18/09/2012 Lluvia Demorada.
Mañana carente de contrastes, se vuelve difícil y tedioso —y en consecuencia apasionante — buscar rupturas en esa monotonía demorada. Hay en el aire una amenaza pendiente, traicionada por signos casi imperceptibles, casi invisibles. Se rescatan de miles o millones de situaciones anteriores acumuladas en la experiencia colectiva. Se manifiesta en transeúntes prolijamente apresurados para ganarle a la advertencia de desplome de las nubes en forma de gotas de agua y en autos raleados patinando temerosos por calles pintadas de humedad.
En el ambiente reina el silencio, o por lo menos muy poco sonido. Tan poco que se confunden en el límite y es complicado establecer la frontera entre uno y otro. Y un rumor de fondo. Provocado por el rodar de gotas que apenas se hacen sentir sobre superficies planas. Es una ola continua de ruidos tenues, de ruidos tímidos, de ruidos antojadizos.
No hay nada bajo el cielo, porque el cielo está apenas sobre las cabezas de los transeúntes retrasados, saturados de melancolía y añoranzas de hogares y cavernas protectoras. Ansiosos buscan en la intemperie juntarse y sumar la resistencia al miedo individual para armar una coraza colectiva frente a la oscuridad y la desprotección que los acecha.
Hay un futuro inmediato anunciando más agua. Hay coches que se rehúsan a transitar por pronósticos inexorables. Hay colectivos recorriendo calles lentizadas de movimiento. Hay caras apoyadas frente a los ventanales curiosos que observan las sombras, densas sombras intensificadas por la descarga de la lluvia que se intensifica.
La constante en cada rincón ciudadano: Peatones apurados, coches remisos, tránsito licuado, rumor constante de agua deslizándose por pendientes cada vez más húmedas. Nos quedan historias antiguas de ausencias, historias signadas por la desprotección, recuerdos de sueños que nunca llegaron a ser realidad.
Hoy nos queda encerrarnos dentro de nuestra nube protectora que nos torna invisibles y retomar los sueños inconclusos con la esperanza que sean el futuro que nos creemos merecer.
Pero hay indicios de cambio. Un ruido profundo, surgido entre la profundidad de las nubes y recorriendo el techo. Una luz brillante, una ráfaga de luminosidad cosiendo la trama gris que nos tapa. Una avalancha que surge con un estampido y se choca contra los edificios estáticos y expectantes. Y se repite nuevamente, pero más alejado. Y se repite pero esta vez circulando en espiral hasta aturdirnos en el centro.
Y es la señal para que las gotas decidan hacerse más fuertes, más grandes y precipitarse al suelo en vuelo suicida. Y golpean contra el piso formando burbujas que nacen desde el fondo y emergen hasta desaparecer. Y forman un tul oriental de sedas opacas que desdibujan el paisaje urbano. Solamente los árboles más cercanos conservan su fisonomía. Ya el rumor de fondo se transforma en sinfonía otoñal de golpeteos húmedos.
Se fueron los relámpagos, se fueron los truenos, llega la lluvia tenaz, constante. Pronto las calles serán arroyos desencajados.
Cambió la sinfonía, de melancólica pasó a ser agresiva. De bucólica a intempestiva. Y el espíritu acompaña el cambio, se activa. Las gotas que rebotan cambian el ritmo del torrente sanguíneo. Las venas son las calles sobre las que irrumpen los arroyos desenfrenados. La naturaleza recobra su unidad.
Todos aguardan el silencio que continúa al último relámpago. Es la señal para que la claridad comience a hacerse presente. Entonces el paisaje urbano se viste de gris, deja el negro aterrorizante que durante un tiempo angustioso danzó con frenesí alocado.