18/12/2012 Armisticio
Armisticio. Aunque no formalmente porque no hay escritos públicos privados que lo avalen; no hay ganadores, no hay perdedores; ni vencedores que festejan ni vencidos puestos de rodillas. No hay ceremonia para firmar documentos que nunca se saben que expresan. No hay fotos que hagan ese momento pasto del olvido. Un instante que nadie desee recordar. No hay humillaciones. No hay alegría.
Hay cansancio. Y esto forma parte del ciclo natural. Fuerzas que van mermando, energías que van siendo absorbidas por millares de receptores involuntarios, pero golosos de sus beneficios. Se desvanecen en el aire. Se transforman en poderes ocultos escondidos bajo baldosas insospechadas. Y de improviso dejan —las fuerzas— de actuar, se abandonan a la inercia. Permiten que el letargo recorra toda su armadura, que el descanso indolente prevalezca sobre todo.
Los chamanes lo saben, ya lo experimentaron antes y antes que ellos sus antecesores. Saben de ciclos que trascienden su inmanencia. Conocen historias reconstruidas desde el fondo misterioso de la historia no oficial. Esa usina de mitos y arquetipos, que no tiene interpretaciones, que se erige como una muralla sólida contra advenedizos y oportunistas. Descripciones de momentos fundacionales, revestidos de magia y pintados de literatura oral. Explicación para el profano pero con claves escondidas entre sus letras para los iniciados.
Ya tenían sus libros de sortilegios, encantamientos y embrujos rescatados de estantes cubiertos por el polvo inmóvil de su abandono. Recobraron otros con recetas e indicaciones sobre ungüentos, unciones y bálsamos. Y aguardaron revisando el protocolo para el suceso que se avecina. Recorrieron senderos con ojos observadores y atentos. Recogieron señales y las compararon con las que atesoraban en sus escritos diarios. Establecieron cuotas para actuar, hitos que marcaran los momentos para intervenir oportunamente.
Hablaron con grifos, elfos, dragones, salamandras. Repartieron instrucciones precisas y recomendaron alerta amarilla. Distribuyeron consejos. Y luego se reunieron en sus espacios de meditación y se abandonaron a sus cavilaciones inmateriales.
Y sucedió. Las fraguas se quedaron sin combustible. Los enanos se abandonaron a la siesta traidora. Dejaron de bañar con calor la atmósfera. Las nubes no recargaron el agua precipitada. Solamente permitieron que las últimas rezagas se deslizaran en curvas hiperbólicas, culminando su caída mansa en la tierra. Parejas, distribuidas uniformemente por su cuerpo gaseoso. La ciudad dejó de resistirse y armar y rearmar sus defensas cotidianas. La meta ya no es la supervivencia sino la reparación y restitución de fuerzas.
El cuerpo inerte de la ciudadela crecida se acopló sobre rocas milenarias. Como en un baño termal sus poros se llenaron de aire masajeador. Las gotas póstumas se deslizaron por calles y avenidas produciendo caricias renovadoras.
Pero anticipadamente sobre las superficies asfaltadas, dragones meticulosos rociaron con su hálito adobado con parsimonia. Elfos meticulosos esparcieron sobre las corrientes del Suquia y La Cañada ungüentos sedantes elaborados en secreto. Grifos somnolientos volaron sobre copas de árboles diseminando polvos de mesura entre sus hojas húmedas. Juglares entonaron extrañas canciones que hablaban de paraísos perdidos por la codicia, de edenes prometidos que aguardan su oportunidad, vergeles de ubicación imprecisa que esperan la llegada de otros tiempos soñados..
Y entonces el gris reparador logró que el movimiento se detuviera. Descendió desde nubes hastiadas de líquido y tiznaron azoteas, paredes, balcones. Impregnaron aceras y veredas. Y se unieron en un abrazo premeditado con el color acerado sucio que se elevaba desde el pavimento. Y en un brindis húmedo de llovizna sellaron el acoplamiento uniforme extendido hasta los límites.
Y la ciudad exhaló de satisfacción. Y se abandonó a su descanso obligado. Dejó todo en mano de sus protectores y se dispuso a disfrutar de leyendas que debía reformular y de música barroca que le dedicaba un coro multirracial de aves cantoras. Y el caminante que se asomó a la garúa intermitente, recibió oleadas tenues de bálsamo, de alivio rociado desde hojas en reposo. Y los vehículos llamaron a silencio evitando interrumpir el descanso.
Las calles fueron grutas interminables, alargadas hasta un final sin estorbos ni obstáculos. Gris su piso, como sus paredes y su bóveda. Húmedas. Rociadas de silencios y luces veladas de luminosidad brumosa. Ausente puertas, exhibiendo ventanas transversales a espacios regulares que aportaban más gris y más humedad.
Y el tiempo simulaba no existir. Cada instante que seguía a otro demoraba su andar ritual. Todos percibían la tranquilidad que transpiraba la ciudad y se hicieron eco repitiendo y asimilando su estado de ánimo. El pacto de no agresión entraba en vigencia.