19/10/2012 Pronóstico de lluvias

19/10/2012 Pronóstico de lluvia. 

Avanzan las nubes. Como un ejército interminable e indefinido de gotas capturadas y  secuestradas del mar transformadas en estado gaseoso. Son ligeras partículas flotando en el aire. Con final conocido: agua precipitándose contra ingenuos que creyeron en el Servicio Meteorológico y no se proveyeron de paraguas, u olvidadizos crónicos que los dejaron suspendidos en el respaldo de sillas de bares, u optimistas irrecuperables que apostaron a que el vendaval sería cuando ellos estuvieran bajo techo, o indolentes perseverantes que les da lo mismo mojarse que no mojarse.

Las nubes avanzan  arrasan con todos los obstáculos que se interponen en su marcha silenciosa . Pisan con sus pies ingrávidos el césped celeste del cielo, inmaculado, intocable, intangible. Las manchas grisáceas se desarrollan con bordes sin formas definitivas. Blancas delante —es la avanzada despreocupada en actitud heróica—  oscureciéndose hacia el centro de la horda —lejos, fuera de la vista,  bajo el horizonte—. Sin bocinas ni trompetas que anuncien la invasión.

Heraldos arrastrados por el viento van susurrando a los desprevenidos los avisos sobre tempestades sorpresivas y aviesas. Semejantes a juglares líricos que buscan en sus alforjas los cantos sobre vientos huracanados y los extraen haciéndolos públicos

El rumor se hace palabra de advertencia. Las nubes se acercan bajando el techo. Favorece la falta de luz demorada en las alturas. Se transforma en caja de resonancia de los truenos originados en voces destempladas de dioses iracundos.Se adivina el interruptor que provoca rayos recorriendo distancias en milésimas de segundos. Se vislumbra cómo se rasga la techumbre mojada con las agujas afiladas que atraviesan el aire.

Las aves huyen, buscan el refugio que e encuentra más cerca. Los perros ladran en una música admonitoria. Los árboles agitan sus ramas adelantando al viento desencajado. El suelo se prepara para protegerse del granizo helado. Los arroyos van limpiando su cauce, esperando el desbordamiento previsible.

Los melancólicos, hijos dilectos del romanticismo tardío, buscaremos una mesa cerca de la ventana. Solicitaremos un café —el whisky no es de buena calidad en los bares orilleros—  y esperaremos. Sentados y dejando fluir el tiempo vamos a eternizar los dibujos de los atajos trazados por las gotas que se descuelgan por el vidrio de la ventana. Observando cómo se esfuman luego de gritar contra el vidrio y evaporarse. Exigencias efímeras que se extravían en la discontinuidad.

Ver a la tristeza por las ausencias empaparse. Ver a las nostalgias por las carencias casi ahogarse. Ver a las angustias por las pérdidas sumergirse en las riadas. Ver a los espíritus en el ostracismo confundir su llanto con la lluvia. Ver a los habitantes de los charcos regocijarse en los torrentes brotados de fuentes aisladas en las terrazas.

Sentados en sillas ubicadas en ronda cómo oyentes de leyendas rituales tratan de identificar en el repiqueteo de la lluvia la sinfonía inconclusa de una tarde cálida. Y dibujar en el telón de la lluvia espectáculos mágicos de encuentros y desencuentros, de paisajes soñados y buscados como si fuera el santo grial.

Descubrir en las pisadas desesperadas de los amantes del sol los enigmas ancestrales que no cesan ni se agotan. Atrapar en las trampas de barrotes licuosos historias vagabundas de esperanzas fallidas.  Hallar en los intervalos de la tormenta el silencio que cante por las emociones arrojadas al arroyo desbordado.

Estemos preparados, agazapados, expectantes. El comienzo se acerca vertiginosamente tratando de tomarnos por sorpresa. Adelantémonos. La vida nos regala oportunidades.