2/07/2013 Ciudad intranquila

Noche que finaliza en confusión. Memes intranquilos recorren los nervios urbanos provocando pesadillas e insomnios. Los autos se confunden de recorrido, los semáforos vacilan y demoran su prender y apagar, las motos se escabullen entre vehículos dubitativos, la Cañada deja que el agua cosquillee su pancita alargada custodiada por paredones grises. Brisas suaves, ni cálidas ni frías, juegan a esconderse entre desfiladeros de edificios alineados.  Los sabios realizan interconsultas y sus cerebros funcionan al máximo. Recurren a sus vetustos libros casi jubilados, guardados en estantes altos y distantes. Recorrieron páginas en forma aleatoria, mezclaron relatos escritos en distintos idiomas. Reflexionaron concentrados en talismanes y amuletos flotantes. Se sacaron los sombreros, se sentaron en el suelo. El silencio desalojò todo sonido

Imprevistamente uno de ellos lanzó la alarma: la ciudad sufría de melancolía. Con voz que se desgranaba entre las velas rituales explicò: el enfermo se estremecía por sueños que construían autopistas taladrando su piel, ya expuesta peligrosamente a rodados y  pies. Era cortada por vías de hierro que se clavaban sin contemplaciones en su cuerpo. Era perforada por túneles para subterráneos serpenteantes. Imaginaba su futuro sufriente. Veía desaparecer plazas y árboles. Intuía que se convertiría a regañadientes en un monstruo indeseable, como sus hermanas mayores.

Uno de los sabios, distraído a esa hora cuando la madrugada nacía, pues era alondra  y la madrugaba acechaba curiosa, propuso combatir arrojando brebajes especiales en los cauces de los ríos. Lo miraron con burla en sus ojos. Esos remedios medievales no tenían efecto. Se había superado la visión de sangre negra de los griegos, los conocidos humores que  señalaban còmo causantes de la enfermedad. El más actualizado propuso terapia grupal. Un esfuerzo colectivo para apaciguar miedos creados en la imaginación.

Reordenaron el amanecer. Le arrojaron al cielo tambores de pintura bermellón. Acomodaron las nubes trazando desiertos de arena sin viento, sin oasis, sin palmeras. Las dejaron inmóviles. Dibujaron remolinos con pinceles empapados en lodo. Demoraron la salida del sol. Recurrieron a los cuatro vientos para pedirles mesura. Le pidieron a los dragones, que descansan en las profundidades, que su aliento recorriera pasajes profundos y salieran a la superficie. Aumentaron la temperatura para que fuera un baño de inmersión reparador, sin sales.

Los sabios organizaron en forma dispersa conciertos de aves. Programaron cantos gregorianos escogidos minuciosamente. Orientaron las brisas para que al encontrarse con el follaje silbaran las mismas melodías acompañando los cantos. Se dedicaron al amanecer. Cambiaron colores de nubes, hicieron que remolinos fueran jirones desparejos en praderas azules. Las corrientes de La Cañada llevaron pócimas alucinógenas, las del Suquía polvos traídos del centro de la tierra disueltos en saliva de grifos, fueron masajes que desacalambraron músculos tensos, relajaron senderos internos.

Los vehículos suavizaron su marcha y sus ruedas fueron paños de gasa que, con cariño y cuidado, besaban el pavimento. Los pasos  que recorrían senderos vegetales se sintieron acomodando hierbas en cordones indiferentes. Los semáforos regalaron sorpresas cambiando de colores. El universo local se asoció, se encolumnó con presteza a aliviar a una compañera, a una amiga.  

Y la ciudad aplacó sus pulsaciones, sincronizó su respiración con su torrente sanguíneo, expulsó pesadillas y se desperezó con energía, recuperó sus emociones. Se despabiló con una sonrisa, saludó con alegría y postergó los agradecimientos para más tarde. Deseaba disfrutar estos momentos.