pronto se borrarán esquivando pasadas rutas estelares.
Su yelmo refleja la luz que emiten sus caballos alados en forma de polvo de aire caliente que se esparce uniformemente por la atmósfera. Siempre presuroso, subiendo la cuesta hasta el cenit, desgarrando corrientes de aire que perforan nubes incipientes y audaces.
Pero hoy los chamanes no hicieron sonar las alarmas por el ardor que descenderá sobre la ciudad después del amanecer. Han deducido por las señales, que un frente bélico y agresivo de tormenta avanza desde el oeste para precipitarse sobre la localidad indefensa. A lo lejos se van incrementando las masas de aire inerte y desarrollando obstáculos y rampas apresuradas para demorar el viaje cotidiano de la carroza ígnea. El objetivo es obstaculizar el recorrido de la luz esparciendo grises que dificultan la visión.
Y los pájaros son los mensajeros inevitables. Acompañan a los augures nocturnos, responsables de los pronósticos diarios en sus recorridas azarosas de relevamiento y estudio. No de climas intempestivos y caprichosos, sino de estados de ánimo de Gea, o de cada dios personal asignado a cada ciudad. Son las divinidades protectoras que se mantienen en secreto, sus habitantes ignoran su nombre y sus historias, a veces ni tan siquiera que existen. Son seres sin nombre, más abajo del segundo escalón en el escalafón de los dioses profanos. Y estos hechiceros guardianes y restauradores del equilibrio, al percibir e interpretar el humor que se esparce en el aire ponen en marcha actividades para minimizar desviaciones y perturbaciones a la armonía vigente.
De este modo las aves recorren callejuelas, senderos aéreos, huellas de cemento. Van esparciendo avisos de precaución, de posibles batallas cruentas para conservar o adueñarse del cielo. De combates entre colosos que no reparan en humanos ni animales, que no se desvelan por lo daños que puedan ocasionar. Irresponsables de las consecuencias de su accionar, sólo les preocupa el fragor de la batalla en ciernes.
Ya llegará más tarde el tiempo de la reconstrucción. Pero no será una tarea asignada a ellos. En ese momento estarán descansando, reponiendo fuerzas de su fatiga, preparándose para otra lid, despreocupados de su resultado. Porque sea cual sea el desenlace, el equilibrio se restablecerá´.
Mientras tanto la superficie es la testigo involuntaria y la víctima que recibirá los embates. Lluvias descontroladas, vientos desencadenados en pasadizos aleatorios, rayos punzantes rasgando nubes henchidas de furia, truenos afónicos retumbando en ecos de botellones antiguos. Opacas fibras acuosas que propagarán la oscuridad.
El resultado son ciudades temerosas, habitantes huidizos recorriendo refugios acostumbrados a sufrir los embates, autos escondidos bajo copas de árboles o edificios protectores, pájaros precavidos resguardados de vientos imprevisibles.