19/11/2012 Lunes de fiaca

Fiaca. Lunes de fiaca. Se adivina en cada auto que recorre las calles adormiladas.  Se transmite de ave en ave en somnolientos cantos uniformes de sonidos sigilosos. Se percibe en el murmullo del agua que recorre mansamente el cauce de la Cañada. Se escucha en el rumor de las paredes de los edificios que se desperezan con lentitud recibiendo la luz solar. Al cruzarse con los peatones se observa en sus rostros gestos de llevar la cama a cuesta. Se advierte en las letanías ininteligibles de ruidos de pasos perdidos que golpetean sobre las aceras. Se ve, sin detenerse a especular,  en el movimiento oscilante de ramas frágiles de árboles silenciosos.

La mochila del fin de semana lleva un conjunto heterogéneo de vivencias. De fiestas inconclusas, de recitales desordenados, de rutinas satisfechas, de descansos incompletos, de sueños inacabados, de casamientos superfluos, de sepelios inevitables, de partidos con resultados injustos, de reuniones familiares alrededor de recuerdos, de encuentros con amigos desechables, de excursiones bañadas por el sol, de paseos protegidos por la sombra reparadora, de caminatas sin finalizar, de cabalgatas desbocadas.

Los instantes derrochados se acumulan en un amasijo de recuerdos futuros. Quedan identificados en alguna gaveta dispuestos a ser rescatados en el futuro. Definen etiquetas de búsqueda explícitas y dejan librado a la metáfora a  otras implícitas y a otras desconocidas. 

Fiaca. Palpable en cada ser que pasea por la ciudad. En cada objeto que refleja la luminosidad instalada en la mañana. Cada movimiento le pide permiso al que lo antecede. Cada pensamiento se pregunta sobre la oportunidad de engancharse del anterior para formar una cadena férrea de razonamiento. Cada estímulo del exterior es tamizado y prescinde de aquellos que contaminan el ritmo pausado del amanecer.

Los sonidos se escabullen en ecos que no encuentran obstáculos físicos para rebotar. Se disuelven en el amplio y abierto espacio del  porvenir, del destino. Los ojos se confunden en miradas que recorren un túnel mezquino, enfocan un punto invisible desechando la periferia e ignorando colores, vibraciones, desplazamientos, estrépitos, vértigos.

Los cordones que delimitan las aceras se unen en líneas no euclidianas prolongan cuadrados de manzanas  en senderos rectilíneos sin principio ni fin. Hilos imaginarios de agua los recorren, abrevando de lluvias que no se produjeron y desembocan en lagos que se secaron antes de llenarse. 

Las azoteas se mecen al ritmo de la brisa, se bambolean en velocidades imposibles de detectar. Amenazan desplomarse sobre suelos inciertos son arrastradas por columnas portantes sin vocación de sostenerla en las alturas. 

Los silencios intermitentes se adueñan del bullicio abortado. Desplazan en intervalos imperceptibles al estallido intempestivo de motos arrogantes que desafían la quietud reinante. Prolongan su vigencia ahogando al alboroto descontrolado de la irrupción de los habitantes y sus circunstancias en el comienzo del día.

Hoy es todo fiaca. Es demorar hasta lo imposible el emprender las actividades de la semana naciente. Actividades que aguardan celosas, imperativas, obligatorias en las gateras entreabiertas. Es dejarse flotar en las brisas remanentes del feriado, evitando cualquier movimiento que modifique el curso de navegación establecido por el timonel descuidado e irresponsable del lunes con fiaca. Es evitar escollos que hagan encallar el navío impidiéndole arribar a puertos conocidos por rutas desconocidas.

Es largar la carrera renunciando a ganar, concentrado solamente en el estallido renuente que anuncia el comienzo demorado.