21/10/2012 Y la lluvia traerá.
Lluvia. Aguacero, chaparrón, chubasco, precipitación, borrasca, tormenta, tempestad, tromba, diluvio. Son palabras que repetiré a lo largo de hoy muchas veces. Son palabras que resonarán sin cesar en saludos no protocolares, saludos compinches, saludos de ocasión, saludos irreverentes, saludos imprevistos, o solamente no-saludos, aquellos saludos que se esquivan en miradas profundas de reproches añejos e historias dejadas de lado.
Son palabras que sonarán a queja, así como en otros días sonaban con entonación de ruego. Son palabras que se harán eco de humedades sin fin, de preocupados cabellos que no mantienen sus rizos, de camisas suaves conteniendo gotas perdidas en su textura, de pies con sensación de inundaciones zapateriles.
Son palabras que revelarán el mal humor de muchos y la alegría de menos. Que serán expresiones traduciendo estados de ánimos y emociones. Que dividirá inexorablemente a la humanidad en dos bandos aparentemente irreconciliables.
Pero hay más de los que le gusta a los que no le gusta el clima nuboso y vestido de líquido: están los que disfrutan la lluvia, los que se dejan llevar en caída libre y se sumergen volando entre gotas que se precipitan despreocupadamente. Están los que surfean entre olas verticales sin forma ondulada, los que transforman en tobogán los planos líquidos que nacen en las nubes y se esfuman en la superficie.
Están los que sentados a horcajadas de seres mitológicos habitantes de la lluvia, se declaran en rebeldía y se lanzan al baile frenético de la libertad sin concesiones. Son aquellos que se detienen —sin buscar el espacio apropiado —a escuchar los poemas sinfónicos ejecutados por autos resbalando en calles disfrazadas con películas mojadas de lluvia tardía. Son aquellos que buscan en los afluentes dibujados por cordones, el barquito de papel que perdió Serrat. Son aquellos que en vez de esquivar van en búsqueda de obstáculos diseminados en el aire con formas de gotas. Son aquellos que se dejan llevar por los pies traviesos y chapotean en cada charco perdido en las aceras. Son aquellos que con mirada cómplice atisban los rostros de los transeúntes malhumorados y lo marcan con un fibrón de color aburrido y amargado. Son aquellos que con mirada alborozada descubren a un igual y le dedican un saludo de alegre reconocimiento. Son aquellos que dibujan con sus pasos cauces de recorrido incierto que gotas dóciles transformarán en efímeras obras de arte. Son aquellos que se sentarán en el borde de la cañada y dejarán que sus recuerdos se lancen a la aventura sorpresiva de navegar sin rumbo en raftings etéreos.
Y hay otros. Que sentados frente a ventanales sentados en escritorios oficinescos de superficie limpia y seca, o abandonados en mesas de café solitarias en semi penumbras de amanecer sosegado, o que transportados por dóciles colectivos de monótono ritmo se asoman por ventanillas goteadas desde el techo, o cansinos caminantes que siguen senderos ignotos en selvas de cortinas de agua, se abandonan, se resignan. Dejan a sus pensamientos en libertad, los liberan de cadenas de obligaciones, ritos. Dejan que sean las emociones los pilotos que los guíen. Que los lleven desde la superficie tan rígida y humana a olvidados y recordados universos de dioses paganos y profanos. Que recorran sin prejuicios los desfiladeros escamoteados de las fantasías melancólicas de días de lluvia. Que recuperen historias, narraciones, olores y sonidos de valles escondidos en los pliegues de las epopeyas contadas frente a la hoguera. Que inauguren nuevos atajos y nuevos laberintos en los mares de neuronas.
Que las palabras sean el canto liberador de la prisión terrena. Que las palabras dibujen imágenes que se escapan del cerebro y se proyectan en las nubes. Que las palabras sean las llaves del candado que los sumerge una y otra vez en la prisión cotidiana reconstruida con tenacidad por ellos mismos. Que las palabras sean las aves nunca vistas que junto a ellos emprendan el viaje asombroso de descubrimientos impensados y nunca soñados. Que las palabras sean el puente tendido hacia la eternidad reemplazando sueños compañeros de estados de vigilia. Que las palabras sean el hálito sagrado que los convierta en algo más que humanos, en algo menos que dioses.
Y en el exterior.
Hay una sola nube. Sin fisuras, sin desprendimientos. Hay un aire líquido que rodea a cada uno y a todos. Que nos hace recordar cuando éramos acuáticos y cuando fuimos anfibios. De neuronas individuales y menospreciadas que se ponen en funcionamiento recordando diluvios pasados y catástrofes anunciadas. Que nos urgen a llegar a la caverna, al refugio. A buscar el fuego protector que nos de calor y aporte temperatura amigable. A encontrar en la soledad la amistad que nos devuelva palabras de compañía.