2013/08/02 Viernes

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La ciudad aprendió a deletrear los nombres de los días hace muchos años, cuando todavía sus límites estaban a la vista de los campanarios y los cursos de agua la atravesaban caprichosamente mientras dibujaban signos afiebrados para navegantes aéreos que todavía no existían. Lo hizo para identificar primero a esa jornada diferente de poco movimiento en la mañana temprana y con los saludos de recepción al sol entonadas por campanas que reían a carcajada liberada. No se animó a bautizarlo, solo trató de traducirlo y asignarle un símbolo profano. Entre las maravillas que la rodeaban descubrió el concepto de periodicidad, de ciclo que se renovaba cada siete días. También aprendió a contar. Hasta ese instante de revelación intelectual, los tiempos para ella se medían recordando crecientes avasallando orillas o siembras bendecidas por aguas precipitadas o vientos desatados que arremolinaban troncos y ramas junto a hojas caducas y amontonándolos en laderas de sierras inhóspitas.

Desde entonces aguardó que los campanarios despertaran al amanecer y disfrutar de pasos aquietados por la somnolencia y por la certeza que se trataba de un espacio temporal sacro, de acercarse a experiencias cercanas al infinito, de sentirse partícipes de actos creadores. Y el alba de ese día se teñía de sorpresa esperada. Expectante aguardaba los juegos de los niños que eran premiados con paseos al centro, a mezclarse con mayores, algunos privilegiados a recibir golosinas en forma de ramas de ondulaciones caprichosas. La ciudad aprendió a reconocer más signos identificatorios: gente que se acercaba a las orillas de los arroyos y se bebía los minutos de su tiempo de espera, lento y agobiado por la nula responsabilidad; mesas amplias instaladas fuera del encierro entre paredes de barro hartas de humedad y oscuridad; círculos interminables de charlas sobre temas que flotaban entre calles de tierra.

Fue disfrutando cada detalle de ese día tan particular. Siempre lo tomaba de sorpresa, sin prepararse, la ciudad solo estaba pendiente del presente, sin acicalarse, sin entonar melodías que acompañaran. Entonces le puso nombre al día anterior; y se vio en la necesidad de contar hasta siete e identificar cada amanecer. Y creció. Engordaron sus fronteras, mayor cantidad de pasos sacudieron de polvo sus veredas apenas delineadas, Y con esas ampliaciones constantes arribaron nuevas costumbres. Debió incorporar nuevos signos, nuevas conductas: identificar repeticiones de sucesos, contabilizar recuerdos y asignarles tiempos.

En la actualidad se prepara para el viernes que despunta. El amanecer no promete ser una sinfonía de colores, pero si una explosión de matices. Rosas y grises comienzan a disputarse el escenario, Pequeñas nubes circulan sobre el horizonte. Ellas no conocen de viernes como la urbe. Se encuentran demasiado alejados de las alegrías y penurias humanas. Están más cerca de dioses y héroes míticos. Se cuentan entre ellas leyendas imposibles de verificar, navegan en arroyos invertidos sin cauces. Se abandonan a los vientos arbitrarios que pasean por la atmósfera. Definitivamente a las nubes no les hace falta el conocimiento de ciclos, de repeticiones, de razonamientos lógicos, de causa y efectos.

Pero la ciudad sí. Participa de la vida cotidiana, Es vilipendiada y halagada cada amanecer por sus huéspedes. Son sus protegidos, les facilita su pasar. Debe seducirlos diariamente  para que no la abandonen transformándola en un páramo o ser tragadas por selvas hambrientas, como le paso a hermanas descuidadas en otras épocas. Muchas se convirtieron en fábulas, otras en misterios atacados por el olvido.

Hoy, la ciudad, se prepara. Levanta la vista, corre levemente obstáculos que le problematicen la visual, coloca espejos que le amplíen el panorama. En ayunas se apronta a gozar con ese rosado casi mimetizado en naranja con que los bordes inciertos de nubes absortas flotando en la nada. Presta atención a ese color que se va iluminando progresivamente y se desparrama como aceite en un plato plano aguardando las hojas de alcauciles para ser remojadas. Es viernes, en el aire se palpa las ansías del sábado y domingo. Las obligaciones son otras, para la mayoría más placenteras. Las rutinas más espaciadas. Hay mayores oportunidades para sorpresasy aventuras inesperadas. El sol lo sabe. Se infla con pintura amarilla, expande su esfera y dibuja un círculo compitiendo con las nubes centímetro a centímetro. Grita con hogueras interiores señalando su presencia. Se propone encandilar a todos los que se encuentran transitando el exterior y a los que olvidaron bajar las pestañas de cortinas tras ventanas. Colgado del firmamento es el ojo con que la naturaleza verifica que su orden se cumpla.


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