18/10/2012 Despertador ausente.

18/10/2012 Despertador ausente.

Y algún día tenía que suceder. Es el instante diario para observar la lenta y continua metamorfosis de la oscuridad a la luz. Esos extraños minutos que no son ni uno ni otro, en que la oscuridad va transmutando en claridad y la claridad emerge de la oscuridad. Y ambos son uno solo hasta que el día fagocita a la noche imponiéndose por la presencia del sol.

Entonces, en lugar de ser un espectador privilegiado, encumbrado en lo alto del mangrullo de observación, es el amanecer el que se divierte con la somnolencia que se resiste a renunciar. La consecuencia de haberme acostado tarde y de un celular que agotó su batería es dejar en silencio al despertador repetitivo. Es el amanecer el que toma nota detallada de mi sorpresa, de mi despabilar confuso y repentino. De ese apuro inoportuno que va a precipitar todas mis acciones, que va a confundir mi percepción inmediata.

¿Apuro? Si, ¿Por qué? Tal vez porque el ritual cotidiano se diluye en la prisa, en el cambio de rutina asumida a través de despertares unos iguales a otros, por conductas reincidentes,  por gestos que se acumulan en el mismo orden madrugada a madrugada. La posición del sol ya indica que el ritual debería estar más avanzado y se debe tratar de recuperar los minutos extraviados.

El colectivo diferencial está recogiendo mi ausencia. Mi charla con el conductor y el pasajero habitual del primer asiento está vacía de palabras, algunas de compromiso otras no. El saludo a las enfermeras que finalizan su horario nocturno y aguardan agotadas el colectivo que las conduzca al descanso está ausente de gestos corteses. 

Hoy falta el pasajero que sentado despreocupadamente observa las diferencias en el paisaje urbano tratando que se manifiesten mágicamente las diferencias entre hoy y ayer, entre hoy y mañana.

Es diferente.

Sentado en el asiento trasero de un taxi —aturdido por el locutor de una emisora de radio que se empeña con dedicación a despertar a la ciudad en base a los tonos elevados de su voz—  la percepción es diferente.

El andar pausado del colectivo arriesgándose en  recorridos trazados por líneas invisibles se convierte en un navegar zigzagueante y abrupto de una lancha deportiva sin arroyo para respetar su itinerario. Los autos que acompañan diariamente al colectivo como una marcha de hormigas a buscar sus provisiones, hoy juegan locas carreras sin pistas, esquivando cráteres asfálticos que se olvidaron en la noche y solamente ellos detectan. El cantar homogéneo de las aves urbanas saludando a la vida son aullidos de hambrientos buscando su comida. El trapito que abre las puertas de los taxis en la entrada  del sanatorio carecerá de espectadores. e

Gracias al despertador ausente el espíritu que busca todos los días prolongar la calma nocturna, hoy será avasallado por el torrente indolente de la improvisación y el desconcierto. Hoy las palabras no flotan adecuadamente, son escupidas desde el aceleramiento.

El exterior es solamente un espejo del interior. O, el exterior se percibe  a través de las emociones del interior.

Todo se despeña abruptamente en la prisa para recuperar el tiempo perdido.