20/12/2012 Sol benefactor

Y el sol se despabiló intranquilo. Largos sueños lo acosaron mientras paseaba por el este de la ciudad, bajo la línea indefensa e incorruptible del horizonte. Es un errabundo de un solo circuito. Es un tren obediente siguiendo respetuosamente las vías dibujadas tras el tironeo de las fuerzas gravitatorias combinadas de los cuerpos celestes próximos. Son sendas sin carteles indicadores ubicados a los costados, surcos invisibles orillados por el paso repetitivo de una y otra vez sin descanso ni dilaciones. Con márgenes variables día a día en líneas circulares que tocan  rebotan una vez por año en cada trópico y que los especialistas en la antigüedad bautizaron elíptica. 

Pero es el tema de la mañana: los sueños que invaden al sol y cómo influyen en su andar. El despertarse interrumpió la vigilia reflexiva. El descanso merecido tras días de intensa actividad se extendió más de lo previsto y aconsejable. El resultado fue  debilitar la concentración de los agentes de tránsito, que ordenan los pensamientos, que los conducen por cauces correctos, que no permiten desviaciones intempestivas, que no toleran discontinuidades ni distracciones . Esa es la función de los sueños que se clasifican en categorías de acuerdo a su extensión e influencias.

El primero es dormir despierto. Ese estado de volar entre las nubes sin apartarse del suelo. Los ojos cerrados, esquivando la claridad. Ideas que flotan, pero dentro de pasillos iluminados, siempre partiendo de la realidad y desdibujándola con utopías o miedos. El segundo la reflexión. Con los ojos vidriados, la mirada detenida por una pared transparente ploteada con nubes desdibujadas o praderas interminables. Seleccionado un pensamiento se lo coloca tras un prisma de diamantes esmerilados y se proyectan luces y sombras. Y se desgranan las figuras proyectadas, se desmenuzan los colores distribuidos en arco iris intensos. Entonces se teje un tapiz con imágenes trabajadas pacientemente, profundas, a veces originales, otras veces plagiadas, otras veces reiteradas.

Y hay más sueños hermanos. Mayores y menores. De variada intensidad. Se clasifican dependiendo en quien se origina. En los grifos, los enanos, los elfos, los dragones, las sirenas, las Eneidas. Cada uno de los sueños tiene sus particularidades. Una mención especial para los sueños de chamanes, hechiceros y augures que tienen la ayuda de brebajes y pócimas respondiendo a recetas ancestrales.

Y el sol se sacudió y saltó desde la nada. Desmontó el velo que lo cubría y lo aislaba de la ciudad, que impedía el contacto directo. Con un grito desafiante ahuyentó a lagañas molestas. Conoce su destino, ha ido aprendiendo a fuerza de repetición el comportamiento de las leyes naturales que lo condicionan y guían. Sabe de los límites precisos de sus rebeliones y fugas emocionales transitorias. Ya experimentó en el pasado rabietas, furias, sosiego y estados contemplativos. Descubrió hace mucho tiempo su papel oscilatorio entre benefactor y verdugo. Y en los últimos días asumió el papel asignado de ejecutor implacable de acciones crueles. De azotes y flagelos. De descargas anímicas signadas por el castigo. 

A partir de hoy, y por unos días le corresponde interpretar el papel de benefactor. De protector de la vida. De ese reducido espacio-tiempo del universo que todo lo abarca de entropía mínima. De desorden máximo. De posibilidades infinitas. Y él es el principal responsable de desbaratar equilibrios, de impedir el triunfo definitivo del orden, que es también quietud y se traduce entre sabios trasnochados como la paz de los cementerios.

Tomó de su vestuario la vestimenta apropiada. Yelmo, chaquetín de auriga volante, látigo de rayos diurnos, y se lanzó distribuyendo fuerzas reparadoras y suaves remedios solares. Fue blanco contra el cielo. Se quedó consternado ante al paisaje visto tantas veces en su ciclo inevitable y reiterativo. Se molestó momentáneamente por sentirse culpable por omisión, pero en seguida recuperó el equilibrio emocional. Desde las profundidades emergió rápidamente el pensamiento como una soga salvadora durante el naufragio.  «Este ciclo es vital para la vida. La destrucción, el deterioro lleva en sus entrañas el renacer, la evolución. Son estaciones perdidas y olvidadas en un enorme camino sin retorno».

Decidido ahuyentó a nubes rezagadas que enamoradas de su triunfo pasajero se quedaron peligrosamente inmóviles celebrando su gloria efímera. Y desprevenidas fueron barridas cerca del horizonte erradicando el blanco de la bóveda celeste. Y sabe que tiene todo el día por delante —uno de los tres más largos del año para el hemisferio sur—  para complementar su tarea. 

Disolver charcos, transformar en gas a las gotas dispersas y sobrantes sobre hojas, flores, suelos calcinados y recuperados. Empujar hacia el fondo los líquidos agrupados sobre la superficie. Secar plumas de aves y calentar refugios de conejos, zorros e iguanas. Llevar luz a hoyos, cavernas y túneles. Extender un manto de calor amistoso sobre desprotegidos seres  húmedos que deambulan por islas secas entre superficies anegadas.

Y sonrió. Orgulloso de su papel bienhechor cumplió con el protocolo establecido para esta fase de su ciclo. Se expandió. Aumento diámetro, maximizó sus radios. Entonces el calor a entregar se distribuyó por mayor extensión y en consecuencia el impacto sobre los beneficiarios creció.

Y la ciudad se despertó celebrando. Con canciones alegres de pájaros exultantes. Con motos que atronaban calles alborozadas, plenas de entusiasmo. Con autos que elevaban melodías ligeras compuestas por faunos traviesos, haciendo rechinar neumáticos contra pavimentos secos, lejos de la humedad de los últimos días. Y los caminantes avivaron sus pasos, sin competir se lanzaron a carreras pedestres. Sin detenerse a observar edificios y bosques urbanos. Solamente concentrados en llevarse el aire por delante construyendo brisas humanas que se desparramaban por veredas coloridas.

La ciudad celebra esta fase del ciclo inevitable.