19/12/2012 Festival continuado
La ciudad engalanada de gris. Un color plomizo que se descuelga de nubes pastando mansamente. Suspendidas y sin mostrar signos de movimiento. Ancladas por cadenas invisibles a una clavija invisible. Parece solo una tela convertida en un mantel extendido por debajo de una mesa enorme abarca el paisaje matinal.
Y la ciudad se va desperezando al ritmo de la llovizna que tizna calles, monumentos, paredones. Una llovizna que incrementa el caudal de las dos vías líquidas que la atraviesan, que se deslizan desde eones por fracturas que se hunden en la tierra. Aguas con un largo y parsimonioso viaje hacia la madre de todos los ríos que aguarda con la boca abierta en la desembocadura. Recorrerán distancias insalvables, visitando comarcas extrañas y otras conocidas, algunas adivinadas y aguardadas cono si se tratase del paraíso imaginado.
Los autos se deslizan con suavidad calculando distancias prudenciales entre ellos, con velocidades lentificadas y giros suavizados. Pero son pocos los que se animan. Las calles son canales desiertos que humedecen los zapatos de los vehículos. No hay motos, fueron barridas por los baldazos intempestivos que se precipitaron abruptamente. Clima hostil para ellas. Se extrañan sus ruidos impertinentes que diariamente aturden, desplazando al silencio pre instalado del amanecer. Los colectivos son recuperados por sus conductores que los abandonaron al reparo y reanudan su rutina.
Y todo converge en el ánimo generalizado. Miradas que dejan de prestar atención a sueños indeterminados, a pesadillas molestas y se concentran en el cielo. Con la primera reacción de extrañeza y sorpresa al intuir que se despertaron antes. Que no está demasiado claro, que todavía quedan bajo las almohadas restos de somnolencia acumulada. E inmediatamente tendrá vigencia el pronóstico de día sombrío, melancólico, apesadumbrado, pesaroso, taciturno. Y la primera reacción será la de girar e ignorar el despertador inoportuno.
Pero hay otros personajes con gustos diferentes. Integrantes de tribus con culturas distintas. Asimilarán vibraciones, se vestirán con ropas apropiadas, y más temprano que de costumbre irrumpirán en sus sendas rumbo a sus deseos más profundos. Mimetizados con las gotas que juguetean nadando en el aire se dedicaran a caminar saboreando cada paso que den. Catadores de lluvias reirán con cada encuentro húmedo. Disfrutaran de la llovizna que recorre su rostro despertándolo. Aplaudirán cada trueno y se maravillarán con la luminosidad de relámpagos furtivos. Van a recorrer distancias sin medir bajo la llovizna. Y las conductas se adaptan a las emociones.
Melancólicos se abalanzarán sobre cafés abandonados. Ocuparán mesas alejadas del centro y cercanas a ventanales mojados. Con la mirada perdida entre cortinas acuosas dejarán invadirse sin oponer resistencia. Pensarán palabras para dejarlas navegar en barquitos de papel. Evitarán pensamientos definidos para liberarlos en asociaciones imprevisibles. Construirán imágenes con destellos inmediatos. Escucharán melodías de acordes fantásticos. Beberán café sin azúcar, pero revolverán circularmente la taza mezclando recuerdos con quimeras inconclusas.
Y el día avanza. La claridad es mayor. Los autos ya se animan a desafiar a las calles resbalosas. Los paraguas negros son como lunares extraviados, paraguas de colores adornan pasillos mustios.
Y están los que propagan presagios sombríos. De cara taciturna demorarán su partida. Presienten que ese día todo irá mal. Que la confabulación mitológica se hizo realidad. Seres innombrables irrumpirán sin permiso, sin autorización. Se abalanzarán produciendo estragos en sus peinados producidos, autos insolentes arrojarán olas aéreas contra pantalones y vestidos descuidados. Charcos aviesos aguardarán pacientemente a sus víctimas para salpicarlas. Paraguas endebles serán dados vuelta por vientos acechantes. Llegar a la protección del destino será una odisea. Muchos se quedarán en brazos de Morfeo.
Nada es igual. El paisaje cambiante identifica el día. Los colores se escamotean de toda superficie. Los sonidos se pierden entre árboles alborozados. Canciones livianas se filtran por radios despreocupadas. La bandera no flamea. Apesadumbrada, expuesta a la intemperie cuelga lánguidamente recostándose en el mástil.
Se interrumpe la lluvia. Presurosos los caminantes comienzan a salir de techos protectores, pero la alarma desatada de los truenos barriendo el silencio, les advierte que es solo momentáneo. Que imprevistamente las nubes abrirán sus compuertas, y no harán distingos entre sus víctimas. Hoy les corresponde gobernar y se sabe de siempre que son caprichosas. Sin contención posible se dedican a jugar irresponsablemente.
Y cuando las nubes parecían agotadas y semivacías de agua. Cuando su gris menguaba y se adivinaban grietas en su uniformidad. Cuando algunos manchones dispersos permitían detectar azuladas urdimbres. Llegaron los refuerzos. Caballería de jinetes gentiles surgieron tras colinas sin vegetación que la mantenía oculta. Cosacos, tártaros, beduinos. De risa estentórea lanzaron truenos de desafíos provocadores. Se abalanzaron raudamente por pendientes abruptas. Con rapidez ocuparon todo el cielo con un manto de manchones grises. Más oscuros, más densos. Con mayor capacidad y listos para su descarga. Y se van preparando.
Siguen el plan trazado. Llegar al límite y frenarse, agruparse, compactarse. Reemplazar la pintura de la bóveda circular por otra más fuerte. Gritar. Lanzar relámpagos dándose valor. Provocando pánico en muchos, maravillando a los menos. Es cuestión de tiempo, solo basta esperar para que la ciudad sea blanco de sus interminables flechas líquidas.
La ciudad continúa su festival climático.